PEPE MONTESERÍN
Estar «palmera», en ajedrez, es tener la posición perdida y, por extensión, estar arruinado. Hablando de ruinas, ha nacido una palmera en el tejado de la iglesia de Santullano, una palma prócer, prerrománica, con estípite que puede alcanzar 30 metros de altura. Ignoramos si es macho o datilera (hembra), y el sexo no puede descubrirse hasta transcurridos diez o doce años, cuando brotan sus primeras flores. Si resultara femenina y no tiene cerca el macho, necesitaría fecundación artificial para dar fruto. Digo esto porque quizá viniera bien que, en lugar de arrancarla, el Arzobispado la riegue y, si es hembra, la fecunde, como hicimos con «Tola»; tanto para exportar los dátiles como para bendecir las palmas y pasearlas cada Domingo de Ramos. Esta palmera es el paradigma de la ruina porque desarraigarla o regarla, aparearla y apuntalarla, costará lo suyo.