CARMEN RUIZ-TILVE
Desde Adán para acá, las manzanas están presentes en nuestra vida, en nuestra mesa y en nuestro paisaje.
Asturias fue siempre tierra manzanera y el otoño es aquí tierra de manzanas por excelencia, con las pomaradas encendidas de color, los lagares perfumando el ambiente con el jugo dorado y los cestos de fruta trasegados de un sitio a otro.
Durante siglos, en Asturias apenas se compraba fruta, y se consumía, cuando la había, la de la propia cosecha o la que parientes o vecinos hacía llegar. Todo muy distinto del tiempo actual, en el que las tiendas de comestibles y las fruterías están en trance de desaparición y la fruta, con frecuencia, tiene presencia y poco más, importada de lejanas e ignotas tierras.
Las manzanas asturianas nos llegan todavía, en estas fechas, por los cinco sentidos y, así, huelen a otoño nuevo, saben a recuerdo de infancia, se dejan acariciar, a veces con rubor encendido en mil tonalidades que alegran la vista y suenan rotundas cuando les damos un buen mordisco o escuchamos el canto de la sidra en el borde del vaso.
Las casas de Oviedo se llenaban antes de manzanas, brillantes en los fruteros, sudorosas en el horno para ser asadas, parsimoniosas en el cazo, acompañadas de un palo de canela, para hacer compota, bailando en la perola de cobre para oscurecerse como dulce. No faltaban las manzanas en las meriendas de los niños, buenas compañeras del pan con chocolate, antes de que los niños entregasen su paladar y su dentadura a las tentaciones pringosas que se anuncian, sin serlo, como recién llegadas del paraíso, cuando todo el mundo sabe que lo que llegó del Paraíso fue precisamente las manzanas.
En estas mañanas de octubre, de dorado sol, los jueves del Fontán mantienen como pueden el sagrado rescoldo del mercado, menguado ahora en beneficio del textil de mil colores.
Como corresponde, se venden manzanas y castañas, que quedan para otro día. Pocas manzanas, que todas juntas no darían ni para llenar un carro. Ricas manzanas criadas en el concejo de Oviedo. A 2 euros el kilo, y como ya no se venden por docenas, para reunir doce hermosas manzanas habrá que apoquinar 4 euros.
Lejos los tiempos en los que delante de la fachada del palacio de San Feliz y delante de la ruina del teatro viejo, muchísimas mujeres, vendedoras y compradoras, trasegaban tentadoras manzanas.
No sabemos si la manzana de Eva sería asturiana. No sabemos si la manzana de Newton sería asturiana.
Como complemento de la visita de jueves al Fontán no sobra una miradina a las madreñas y a los cestos que esperan, todavía hoy, bajo los soportales del arco de los Zapatos.