PEPE MONTESERÍN
Asisto a una clase con David Martínez, arquitecto, y nuestra profesora nos ordena callar. «¡Callar!», nos dice. No le hacemos caso; es más, arrecian nuestros comentarios cuando nos habla así, en infinitivo, como los indios. Otras veces, dice: «¡callarse!», qué horror; otras «¡callaros!», lamentable, y sólo le falta utilizar el participio tejero «¡callarsus!». Cuántas veces hablé en esta sección del modo imperativo, que me enseñó doña Lourdes en Las Mercedes, en Pravia. El imperativo se conoce en que se manda, ruega, exhorta o disuade. En el verbo callar, que se conjuga como el verbo «amaos los unos a los otros», si la profesora quiere que nos callemos, ha de decir: «calla», «callad», «callaos», «cállense» o «que os calléis, coño». Siendo así, David y yo podríamos callar en varios idiomas; de otra manera, los alumnos haríamos un mal servicio al español cerrando el pico.