La otra pasión del chavalín que coleccionaba los cromos de «Las Aventuras de Pinín», que en los cincuenta había vuelto a sacar en color Chocolates La Cibeles, era ya entonces la del deporte, de forma que las últimas «cerezas» que Fernández Díaz sacó de su cesta fueron las del baloncesto, el hockey y el fútbol. Al primero jugaban en el caserón de Santa Clara y luego en el «entoldado», al lado del Hospicio; el «santuario natural» del hockey era su colegio, el Auseva, con figuras como Mamel Prieto o Pepín Moreno, y el fútbol, es decir, el Real Oviedo, en el Buenavista, ocupó uno de los momentos clave del acto cuando Melchor Fernández confirmó que podía recitar de memoria la primera alineación del equipo el primer año que lo vio jugar. Alzó la vista y siguió: «Argila, Toni, Diestro, Celaya, Pacheco, Falín, Mandi, Sará, Areta, Salaberry y Basabe».
Ahí se abrió un nuevo cesto, el de los partidos que perduraron en sus recuerdos: el del 3-0 al Barcelona de Kubala, el del botellazo que recibió el árbitro Rivero, o aquel en que Alsúa celebró el gol con corte de manga hacia la tribuna «y cayó tal lluvia de almohadillas que la mitad del campo quedó como si hubiera nevado». Los que más vivos quedan en la memoria de Melchor Fernández son, con todo, los que disputaron Oviedo y Sporting. Y de ellos, el que en Gijón acabó con un 0-6. Aunque Melchor no presenció aquel encuentro sí retuvo, y ayer reprodujo con el deseo de tiempos mejores para la afición azul, la copla, célebre entonces, que rimaba: «Apoyáu en el tapial / del campo de Buenavista / lloraba un sportinguista / con una moña mundial. / Alégrate, carbayón, / pues ya pues estar dichosu / porque en El Molinón / dicen que murió el raposu. / Son les coses de la vida, / son les coses del balón, / Perico de pulmonía, / y el Gijón, de indigestión».