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Oviedo en los cincuenta y orbayando

El periodista Melchor Fernández Díaz cierra el ciclo de conferencias de la SOF con un recorrido emocional por la ciudad que lo acogió de niño

 
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Oviedo en los cincuenta y orbayando
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Chus NEIRA

El día que Melchor Fernández Díaz llegó a Oviedo orbayaba. Por la calle pasaba un cura, y el niño de diez años que dejaba El Entrego natal por un Bachillerato interno con los maristas en el Auseva se fijó en las fachadas de algunos edificios, aún marcadas con los agujeros de una guerra de hacía quince años. Luego llegaría la disciplina y la chanza escolar, los pasteles en El Buen Gusto o el partido del Oviedo del domingo, después de comer, en Buenavista. Un retrato similar a éste fue el que le debió de quedar ayer al público del Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA tras escuchar, en la clausura del ciclo de conferencias de la SOF, al periodista Melchor Fernández Díaz, consejero de Editorial Prensa Asturiana, trazar un dibujo del Oviedo de los cincuenta siguiendo la línea de puntos de sus recuerdos de niño.

Antes de que empezara a sacar del cesto sus «Cerezas de Oviedo», ensortijados unos recuerdos con el rabo de otros, Javier Cuervo, periodista y redactor jefe de LA NUEVA ESPAÑA, «abocetó» la radiografía del conferenciante con detalle vital y laboral, y tacha en sus aficiones: «La pluma egregia», resumió, «el director humano, el hombre bueno, el asturiano de nacimiento sacramentado en toda asturianidad, canta mal y, lo que es peor, eso no le inhibe lo más mínimo de hacerlo porque le presta».

Melchor Fernández arrancó su colecta de recuerdos con las huellas de la guerra en la ciudad, convertidas en ocasiones en divertimento infantil, como cuando subían al Picu Paisano y jugaban sobre la media luna que lo coronaba, homenaje a los soldados africanos. Los otros itinerarios de aquellos años llevaban al conferenciante por el río Gafo o de recados con su madre y una amiga a través de un rosario de almacenes carbayones: Silka, Botas, Al Pelayo, Modas Tita o La Panoya, en Fruela, su preferido. El paisaje lo remataban, citó, los limpiabotas de la Escandalera, «profesionales, por lo general, locuaces», que daban «servus», que era un betún muy incorrecto con un negro en el envase.

«Ciudad tranquila y afayaíza», antes de hablar de los curas o los cines en el paisaje urbano Melchor Fernández regresó al Oviedo que, de aquella, empezó a regular el tráfico con pasos de peatones: «Guardo recuerdo personal de uno de los primeros, pues me pusieron multa por no respetarlo. Fue en la calle Fruela. El guardia me dijo que iba a multarme con dos pesetas, que si no eran una fortuna, daban para bastante, para dos paquetes de chufas, por ejemplo».

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