David ORIHUELA
Toda ciudad tiene sus límites, y en los de Oviedo conviven lo urbano y lo rural de manera en ocasiones confusa y con un rastro de abandono que contrasta con la pulcritud que adorna la capital asturiana. En pleno siglo XXI, la centralidad de la calle Uría, trazada en 1879 con la construcción de la estación del Norte, ya se discute. Oviedo, para bien o para mal, ha cambiado. La expansión de la ciudad en las últimas décadas ha eliminado de las conversaciones el clásico «subir» o «bajar» a Oviedo, muy propio de los vecinos más abajo de la calle La Vega o de más arriba de Hermanos Pidal.
Un recorrido por las fronteras ovetenses deja ver bien a las claras dos cuestiones. La zona rural del concejo está siendo colonizada por primeras viviendas unifamiliares. Y a su vez, la crisis del ladrillo ha abortado parte de esa expansión de la urbe.
La Corredoria, La Florida o Montecerrao se pueden considerar nuevos centros en un nuevo modelo de ciudad, tanto por el número de habitantes como por los servicios de los que disponen. La capital asturiana se expande, y sus contornos ya no están muy definidos. En algunas zonas hay punto final, fronteras delimitadas y en otros un punto y seguido de transición entre zonas urbanas y zonas de población dispersa que enlazan con las aldeas del entorno de la urbe.
Un ejemplo es Santa Ana de Abuli. El centro de la localidad, la ermita, está a 3.300 metros de la catedral de Oviedo. Vacas, pilas de «cucho», huertas y aire fresco. Un lugar idílico, pero siempre hay un «pero».
La ronda exterior de Oviedo pasa a apenas 20 metros de las casas. Con picos de 60.000 vehículos al día, Andrés Roza, vecino de Abuli, explica que es «prácticamente imposible» que se venda la casa en la que el nació, frente al restaurante familiar Casa Rosina. «Aquí es imposible dormir», se queja. Con la silueta de la Catedral al fondo, y con la del Palacio de Congresos de Calatrava que también se eleva sobre la ciudad, Andrés Roza aprovecha el sol del otoño para poner a secar fabes.
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