PEPE MONTESERÍN
«¡Non fuyades!», diría el ingenioso hidalgo a Cajastur, que quiere distinguir lo fabuloso de lo real, antes de fusionarse con Cajastillancha; que pretende hacerse con ese negocio sin comprometer su propia solvencia, que quiere el jamón sin tocino y aspira a dejar fuera de su perímetro el Reino de Don Quijote, 1.100 hectáreas alrededor de la Cueva de Montesinos, algo mayor que el concejo de Muros de Nalón y algo menor que el de Caravia. El enjuto de cara, seco de carnes y de rocín flaco va a resultar más grasoso que Sancho. Además, ¿desde cuándo tiene ínsula Don Quijote? ¿Qué tiene que ver Cajastur con la defensa de los menesterosos y la triste figura de quien arremete contra la emergente industria eólica? Cajastur renuncia al Reino de la Maravilla, sí; también el Caballero Desamorado renunció a Dulcinea. Veremos cómo se las arregla para desfacer el entuerto.