CARMEN
RUIZ-TILVE
Sin paraguas no se puede estar, porque en cualquier momento llega la nube negra y nos pone perdidos.
Antes los caballeros ovetenses solían salir con paraguas, que hacía las veces de bastón. Los paraguas de caballero eran siempre negros y con frecuencia de percal, que cuando se mojaba pesaba mucho y tardaba en secar. La seda natural era para unos pocos. Los paraguas de las señoras tendían a ser livianos y se dejaban influir por las modas, que alargaban los puños como si fueran cuellos de garza, abiertos en general a todo tipo de novedades ornamentales.
En tiempos de vacas flacas los paraguas cobraban nueva vida cambiando de tela para parecer nuevos, cuando lo fundamental era que tornasen el agua.
Los arreglos de los paraguas en Oviedo se hacían fundamentalmente en el Fontán, taller infinito para toda clase de restauraciones, y allí los paragüeros cambiaban varillas quebradas por el viento, reponían regatones y ponían puños de bambú o Malaca si el presupuesto lo permitía. Los paragüeros también eran hojalateros y afiladores, y restañaban los fondos de las tarteras para darles vida nueva, aprovechado las tapas, para seguir preparando los potajes al amor de la lumbre de carbón. Paragüeros hubo en el Fontán hasta hace bien poco, y a algunos de los clásicos los recuerdo perfectamente, como al de la fotografía que acompaña estas líneas, que se cobijaba en el soportal cerca de la joyería de Argüelles, que enseñó la profesión a muchos joyeros de hoy y hacía pendientes de aire asturiano, de azabache o aljófar, para las vendedoras de el Fontán, que ponían la ilusión de su vida en ahorrar para ellos. También había en Oviedo talleres de fabricación y arreglo de paraguas, con venta directa al público, como Neptuno o La Borla, y todos andaban por estas fechas atareados con la borrasca al caer.
Ahora, en general, los paraguas y su vida han perdido solemnidad, y con frecuencia las papeleras callejeras son la última morada de los que el viento se lleva. Paraguas de mil formas y tamaños, ligeros y plegables la mayoría, chinos descarados o camuflados, que nos pueden salvar de la chupa sin mayor quebranto. El Fontán ahora sigue siendo remedio para la lluvia, con paraguas que mantienen la ilusión de ser castizos y se llevan los turistas como recuerdo, a pesar de que ya no llueve como antes y apenas orbaya.