M. P.
En el discurso de Ángel Menéndez en el homenaje que el Colegio de Abogados le brindó el pasado viernes, en el transcurso de un almuerzo, no faltaron las anécdotas. Como la que protagoniza una funcionaria muy poco amable que le obligaba a presentar en el Registro Mercantil impresos cubiertos con una máquina de escribir. «Mi caligrafía debía de ser horrible», bromea Menéndez. «Un día, para no tener que volver al Colegio para rellenar el impreso, entré en una sucursal de la Caja de Ahorros para que me dejasen un momento una máquina de escribir. Me dijeron que la podía usar cuantas veces quisiera», recuerda. «Serios problemas tuve siempre también con los porteros de fincas. Cuando tenía que entrar en una casa a llevar o buscar cualquier cosa, nunca me dejaban subir solo en el ascensor, tenía que ir acompañado», cuenta. «Mi pequeña venganza era subir el ascensor hasta el último piso y dejarlo allí con las puertas abiertas para que tuvieran que subir todas las escaleras a buscarlo», relata, entre risas, Ángel Menéndez González.