David ORIHUELA
«He matado a mis abuelos». Fue la desgarradora llamada que se recibió en la centralita de la Policía el pasado 10 de febrero. M. G. U., que entonces tenía 17 años, no había asesinado a sus abuelos, pero sí había matado a su tía, Isabel Uría Uría, de 49 años, y había herido a su abuela, María Uría Fernández, de 84 años. Fue en el número 5 de la calle Félix Aramburu.
«Sólo recuerdo que estaba en el salón de la casa con mi tía y el gato. Después, nada, sólo mis manos manchadas de sangre». Fue lo que relató el joven ante la juez de menores, María Fidalgo, que decretó su ingreso en el centro de internamiento de Sograndio.
Nueve meses después, tras el largo proceso de instrucción del caso, el adolescente quedó en libertad el pasado martes, sólo una semana después de que fuese sentenciado a ocho años de internamiento en un centro especial para menores. No ha habido ningún error para que esté libre, sino una explicación legal: la sentencia no es firme al haber sido recurrida por la defensa, y al haber transcurrido los nueves meses de internamiento preventivo que fija la ley del Menor, a la fiscalía no le ha quedado otra opción que decretar su salida de Sograndio. Pese a que ya ha cumplido los18 años, se le aplica la ley del Menor por serlo cuando cometió el delito. En el caso de los mayores de edad, la prisión provisional es de 2 años y se puede prorrogar en otros dos. Este crimen de nuevo ha avivado la polémica sobre la ley del Menor y se suma a la alarma creada por casos como el de la sevillana Marta del Castillo. Varios expertos reclamaron esta semana cambios en la ley para evitar que se repitan estas situaciones.
El adolescente no se puede acercar a menos de mil metros de su abuela, y cuenta con un tutor que vigila sus pasos. La abogada defensora, Ana García Boto, llegó a pedir que el joven no fuese puesto en libertad y así pudiese seguir el tratamiento que está recibiendo.
El joven fue detenido a las 12.25 horas del 10 de febrero. A esa misma hora, nueve meses después, se decretó su puesta en libertad. Le detuvieron en la casa en la que se había cometido el crimen. M. G. U. había ido a desayunar, como había hecho en otras ocasiones, a casa de su abuela materna, que vivía con su hija, tía del agresor. La madre del chico había muerto dos años antes a causa de un cáncer. El joven se quedó en casa mientras la abuela y la tía salían a hacer un recado. «Cuando llegué sentí gritos, pero pensé que eran abajo. Hasta que escuché: "M. (el nombre del joven ), por favor!". Fui al salón y lo vi pinchando a Isabel. Le dije: "Pero ¿qué haces tanto como te queremos?". Él decía: "Voy a matarte porque si no me vas a matar a mí, güelita, a ti también te mato"». Fue el relato ante el juez de la abuela, personada como acusación particular.
El joven no tenía antecedentes psiquiátricos ni de consumo de alcohol, tampoco policiales. La abuela declaró: «Pienso que le dio algo», y el adolescente sólo recuerda que había ido a casa de su abuela y tras un lapso de tiempo, en el que no sabe qué ocurrió, estaba con un cuchillo ensangrentado en la mano. Reconoce que quería mucho a su abuela y a su tía, «y ellas a mí». La defensa de M. G. U. se basó en que el joven podría haber sufrido un trastorno mental transitorio. Aquella mañana M. G. U. pinchó en numerosas ocasiones a su tía. Lo hizo en el pecho y en el cuello «y cuando se caía la levantaba para seguir pinchándola», relató la abuela. Pero Isabel Uría logró huir, salir de la casa y bajar por la escalera. El rellano quedó lleno de sangre. Cuando la Policía llegó al edificio se encontró a Isabel Uría agonizando en la escalera.
El suceso
M. G. U., de 17 años de edad, asesinó a su tía, Isabel Uría, e hirió a su abuela, María Uría, de 84 años, el pasado 10 de febrero en la vivienda de las mujeres, en el número 5 de la calle Félix Aramburu.
La instrucción
El chico llamó a la Policía y dijo que había matado a sus abuelos. Cuando la Policía llegó al edificio se encontró a Isabel Uría agonizando en el rellano de la escalera y al chico lleno de sangre y con un cuchillo en la mano un piso más arriba. En el interior de la vivienda estaba la abuela, con heridas en el brazo y el rostro. En el Juzgado de menores la abuela narró lo ocurrido: no había habido ninguna discusión previa y creía que al chaval le había «dado algo». El joven asegura que no se acuerda de nada, que estaba con su tía y con el gato y de pronto sus manos estaban llenas de sangre. Él mismo llamó a la Policía.
Juicio y sentencia
El Juzgado de menores condenó al chico a ocho años de internamiento, pero una semana después, el pasado martes, fue puesto en libertad al no ser firme la sentencia -ha sido recurrida por la defensa- y agotarse el plazo máximo de nueve meses de internamiento preventivo, que marca la ley de Menores. Volverá ser recluido cuando se resuelva el recurso y la sentencia sea firme.