IVÁN JOSÉ ROMÁN BUSTO
El segundo concierto del Ciclo de Música Sacra «Alfredo de la Roza», que patrocina LA NUEVA ESPAÑA, ha provocado expectación y sorpresa dejando una sensación de novedad en un público que, acostumbrado a la amplia oferta musical de la ciudad, creía no poder sorprenderse.
El disfrute de la obra de arte por parte del espectador es producto de las cualidades del objeto, en este caso musical, y de cómo éstas son percibidas y asimiladas por el oyente, que llega a identificarse con la propia obra. Así, en la búsqueda de lo novedoso y diferente, las miradas se dirigen hacia lo exótico y lo lejano en el espacio, pero también en el tiempo, en el que la imaginación y la sugestión llevan al espectador a recrear sus sentidos por paisajes y tiempos ajenos a su realidad cotidiana. Se produce de este modo un abandono del hastío y de las preocupaciones diarias.
Esta capacidad catártica de la música es la que el público pudo percibir durante la interpretación por parte del grupo «Concurdu e Tenore de Orosei» de diferentes piezas de polifonía sacra de tradición oral de Cerdeña. La singularidad de este canto sacro o «concurdu», de origen medieval, radica en la improvisación de las cuatro voces que lo componen sobre los textos litúrgicos del año, como los «Gotzos de sas animas» y el «Stabat Mater» del período Pascual interpretados el viernes pasado o «Su Ninnu-Tzeleste Tesoro» de Navidad, que estuvo entre las más aplaudidas.
La sorpresa llegó fuera de programa, cuando a petición de los propios cantores, el público se trasladó al exterior del templo de San Isidoro, convirtiéndose en protagonistas y no ya en meros espectadores. Allí, colocados en semicírculo según la costumbre sarda, participaron con risas y continuos movimientos rítmicos a una demostración de canto «a tenore». Este estilo de canto, de texto profano y narrativo, implica sustanciales diferencias con el «concurdu», tanto en la interpretación como en la técnica utilizada para la emisión del sonido. Tres de las cuatro voces, las denominadas «bassu», «contra» y «mezza oche», realizan una base rítmica y armónica de carácter onomatopéyico y sonoridad arcaizante por el intervalo de quinta y la utilización del canto difónico. Esta técnica, común a lugares tan alejados del Mediterráneo como la estepa de Mongolia o las montañas del Tíbet, consiste en la capacidad de que el cantor produzca dos o más sonidos a la vez con una sonoridad que recuerda al «arpa de boca» o «guimbarda». Sobre esta base, un solista o voz «oche» desarrolla la narración mediante una melodía repetitiva a modo de romance.
A la salida del concierto alguno de los asistentes comentó, salvando las distancias temporales y estilísticas, la similitud de práctica y las bases rítmicas sobre las que se improvisa en el hip-hop y se preguntaba: «¿Será que ya no se puede inventar nada nuevo?».