PEPE MONTESERÍN
En democracia, las leyes las dicta y aprueba el pueblo, a través de sus representantes, de tal manera que lo que sea o no delito es decisión popular, a fin de cuentas. Si todos los españoles fuéramos católicos y acatáramos el dictado de la Conferencia Episcopal, derogaríamos la ley del aborto, y abortar, ser colaborador necesario, votar en favor de la interrupción del embarazo o de un partido que la apoye, se castigaría con penas de cárcel, entre 15 y 20 años, y de Infierno, en su momento, sin redención, per in saecula saeculorum. A punto estuvo de zanjarse esto de un plumazo el 9 de junio de 1921, en la sidrería El Gato Negro, en la calle Mon, donde una comisión de notables se reunió para coger el toro por los cuernos y debatir sobre la existencia de Dios; finalmente, se procedió a una votación: ganó Él por un voto. Son ganas de complicarnos la vida; la vida eterna.