ENRIQUE MORENTE
Cantaor, actúa esta noche en el Campoamor para celebrar el XXV aniversario de su peña en Oviedo
Chus NEIRA
Enrique Morente (Granada, 1942) canta hoy en el Campoamor a las ocho de la tarde. Celebra que su peña ovetense llega al XXV aniversario y lo hace dos días antes de que salga su disco, «Flamenco en directo», el primero de su larga carrera así, en directo.
-Era algo que tenía proyectado desde hacía mucho tiempo. Anteriormente estuve bastante en el estudio, con la música de «Fedra» y con otros proyectos, y aquí lo que hice fue recopilar grabaciones un tanto dignas, con interés artístico para la guitarra y el cante.
-Todas muy ortodoxas.
-Sí, había alguna otra canción, como una «Aleluya» inspirada en la de Cohen, también en directo, pero se va a ofrecer en i-Tunes. La he quitado para que el disco tenga un concepto de clasicismo, de los cánones del flamenco en expresión mía.
-¿Qué tal su encuentro con Cohen en el Benicassim?
-Entrañable. Pudimos hablar. Estoy muy contento de haberle rendido tributo en su momento.
-¿De Cohen le interesa más el texto?
-Y la música, que es de alta calidad. Y también su voz, ese grave impresionante, que es lo que más armoniza la música, el registro grave.
-Vuelvo a su disco en directo. ¿Por qué ha tardado tanto en sacar uno?
-Casi nunca me he acordado, porque los primeros discos se tardaban en hacer casi lo que duraba el disco. El flamenco siempre ha caído en las manos pobres de la industria. En los tiempos del vinilo, cuando se vendían discos y los directores de las discográficas iban en limusina, el flamenco era el último plato. Tú llamabas y decías: «¿José Luis, a qué hora grabo?». Y te citaban a las nueve y media de la mañana. Luego, para el segundo disco ya me citaron a las once y media, pero no más tarde, ¿eh?, que luego tiene hora Mari Trini. Lo que quería decir es que en realidad las primeras grabaciones son directos, aunque luego ya empieces a utilizar el estudio para otras cosas, para composiciones, creaciones que en directo no se pueden hacer.
-Por ejemplo, creo que acaba de grabar «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías», de Lorca, en esa vía de la reelaboración en estudio.
-Claro, ahí he utilizado la línea de la música enlatada. Por ejemplo, me doblo la voz. Me pongo ocho, doce voces mías a la vez. Eso, claro, en directo no lo puedo hacer porque no tengo na más que una boca.
-Nunca negó que le gusten las máquinas para hacer música.
-No, me parecen una buena posiblidad. Hay veces que incluso te encuentras máquinas que tienen mejor corazón que muchas personas que andan por el mundo.
-Una peña de Oviedo lleva su nombre, usted empezó en Madrid. ¿El flamenco crece en el distanciamiento?
-Los reconocimientos vienen de fuera porque llegan visita, escuchan esa música y se enamoran. A mí el flamenco me viene de mi madre, aunque me hiciera profesional en Madrid.
-Y en México, creo...
-En México estuve mucho tiempo. Con Manzanita. Y tenía muchos amigos asturianos. Nuestras posibilidades económicas eran escasas y siempre Paco Ignacio Taibo nos invitaba a la cocina de su casa. No íbamos mucho, sólo un par de veces por semana. Con la generosidad asturiana, su cocina siempre estaba llena de amigos. Yo conocí allí a mucha gente. Había uno que comía un poco menos que nosotros, que no hablaba nada pero que se reía mucho con las tonterías flamencas que hacíamos Manzanita y yo. Años más tarde, un amigo me regaló «Pedro Páramo» y cuando vi la foto de Juan Rulfo le digo «pero si éste era el tío de la cocina de Taibo en México».
-En esas épocas, ¿la morriña se hace arte?
-Yo he sido un andaluz que ha viajado mucho, pero nunca he perdido el contacto. Yo la morriña, en realidad, la siento desde muchos sitios, de muchas ciudades, de donde tengo amigos.
-Dice que se siente más ciudadano del mundo que otra cosa.
-Sí, porque en el fondo soy un cantaor sin identidad. Algún detractor mío debería coger esa frase y utilizarla, porque ya se sabe que en el flamenco siempre se dice que si mi tío fue tal o si el tío de su mujer fue sobrino de Manuel Torres... Esas cosas. Pero yo no soy hijo de nada.
-En todo caso inició su propio linaje: Estrella, sus nietos...
-Sí, dejaré a mis nietos que digan quién era su abuelo, pero sin demagogias.
-Y lo de los detractores. ¿Todavía tiene detractores a estas alturas?
-Hombre, espero que sí. Para seguir viviendo.
-¿Ser un cantaor sin identidad no tiene que ver también con su pasión investigadora por lo antiguo y lo futuro, por sus dos direcciones?
-Ese es el significado, claro. Las dos direcciones me interesan. Me gusta imaginarme el sonido de los tiempos que no hemos conocido, de hace dos o tres siglos, cuando no había grabaciones. No sabemos cómo sonaban los instrumentos, aunque un lutier puede reconstruirlos. Pero, sobre todo, no sabemos cómo sonarían las voces. Tengo ahora un proyecto para trabajar en este campo. Si uno escucha las primeras grabaciones, de ópera, por ejemplo, ya se nota que los sonidos de las voces de hombres y mujeres eran muy diferentes. Antes, por ejemplo, se cantaba con más vibrato.
-¿Cambia el mundo y cambia la forma de cantarlo?
-Es que ahora uno llega a Asturias por esos túneles. Antes no estaban y se venía con el carro. ¿Cómo va a sonar igual la voz de un tío que viene en su Mercedes, como yo, a la de un tío que viene acarreando con el burro? El hombre se parece más al animal cuanto más convive con él. Hoy tenemos el sonido del avión.
-Supongo que también cambia uno mismo. ¿Escucha sus grabaciones una vez acabadas?
-No, no suelo escuchar mis discos. Y hago mal. Tendría que oírme más a mí mismo, porque se aprende más de uno que de nadie.
-¿Y qué piensa al escuchar cómo sonaba su voz en los noventa?
-Me justifico bastante a mí mismo.