David ORIHUELA
«Otro tiempo vendrá distinto a éste», pero Oviedo seguirá siendo el Norte y Granada, el Sur. Para unirlos está Enrique Morente. El cantaor dejó ayer en pie al teatro Campoamor y su vida quedó aún más sellada a la ciudad. Morente es, desde el recital de ayer, sábado, socio de honor de la Peña Flamenca Enrique Morente, «que creo que soy yo», «porque es el mejor cantaor de arte flamenco y mejor persona», como dijo el presidente de la asociación, Guillermo Péreza de Castro, al entregarle el diploma y la insignia de oro al término del concierto.
Dicen los expertos que Morente es el único capaz de cantar los 48 palos del flamenco, según una de las divisiones, y ayer sumó otro más: la tonada asturiana. Con José Manuel Tejedor a la gaita y letra de Ángel González, «un gran poeta y gran amigo». Morente, en un cantar recitado, reinterpretó aquel poema de «Otro tiempo vendrá distinto a éste».
No fue el único momento para la historia local. Antes, Morente había regalado otro al público, que agotó el papel hace ya semanas en el Campoamor: la soleá que hizo con Pedro Ricardo Miño al piano. Fue, sin duda, otro de los momentos claves de la sesión, en la que Morente habló poco pero suficiente.
Un cante en tiempo de cabal con letra de Federico García Lorca, «Llanto de la guitarra», dedicado al guitarrista Pepín Salazar, «con quien luchamos tanto por Madrid», fue otro de los estremecimientos del recital en los que el maestro demostró su generosidad con el recuerdo a esta tierra y a los amigos que en ella tiene y ha tenido.
Por eso hubo también tiempo para recordar a su Gabino de Lorenzo, «que veinticinco años después me sigue apreciando, el que fue inaugurador de la peña y que en aquel momento no era alcalde. Ahora le deseo lo mejor a Gabino, que es desearle lo mejor a Oviedo».
Morente había iniciado el recital en el Campoamor en solitario y cantando a pelo, junto a cinco cantaores y dos bailarines. Un arranque sobrio y emocionante con una escenografía que recordaba una fiesta flamenca, a oscuras, en medio de un silencio profundo sólo interrumpido por un grito que desde el patio de butacas anunció: «¡Morente va a cantar!».
Al cuadro se sumó, a la siguiente, el guitarrista Pepe Habichuela mientras seguía el coro y aparecía el cajón, por los cánones del flamenco clasicista con el sello del maestro granadino.
Morente y Habichuela fueron los maestros de ceremonia del concierto, a los que más tarde se sumaron Victoria Carbonell y Soledad Morente, al cante y al baile, y que llegaron a poner en pie al público del Campoamor.
La de ayer fue una noche que coronó el XXV Aniversario de la peña y de la que el Campoamor disfrutó con una profunda reverencia, casi como en misa. Misa flamenca, mágica y esencial, oficiada por el maestro Enrique Morente. Grande.