CARMEN RUIZ-TILVE
CRONISTA OFICIAL DE OVIEDO
Da a veces la impresión de que lo de los derribos es cosa de ahora y, bien al contrario, de tanto como hemos perdido, podemos señalar las fechas de mediados del siglo XIX como el momento en el que Oviedo empezó a renegar de su pasado medieval, un tanto lóbrego y en buena medida arruinado, incluso antes de que la llegada del ferrocarril y las nuevas calles largas y rectas marcasen los nuevos cánones estéticos a los que los ovetenses se apuntaron gustosos, estableciendo antagonismos entre el Oviedo abigarrado que se aferraba a lo viejo y mugriento y la «colonia del sol», llamada a crecer, ya muy superada la cerca y la historia que prolongaba.
Sabemos de derribos y amenazas, recordamos cosas perdidas y lamentamos desapariciones irreparables, que nos trajeron hasta donde estamos. También mantenemos, por encima de los peligros, edificios que corrieron grandes riesgos de desaparición. De entre ellos, parece hoy leyenda urbana lo de la desaparición de la hermosa iglesia de San Isidoro, la antes jesuítica de San Matías, que cierra garbosamente el cuadrilátero irregular de la Plaza Mayor.
Cuando la ciudad andaba loca de contenta con lo que crecía extramuros, ya con la calle Uría como antagonista de Cimadevilla, se valoró la posibilidad de derribar esa iglesia para ampliar horizontes desde la estación del Norte hasta la Casa Consistorial, así como suena.
Conviene repasar en este punto y en otros muchos la «Historia de Oviedo» de don José Caveda y Nava, escrita en 1844 por este villaviciosino nacido en 1796 y muerto en Gijón en 1882. Entre esas fechas, mucho estudio, mucha obra y muchos proyectos de modernización para Asturias. Esta obra sobre Oviedo de Caveda y Nava puede considerarse la primera guía de la ciudad, antecedente de la de don Fermín Canella. Entre otras muchas cosas muy interesantes que describen Oviedo en el comienzo de los grandes cambios habla así este autor de nuestra Plaza Mayor cuando dice: «Pero esta Plaza no corresponde, sin embargo, por su estrechez, a un pueblo de las circunstancias de Oviedo. Presenta la figura de un paralelogramo irregular, cuyos lados más largos se extienden de Or. a P.. Por la parte de N., la adorna el Consistorio, en todo su largo, con la sencillez y buenas proporciones de su fachada de cantería de grano, y su galería de arcos semicirculares. Al P. tiene el frontispicio corintio de la iglesia de San Isidoro y al Or., por donde más estrecha se levanta una fuente, cerca de la línea que por aquella parte la cierra. Su ámbito, demasiado reducido, pudiera agrandarse si, demolido el templo de San Isidoro, se corriese hasta la calle del Rosal; pero nunca se conseguiría dar al todo una forma regular y proporcionada en dimensiones. Entonces, como ahora, siempre presentaría un espacio demasiado estrecho».
Es la primera cita que encontramos de la propuesta de sacrificio de este monumento, llevada por el afán de su autor, tan acertado en otras ideas, de modernizar Oviedo y Asturias.
Precisamente en estos últimos días de noviembre se va a celebrar ante su casa natal en Villaviciosa el recordatorio de su notable figura.