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Crítica musical

Raíz Morente

El granadino se dejó la piel en el Campoamor, en un concierto centrado en las esencias que sedujo a un público entregado

 09:24  
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Raíz Morente
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FERNANDO ROMERO Enrique Morente lo dio todo el sábado en el Campoamor. Subió el telón y dejó ver en una penumbra la roá gitana por debla. Ahí es na. Empezó por la raíz y así siguió. No sabemos si por dar satisfacción a su peña ovetense (es conocido su gusto clásico) o si fue porque al llegar a una edad, en la que hay trayecto y experiencia detrás, se regresa a la sabiduría, a las fuentes primigenias, a la raíz.

Nos inclinamos por esta hipótesis, que además nos corrobora ese empezar con sonido de mantra tibetano por roás, un palo flamenco, si se puede considerar así, caracterizado porque un grupo de hombres y mujeres (en este caso hombres), puestos en una rueda, celebran un ritual milenario de resonancias religiosas, donde se alternan los cantes, se improvisan arranques de baile y se palmea con vigor en un ejercicio de comunicación ancestral y primitiva. Es como si unos paisanos en un chigre comparten la sidra y echan unos cantarines al final de la jornada después de catar. Una fiesta íntima que los gitanos ocultan a los extraños y que Morente regaló a los ovetenses, a los que quiere y considera «de casa». Siguió el maestro por alegrías, él solito con Pepe Habichuela, uno de sus acompañantes habituales, uno de los grandes del toque, que además tiene una virtud «antigua» que se echa de menos en los tocaores de hoy, y es que deja cantar y pasa desapercibido porque sabe que el cantaor es el protagonista. Atrás, cinco hombres con palmas y otro con cajón, en un plano discreto, pues Morente quiso dar un concierto clásico donde el cantaor está en la intimidad, que sólo comparte con la guitarra.

Luego pasó a la granaína, muy clásica también, pero con su toque de gracia morentiana y con un Habichuela magistral y de una rudeza racial que sólo consigue un Habichuela. Siguió por los palos del flamenco de verdad y nos sorprendió por aires de seguirilla con ese sonido impecable que da el Campoamor para el cante jondo y que viene a dar en tango. El quinto fue otro regalo a su afición asturiana: un cante por cabales, un palo en desuso de una gran belleza y antigüedad, con letra de García Lorca, que dedicó al guitarrista asturiano Pepín Salazar. También hubo palabras de agradecimiento para su amigo Gabino de Lorenzo, «impulsor del flamenco». Un palo complejo de ejecutar, cuya interpretación nos recordó un poco al gran Camarón.

Nuevamente retornó al cante por roás, al corro gitano que impresionó también por una buena iluminación donde un solo foco cenital cae sobre esos gitanos vestidos de negro dando cada uno su propio dolor y su expresión de la pena y la alegría que se torna en unas bulerías a pelo, con la percusión que da el propio cuerpo, las manos, los dedos, el pecho, las rodillas, los muslos, los talones y lo que haga falta. Es la pureza del cante y del baile, el origen, la raíz, y vimos destacar de ese corro a un joven que canta con una voz muy especial y prometedora, que no es otro más que Enrique Morente, hijo. En la siguiente pieza (una hora ya de concierto) Enrique invitó al escenario al pianista Pedro Ricardo Miño, que participó estos días en la suite flamenca. Aquí Miño brilló con luz propia mucho más que en la suite, pues estaba más en su salsa. Además, por un palo jondo, la soleá, que intercaló con una malagueña. Qué bien la llevó el pianista acompañando al maestro Morente, y qué difícil debe de ser transformar el sonido del piano en una guitarra por soleá. Miño en todo su esplendor, llevando a las teclas la intensidad de un arte que no sólo interpreta, sino que siente, como demostró. Una hora de Morente y aún no había sonado a Morente, porque el granadino se había dado al flamenco clásico y había dejado para el final su peculiar estilo y el producto de su investigación de años.

En la segunda parte, el intimismo jondo sólo reservado para el artista y su Pepe Habichuela abre las puertas a la fiesta. Entran en escena la familia de los Carbonell-Morente-Montoyita, pues allí estaba toda la familia, para hacer lo que mejor hacen en familia los gitanos: expresarse a través del ritmo. Y aunque a Morente no le gusta que le encasillen en familias porque se siente ciudadano del mundo y él mismo es precursor de una nueva dinastía, lo cierto es que allí había familia, y de las buenas. Allí estaban Victoria Carbonell y Soleá Morente bailando cada una con su estilo, y llegaron los esperados tangos de Morente, y su «yali yali», las bulerías morentianas casi susurradas, y su fiesta familiar.

La sorpresa vendría a continuación, cuando salió a escena el gaitero Tejedor y junto a Morente se arrancó por toná asturiana, a su estilo, con un poema de Ángel González, su amigo: «Otro tiempo vendrá distinto a éste». Un sonido emocionante nos transportó de la fiesta gitana a los verdes valles asturianos, a la solemnidad de la gaita y a la toná, alegre, melancólica y esperanzadora, que va incorporando al final el palmeo y acaba convirtiendo el poema en un himno, en un abrazo intenso entre Granada y Asturias, allí donde Andalucía y Asturias se encuentran, como dijo el propio Morente: en lo jondo. El público que abarrotaba el Campoamor se levantó para aplaudir sin fin y arrancar un bis por fandango a un Morente agotado, con la voz cansada, pero aún poderosa, que lo dio todo a su afición asturiana, cada vez más numerosa y entusiasta.

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