Chus NEIRA
La Escuela de Magisterio, también Escuela Normal, celebró ayer 165 años de historia a punto de perder estas denominaciones e integrarse con Pedagogía en una Facultad de nombre incierto. Para el consejero de Educación, José Luis Iglesias Riopedre, podría ser Facultad de Formación del Profesorado; el rector, Vicente Gotor, no tiene claro el nuevo nombre; y la actual directora del centro, Gloria Téllez, sólo tiene claro que «maestros y pedagogos tenemos que ponernos de acuerdo para remar en una misma dirección para lograr la mejor Facultad posible». Con parecidas palabras, todos los que ayer intervinieron de forma oficial en el aniversario de la Escuela de Magisterio desearon que la fusión de centros sea a mejor. Pero la jornada, a pesar de la sombra del futuro, se dedicó principalmente a echar la vista atrás.
Es algo, la visión retrospectiva desde el Seminario de Maestros de 1844 hasta el aquí y ahora, digno de «orgullo», en palabras de Riopedre, quien aplaudió y agradeció «la valentía de ser el faro de la cultura» a los maestros «de cuando se ganaban cuatro perras». Esas palabras se pronunciaron por la mañana, en el auditorio Príncipe Felipe, en un acto institucional al que siguieron lección magistral del lingüista Salvador Gutiérrez y mesa redonda. Por la tarde, y al hilo de las palabras de Riopedre, ese echar la vista atrás, a los 165 años de historia de la Escuela Normal, se plasmó en una detalladísima exposición que, comisariada por el profesor de Historia Ángel Mato, condensa en el claustro alto del edificio histórico de la Universidad el viaje que va de la pizarrina a la pizarra digital.
Tanto en la inauguración de esta muestra como en el acto matutino, la celebración del aniversario de Magisterio reunió a varias promociones de maestros, jubilados y activos, ilusionados por el homenaje y satisfechos con la exposición. Allí, destacó Mato, se exhiben materiales tan preciados como los primeros silabarios editados por los maestros de la región, libros de lectura de los años treinta como «Asturias», que hoy puede ser contemplado como el primer currículum escolar adaptado a este territorio, y, más llamativo, reconstrucciones de las distintas aulas: la de finales del XIX, la de principios del XX, de mediados, de los años setenta o de la actual «aula digital».
En las vitrinas también se puede apreciar la evolución de los métodos que todavía se conservan en las Escuelas Selgas -que colabora con esta muestra-, láminas y textos de principios del siglo XX, hasta llegar a los primeros ordenadores Macintosh Plus que llegaron a la Normal, las filminas de los cursos de idiomas, los grandes magnetófonos o diversos materiales de laboratorio del último tercio del siglo XX.
El paseo por los expositores y las recreaciones de aulas tuvo mucho de nostalgia y hasta contagió al presidente del Principado, Vicente Álvarez Areces, que, ausente por la mañana del protocolo institucional, aprovechó la inauguración de la tarde para hacer una encendida defensa de la Escuela de Magisterio y de la figura de los maestros.
Aunque no pudo evitar sacar a relucir, al final, su ya habitual batería estadística aplicada a la educación no universitaria en Asturias, la mayor parte de su discurso resultó entrañable y con calor humano. Areces se remontó al despegue de la formación del profesorado a finales del XIX para equiparar aquella situación de la región metida en la modernidad de la revolución industrial y en la modernidad pedagógica con el momento presente de tercera revolución tecnológica. Citó la ecuación de Ortega que recomendaba para la escuela un equilibrio entre aire público y pedagógico. Y mentó a la madre. La suya, maestra en la escuela graduada de El Arenal, ejemplo de eso a lo que había cantado antes: «Maestros y maestras, perfecta imagen de lo que es el servicio público». Gracias.