El Ciclo de Música Sacra dedicado a Alfredo de la Roza vivió el viernes su jornada de clausura con una profunda carga emotiva, respuesta de la unidad que en torno al recuerdo y la obra del maestro asturiano mantiene un ciclo que se ha convertido en ejemplo de actitud e iniciativa musical, con los medios más ajustados. En el quinto aniversario de la muerte del canónigo y maestro de capilla, la Escolanía San Salvador puso el broche de oro con un concierto del interés musical habitual, muestra de la creatividad de una programación que cubre huecos en Asturias en lo que se refiere a la música religiosa.
El tiempo, la vida y la muerte fueron los hilos conductores de una quinta edición simbólica, que se clausuró con unas vísperas de Santa Cecilia, la patrona de los músicos. La muerte y la resurrección de Cristo se tratan en estas alabanzas vespertinas que, junto a las laudes, son los ejes del oficio diario. Así, las loas en forma de música pudieron contemplarse con diferentes tipos de canto en la liturgia. La Escolanía, esta vez dirigida por el barítono ovetense Marcos García Gutiérrez sobre las tablas, hizo así una demostración de cómo la música puede encajar en la liturgia actual, siguiendo las pautas del Concilio Vaticano II, que ofrece una lectura menos estricta de los recursos musicales en la liturgia.
El «Deus in adiutorium» («Dios mío ven en mi auxilio») anunció, como es tradición, el comienzo de las vísperas, al que siguieron el «Gloria» y el himno, en este caso en canto gregoriano. Las vísperas se organizaron en torno a los salmos 121, «Laetatus sum», y 116, «Laudate dominum», que llegaron musicados por Vivaldi en sendas partituras para cuatro voces, violines, violas y bajo continuo. Como es propio de la Iglesia latina, se introdujeron además las antífonas del salmo, en las voces blancas de la Escolanía. Previamente al «Magnificat», en la polifonía escrita por el desconocido compositor Palazotto, la Escolanía combinó unos versos para órgano con un fauxbordon compuestos por Cima. (El fauxbordon es un tipo de composición que proviene de la tradición gregoriana y que se recupera especialmente a partir del motu proprio. Se trata de una polifonía sencilla, basada en una cuerda de recitado que modula, y es propia de la liturgia de los oficios).
Para las oraciones finales, la Escolanía reservó el estreno de la obra «In paradisum», encargada para la ocasión a Henryk Jan Botor, reconocido compositor de música religiosa y profesor en la Academia de Música de Cracovia. Botor trabajó sobre el texto de salida de la misa de réquiem para crear la música. En «In paradisum», las puertas de la iglesia se abren al tiempo que se abren las del cielo, con una serenidad gloriosa: «Al paraíso te conduzcan los ángeles; a tu llegada te reciban los mártires (?) el coro de los ángeles te reciba, y con Lázaro otrora pobre tengas el eterno descanso». La obra fue, por otro lado, el punto álgido de la interpretación por parte del coro y estuvo caracterizada por extensos reguladores, las combinaciones armónicas y la división de las voces.
No faltó tampoco el reconocimiento a los que actualmente empujan los proyectos, con un Gaspar Muñiz -responsable musical del ciclo- sobrecogido por la sorpresa de los escolanos. El responsorio de difuntos que la Escolanía dedicó a Alfredo de la Roza sirvió, como canto de ocasiones señaladas, de cierre de un ciclo que ayuda a comprender estructuras litúrgicas que difícilmente pueden vivirse hoy día.