Ch. N.
El asunto es tan complejo como un laberinto dentro de otro laberinto. Y el resultado, en vez de la total desorientación, por raro que parezca, conduce a la puerta de salida.
El proceso actual por el que los docentes universitarios españoles tratan de serlo de forma más eficaz o, al menos, de asegurar su puesto de trabajo, pasa obligatoriamente por enviar a Madrid su currículum solicitando a la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) que los acredite. Si uno, por ejemplo, desea trabajar en la Universidad como profesor asociado, antes de ser contratado necesita estar acreditado por la Aneca, cuyos comités evalúan los expedientes y conceden o deniegan las acreditaciones. El proceso es el mismo para llegar a ser titular o catedrático.
Al menos, para poder llegar a serlo; porque una cosa es lograr la acreditación y otra, distinta, obtener en efecto una cátedra o una plaza de titular, aunque para concursar a estas cátedras es imprescindible estar acreditado. En realidad, no es tanto un requisito como un paso previo, pues en la práctica universitaria española actual, una vez que un docente ha logrado su acreditación se lo hace saber a la Universidad para la que trabaja, que en teoría se compromete a sacarle la plaza o la cátedra en el menor tiempo posible.
El proceso por el que se logra la acreditación, como han denunciado muchos profesores, sindicatos o asociaciones de docentes es largo, tedioso, complejo y muy poco transparente. La figura del temido tribunal de oposición se ha visto sustituida por la del invisible comité evaluador, pues el profesor ignora quiénes han evaluado su expediente y logra pocos detalles sobre los motivos por los que le ha sido concedida o denegada la acreditación. Además, en la mayoría de los casos se trata, simplemente, de una carrera de fondo donde prima más el continente que el contenido. Es decir, la Aneca te acredita si cumples tantos créditos de docencia, tantos otros de publicaciones en tales revistas determinadas, tantos de estancias en el extranjero... Pero no baja a mirar la calidad o el aprovechamiento de esas clases, escritos o viajes.
El nuevo problema, en una vuelta de tuerca del sistema que tiene algo de venganza kafkiana, es que la progresiva burocratización del proceso para llegar a ser profesor titular universitario ha acabado por hacer aguas. Y justo por el lado en el que se sustenta, el del papeleo.
Según ha denunciado recientemente en LA NUEVA ESPAÑA el catedrático de Derecho Administrativo Francisco Sosa Wagner, y tal como detallan publicaciones especializadas como el blog de Derecho Público de Sevach «contencioso.es», la Aneca está emitiendo acreditaciones en los casos en que el «acreditando» exige que se le acredite por «silencio administrativo» al haber transcurrido sin respuesta los seis meses de plazo máximo que la ley establece. Sea por extravío, por error o por negligencia, estas publicaciones aseguran que ya se han dado casos en los que el acreditando alega «silencio administrativo» y la Aneca le supone que éste es positivo, a pesar de que para las alegaciones ante una denegación de acreditación la misma Aneca supone que este silencio administrativo siempre será positivo.
En resumidas cuentas: un profesor cuyos méritos no han sido evaluados puede, si tiene suerte y astucia, exigir la acreditación «por silencio administrativo». Y parece que la consigue. Al final, una vez acreditado, sea para una plaza de titular o una de catedrático, podrá competir con otra persona que, sin la suerte del extravío, sí ha sufrido el penoso proceso inquisitorio burocrático de la Aneca. Al competidor sin suerte sólo le quedaría, si estuviera advertido de la trampa, recurrir la acreditación del rival y exigir a la Aneca que le retire la acreditación si no cumple los requisitos. Más papeles. Es la guerra.