CARMEN
RUIZ-TILVE
La calle de Uría siempre está en el candelero -o se decía candelabro- por diversos motivos, pero hoy no vamos a hablar de ellos, ni siquiera de la calle, sino del ilustre asturiano que le dio nombre desde su apertura, en 1874.
Don José Francisco Uría y Riego fue un asturiano que se recuerda con calle en Oviedo y también en Gijón, Luarca y Cangas del Narcea, su tierra natal. Allí, en la casa solariega de su familia, en Santa Eulalia de Cuera, nació en 1819, y murió todavía joven, en 1862, en Alicante, donde estaba con la ilusión vana de recuperar la salud maltrecha por el azote de la entonces enfermedad de moda, la tuberculosis.
El señor Uría tuvo en su tiempo vida plena, de gran dedicación a las obras públicas, desde su formación jurídica basada en los estudios de Derecho que hizo en la Universidad de Oviedo. Luchó con convencimiento por mejorar la agricultura asturiana. Fue miembro de la Asociación Económica de Amigos del País y fue nombrado diputado a Cortes por Cangas del Narcea antes de trasladarse a Madrid como director general de Obras Públicas en 1858, a la sombra de Posada Herrera, que supo ver su valía.
En su condición de liberal moderado intervino activamente en la necesaria modernización de las obras públicas de España y Asturias. De su gestión surgieron cosas importantes que todavía se reflejan hoy, como el Ensanche de Barcelona y el de Madrid, el canal de Isabel II, el trazado de la red viaria y el del ferrocarril, los faros y los puertos de mar: otra España.
Muchas fueron sus obras en Asturias, hasta el punto de que se dice que en Madrid censuraban que barriera para casa, y entre otras muchas cosas a su gestión se debe la llegada del ferrocarril, tan necesario para esta tierra industriosa. Don José Uría no llegó a ver esa obra por la que había luchado ni las calles del Oviedo nuevo que partió de la estación, surgida por proyecto aprobado en 1868 y efectuado en 1874.
Desde el primer momento la nueva calle principal se llamó de Uría, en homenaje a la labor de este asturiano tan ilustre, y nunca se le cambió el nombre. A su lado, el paseo de los Álamos cambió de nombre varias veces, por oportunismos políticos, y a la plaza de la Escandalera le pasó lo mismo. Por suerte, que habla bien de la ciudad, la calle de Uría fue siempre para Uría, que bien merece un recuerdo.
En el Palacio Provincial hay un busto suyo, obra del escultor Grajera y Herbosa, de 1882, que hace pareja con otro de Jovellanos. Unidos Uría y Jovellanos por muchas cosas, también lo fueron por la amistad de sus familias. Jovellanos visitó en Santa Eulalia el palacio familiar de los Uría, donde se guarda otro busto de Grajera, y escribió de la amenidad de su pomarada.
Afortunadamente, la posesión sigue en manos familiares y la gratitud y el afecto deben estar en todos nosotros.