LUISGÉ MARTÍN
Escritor, presentó en Oviedo su novela «Las manos cortadas»
David ORIHUELA
El título de la última novela de Luisgé Martín, «Las manos cortadas», tiene como escenario temporal el Chile de Salvador Allende, en los primeros años setenta, lo que sirve para convertir la historia real en una alegoría de voluntades políticas y humanas, de una forma de pensar y de vivir con unos principios que sustentaron la carrera política de Allende y que le llevaron a la muerte. Martín reflexiona en formato novela sobre la supervivencia de las ideas, de las buenas intenciones, de «unas manos cortadas que aún sirven para aplaudir y para acariciar», que pese a estar cercenadas tienen capacidad de conmover. El autor presentó ayer su libro en Oviedo, en un acto organizado por la asociación Ágora 21.
-¿Por qué se empeña en deshacer el mito de Salvador Allende?
-Más que deshacerlo, lo que pretendo es ratificarlo. Si es que existe algún mito útil, uno es Salvador Allende y otro Martin Luther King, que entregaron su vida con nobleza y su esfuerzo en nombre de causas más o menos nobles con la única voluntad de construir un mundo más justo.
-¿Quedan políticos así?
-Yo me declaro un gran «obamista». Obama es comparable a Salvador Allende y estoy seguro de que a muchos les gustaría pegarle un tiro.
-La novela comienza en el acto de entrega del Premio Nobel de la Paz a Henry Kissinger, y usted habla de Obama, último galardonado.
-No sé si Obama merece el Premio Nobel de la Paz, pero lo que sí está claro es que si hay alguien que no lo merecía era Kissinger porque era un hijo de puta que tenía todas las papeletas para que le diesen el Premio Nobel de la guerra.
-¿Es lícito, o al menos ético, asesinar a una persona como Kissinger, como plantea en la novela?
-No sé si está justificado el asesinato de Kissinger o Pinochet. El protagonista se lo plantea al principio y al final de la novela. Al final el taxista dice que sí es ético matar a Pinochet.
-¿Y usted respalda al protagonista?
-Lo que pretende mostrar la novela es si este tipo de violencia tiene justificación. Allende intenta hacer la revolución sin armas, sin atacar las libertades. La moraleja es que la única forma de revolución efectiva es la violencia.
-¿La transición española es ejemplo de revolución incruenta?
-Lo veremos cuando acabe. Estoy muy de acuerdo con Cercas, que en su última novela dice que en la transición española hubo un pacto en el que se restauraba el sistema de los perdedores de la guerra, una democracia civil como la que había en la II República, aunque con Monarquía, a cambio de disimular los males de los ganadores.
-Otro de los personajes de su novela es Fidel Castro, ¿qué le parece la situación de Cuba?
-Me produce perplejidad, es la única palabra que se me ocurre, y no tanto por la situación de la isla, ya que una dictadura de este tipo, con el bloqueo y todo, no es nada original. Lo que me deja perplejo es que hay personas formadas, informadas, inteligentes y progresistas, en el buen sentido, que siguen defendiendo sin pudor la dictadura Cubana. Y hablo hoy, a 2010, no del origen de la Revolución. Sólo se me ocurre una explicación, pero a mí mismo me parece pueril, y es que cualquier cuestión con tintes de antiamericanismo tiene marchamo de calidad.
-En «Las manos cortadas» se trata la homosexualidad en Cuba. Un ex militante del PCE recordaba hace poco que en el «partido» no se podía decir que eras homosexual.
-En el biopic de Jaime Gil de Biedma se recoge que no pudo entrar en el PCE porque era homosexual. El homosexual era la parte débil, la mariquita a la que si presionaban y torturaban cantaba hasta la Traviata.
-¿Se ha superado?
-Quien ha evolucionado es la izquierda, que ahora parece irreconocible, aunque sigue habiendo homofobia.
-Escribe en primera persona y narra experiencias personales, ¿autobiografía?
-Como forma de escribir me lo creo mucho. Hay episodios autobiográficos y sí que el personaje principal tiene algo que ver conmigo, aunque caricaturizado. Es el modelo de autoficción, que ahora es casi una peste, una novela biográfica pero plagada de falsedades. Es la voz con la que más cómodo me siento porque es como escribir una carta larga en la que puedes incluir el ensayo, la disgresión, la novela negra o el thriller.
-¿Y le funciona?
-Es la segunda novela que escribo desde el punto de vista de autor protagonista, y en la primera el personaje hacía todo tipo de perversidades que, por desgracia, yo no he hecho en mi vida, y me costó un disgusto con mi madre. La literatura está llena de grandes novelas memorísticas de personas a las que nunca les ha pasado nada.
-¿Por qué una novela tan política?
-Soy una persona muy politizada y nunca había escrito nada de política. Hice un viaje a Chile para presentar una novela y me encontré con que el escenario de Chile entre 1970 y 1973 era perfecto para todo lo que quería contar.
-¿Y qué quería contar?
-Cómo se organizan las sociedades y hasta dónde se justifica la violencia, hablar de la democracia de los poderes fácticos, de si es obligatorio respetar los principios o se pueden ir haciendo cambios estructurales y profundos. Son cosas que me preocupan.
-¿Qué pasó aquellos años en Chile?
-Esos tres años son el resumen de lo que somos ahora. Fue el momento en que se acabaron los sueños y comenzó el individualismo. El único cambio real que se mantiene de los años sesenta es el feminismo. Lo que comenzó en los setenta y ha durado hasta ahora es el pragmatismo, que empieza cuando se abandonan los sueños y sólo nos preocupa cambiar el mundo propio. La socialdemocracia está en el centro-derecha.
«"Las manos cortadas" es una novela biográfica llena de falsedades»
«Los años setenta son el momento en que se acabaron los sueños y comenzó el individualismo»
«La socialdemocracia está ahora en el centro-derecha»