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Ataques por fuera y temores por dentro

En la celebración de la fiesta de San Gregorio Magno

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Ataques por fuera y temores por dentro
Ataques por fuera y temores por dentro  

JOSÉ ALEJO RUEDA
DIRECTOR DEL COLEGIO MAYOR SAN GREGORIO DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO
Hoy celebramos en este Colegio Mayor Universitario la fiesta de nuestro patrón, San Gregorio Magno. Vaya por delante mi felicitación a toda la comunidad colegial, así como a aquellas personas e instituciones que, de una u otra suerte, sienten devoción por quien Bonifacio VIII proclamó doctor de la Iglesia el 20 de septiembre de 1295.

Aunque el santoral católico sitúa esa festividad el 3 de septiembre, tradicionalmente los colegiales han venido venerando a San Gregorio el día de su muerte, acaecida en aquella fecha del tercer mes del año 604. Pero, pese al acontecimiento conmemorativo de su óbito, la evocación no viene cumplida al ritmo trocaico del «Dies ire, dies illa», poema de reconocida belleza y valor literario y a cuya autoría ha sido presentado como candidato, por algunos escritores, el mismísimo San Gregorio. No se trata de un acontecimiento luctuoso, pues a su esencia no le afectan las exigencias de la muerte, como podía leerse en el epitafio métrico de su tumba, del que nos da noticia Beda el Venerable, que comenzaba así: «Suscipe, terra, tuo corpus de corpore sumtum, / Reddere quod ualeas uiuificante Deo. / Spiritus astra petit, leti nil iura nocebunt, / Cui uitae alterius mors magis ipsa uia est» (vid. Venerabilis Beda Presbyter, Historiam Ecclesiasticam Gentis Anglorum, lib. 2º, 1) y que en una traducción «ad líbitum» proclama: «Recibe, tierra, un cuerpo que fue tomado de tu cuerpo y que tendrás que devolver el día en que Dios lo vivifique de nuevo. El alma vuela hacia lo alto, no le afectarán las exigencias de la muerte». Axiomáticamente la vivificación divina queda fuera del alcance de la mano humana, pero la presencia de nuestro primer Papa monje benedictino ha permanecido y permanece viva en la memoria de la historia de la Iglesia (fue Papa y santo), de la literatura cristiana (padre de la Iglesia) y de la propia historia universal.

Reescribir aquí la biografía de San Gregorio no sólo resulta imprudente e inoportuno, sino incompatible con la naturaleza de estas observaciones. Señalaré, sin embargo, algunos aspectos significativos de su vida sobradamente conocidos. Nacido en fecha incierta (ca. 540) en el seno de una ilustre familia patricia romana (su padre era el senador Gordiano; su madre, Silvia, que llegó a ser santa), cursó estudios jurídicos, siguiendo la tradición familiar. Ocupó el cargo de prefecto de Roma entre los años 572-74 y, tras la muerte de su padre, en ese tiempo, transformó en monasterio la casa familiar del Monte Celio, como así lo refrenda una inscripción emplazada por el propio San Gregorio poco después de su ascenso al Pontificado. Por los años 579-80, siendo diácono, fue nombrado apocrisiario del Papa Pelagio II en Constantinopla y a su vuelta a Roma practica una vida retirada en el monasterio del Monte Celio, dedicada al estudio. A la muerte de Pelagio, fue aclamado Papa por el pueblo, por el Senado y por el clero, para ser consagrado en la Iglesia de San Pedro el 3 de septiembre de 590. Renovó el culto y la liturgia y reorganizó la caridad en la Iglesia. Sus obras teológicas y la autoridad de las mismas fueron indiscutidas hasta la llegada del protestantismo. Por eso interesa subrayar la herencia literaria de San Gregorio, que comprende una abundante y variada colección de cartas, comentarios de textos bíblicos, los «Diálogos» y el libro de la regla pastoral. De los escritos sobre la Biblia merece destacar los «Comentarios al Libro de Job», como lo más valioso de su obra. El mayor interés está en las observaciones de tipo filosófico, dogmático y moral que contiene, reflexiones que ponen de manifiesto un profundo conocimiento del hombre y a las que se debe el título de «Moralia» con que la tradición las conoce. De esos tratados morales, me ha parecido adecuado traer aquí el siguiente texto:

«Los santos varones, al hallarse involucrados en el combate de las tribulaciones, teniendo que soportar al mismo tiempo a los que atacan y a los que intentan seducirlos, se defienden de los primeros con el escudo de su paciencia, atacan a los segundos arrojándoles los dardos de su doctrina y se ejercitan en una y otra clase de lucha con admirable fortaleza de espíritu, en cuanto que por dentro oponen una sabia enseñanza a las doctrinas desviadas y por fuera desdeñan sin temor las cosas adversas; a unos corrigen con su doctrina, a otros superan con su paciencia. Padeciendo, superan a los enemigos que se alzan contra ellos; compadeciendo, retornan al camino de la salvación a los débiles; a aquellos les oponen resistencia, para que no arrastren a los demás; a estos les ofrecen su solicitud, para que no pierdan del todo el camino de la rectitud» («De los tratados morales» de San Gregorio Magno, Papa, sobre el Libro de Job-libro 3, 39-40: PL 75, 619-620).

Ese pasaje gregoriano, escrito en un contexto histórico testigo de una sociedad corrupta, destrozada y convulsa, puede servir «mutatis mutandis» como reflexión en este mundo actual que exhibe como credenciales la guerra, el terrorismo, la destrucción medioambiental del planeta, las inmoralidades políticas propias y ajenas, la crisis económica, el paro, el codiciado hedonismo de los ricos frente a la inexorable miseria de los pobres y así un largo etcétera, en el que cada cual puede ir incluyendo lo que considere pertinente. Son ataques «por fuera» en los que, hoy, su defensa con el escudo de la paciencia se torna en mera ilusión, al tiempo que la mayoría somos incapaces de superar los «temores por dentro» por miedo a infringir esa norma de nuevo cuño «de lo políticamente correcto» envuelta en sofismas, falacias, argumentos «ad hominem» y, en el mejor de los casos, en insensatos paralogismos. Sólo cuando se dice lo que verdaderamente se cree y se cree que lo que se va a hacer responde a una estricta idea de justicia, los temores internos se desvanecen y se cierra el paso al desaliento de los elementos adversos. A esos «ataques por fuera y temores por dentro» no escapa la Universidad española, pese al cántico de esa estrofa olvidada del «Gaudeamus Igitur» que hoy parece transformarse en burla fina y disimulada: «Vivat nostra societas! / Vivant studiosi! / Crescat una veritas, / floreat fraternitas, / patriae prosperitas»: «¡Viva nuestra sociedad! / ¡Vivan los que estudian! / Que crezca la única verdad, / que florezcan la fraternidad / y la prosperidad de la patria».

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