PEPE MONTESERÍN
Me gustaba el traqueteo del tren, sus chiflidos y asomarme a la ventanilla, esquivando los postes-tes-tes y la carbonilla, pero, desde que las máquinas son eléctricas y las ventanas impracticables, paso. ¿Tienen miedo a que nos asomemos y se nos meta un voltio en el ojo? No obstante, el miércoles, para ir la capital, tomé el Alvia con la intención de leer y relajarme. Más allá de la calefacción agobiante, no bien iniciamos la marcha, comenzaron a sonar teléfonos hasta debajo del balasto, y los pasajeros, salvo Bellow y yo, comenzaron a gritar para que supiéramos cuan imprescindible era cada cual en su empresa, en su entorno, en el firmamento y hasta para el Real Madrí, al que esa noche comería el Lyon. Entre ida y vuelta, sufrí diez horas de teatro costumbrista, tan manido y pobre que con todos los monólogos juntos no me da hoy ni para un proverbio.