Ch. N.
El encargado del quiosco vecino creyó que a un camión se le había caído la carga; Graciela, encargada de la mercería contigua, que en ese momento abría la puerta de su negocio, pensó que era una explosión, y al único hombre lesionado no le debió de dar tiempo a pensar nada. Hablaba por teléfono desde una cabina en la calle Marqués de Gastañaga, casi en la esquina con Padre Suárez, junto al Campillín, cuando se le vinieron encima cuatro metros de cornisa, casi una tonelada de cascotes.
Sucedió ayer a las cuatro y media de la tarde en el número 22 de Padre Suárez, y el único herido, leve, libró por muy poco. Sólo unos rasguños superficiales, por los que fue atendido in situ por el SAMU, y nada más. Declinó subir al Hospital y abandonó la escena del derrumbe al momento.
Minutos después, mientras personal de los Bomberos, del Ayuntamiento y de la Policía Municipal aseguraban, limpiaban y acordonaban la zona, el vecindario seguía con el susto en el cuerpo.
Afortunadamente, los dos negocios que ocupaban los bajos comerciales del inmueble donde se produjo el derrumbe están cerrados en la actualidad, nadie pasaba por la calle y sólo el hombre del locutorio, desplazado unos metros del foco del desplome de la cornisa, se encontraba cerca. Algunos, como Graciela, la encargada de la mercería, habían pasado bajo la cornisa dos minutos antes de que se viniera abajo. «Volví a nacer», declaraba media hora más tarde, «pero ahora tengo una ansiedad...».
Salvo el herido leve y el susto en el cuerpo de algunos vecinos que libraron por escasos minutos, no hubo que lamentar más daños por el derrumbe de la cornisa de Padre Suárez. Ningún vehículo sufrió daños por los cascotes, aunque se retiraron algunos por precaución, y sólo una antena parabólica, instalada en la fachada esquinera del edificio, sucumbió a la lluvia de piedras.