Pablo GALLEGO
En numerosas ocasiones, una figura menuda esconde una fuerza de atracción irresistible. Capaz de atraer todas las miradas y elevar al espectador a cotas de emoción difícilmente igualables. Ópera y danza suelen alternarse sobre el escenario de los teatros con solera. Y si en la lírica la francesa Natalie Dessay encaja en esta descripción como un guante, la respuesta en la danza es española. El ballet es Rojo.
La última vez que Tamara Rojo (Montreal, Canadá, 1974) pisó el Campoamor fue en octubre de 2005. Una velada de danza que queda para la historia, con el encuentro de dos generaciones de bailarinas. Primero, la dama Maya Plisetskaya, reina de la danza del siglo XX. Después Rojo, su heredera en el XXI y considerada por la crítica como una de las mejores bailarinas del mundo. Juntas habían recogido el día anterior el premio «Príncipe de Asturias» de las Artes «por su excepcional trayectoria en el mundo de la danza, en el que son reconocidas como la más alta expresión de sus generaciones respectivas».
Quizá la mujer que tome el testigo de Plisetskaya y Rojo esté entre las niñas y jóvenes que llenan los teatros hoy con una emoción desbordada. Nacida en Canadá pero con nacionalidad española, Rojo es el espejo en el que se miran. Una carrera que comenzó en España para después hacerse internacional de forma casi inevitable porque, como ella ha afirmado muchas veces, «el ballet, en nuestro país, no avanza».
Tras curtirse durante cinco años en las filas del ballet de Víctor Ullate -del que también salía un joven Ángel Corella- la carrera de Rojo dio un giro al exterior auspiciado por Galina Samsova. De su mano entró en el Scottish Ballet, y hasta 1997 fue creciendo junto a «El lago de los cisnes», «El cascanueces», «Romeo y Julieta» o «La sylphide». De Edimburgo -ciudad sede de la compañía escocesa- dio el salto a Londres, y su despegue fue meteórico. Bailarina principal en el English National Ballet, en julio de 2000 sir Anthony Dowell la invitó al exigente Royal Ballet. Rojo fue entonces la primera española que formó parte de la compañía más importante del Reino Unido, una de las grandes en el mundo. Y con 25 años, la más joven que ascendió hasta el puesto de primera bailarina.
En Londres, Tamara lo baila todo. Desde «La bella durmiente», una de las coreografías más exigente del repertorio clásico, hasta la «Manon» de Kenneth McMillan. Un papel a la medida para que Rojo no sólo demuestre su perfección técnica -con un pie arqueado que podría aparecer en los libros de danza- sino toda su capacidad interpretativa.
Con las entradas agotadas desde hace más de un mes, el Campoamor se prepara para otra velada de ballet histórica en la que Rojo abrirá y cerrará el programa junto a Romel Frometa, otra de las estrellas de la danza. Juntos bailarán «La bella durmiente» de Petipa, para añadir belleza a una de las creaciones más hermosas de Chaikovski. Antes del descanso, el «Fausto» de Gounod con coreografía de Lienz Chand. Y antes de la locura, los bravos y los aplausos, «La Esmeralda» de Loipa Araujo sobre Petiopa, con música Cesare Pugni. Una noche en la que demostrará por qué es una de las reinas mundiales de la danza. Hoy por hoy, el ballet es Rojo.