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Crítica / Música

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n El concierto mezcló, con acierto dispar, lo sinfónico, lo coral y la gala lírica

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JOAQUÍN VALDEÓN «CONCIERTOS DEL AUDITORIO» Penúltimo concierto del ciclo «Conciertos del Auditorio», con lo que sólo resta la esperadísima presencia de la pianista Maria João Pires. Se dedicó íntegramente la primera parte a Ermanno Wolf-Ferrari, y tuvo protagonismo coral al comienzo, con los «Otto cori» y «La passione» Op. 21 interpretados «a capella» magníficamente por el coro, completándose esta primera parte con el oratorio «Talitha Kumi. La hija de Jairo» Op. 3, sacro misterio en dos partes sobre el Evangelio de San Mateo. La actuación del coro «El León de Oro» redunda en lo que viene siendo su imparable trayectoria como coro amateur pero con vocación de altos vuelos. Durante media hora recrearon el universo coral de Wolf-Ferrari con afinación impoluta, riqueza dinámica y presencia escénica, haciendo gala de sus magníficas virtudes, y una de las que marcan diferencias es su capacidad para recrear cualquier pasaje de acordes con precisión instrumental pero con la luminosidad del metal característico de la voz. Sus sopranos parecen no tener fin en su capacidad para ofrecer magníficos resultados, como pocas en mucha distancia a la redonda. El resto de las cuerdas, sin el potencial de las sopranos, están perfectamente equilibradas en su eficacia y habilidad vocal, con lo que el sonido global del coro es muy compacto, y sorprende cuando alcanza una presencia sonora que es mucho mayor que la suma de sus componentes; todo ello hace que el coro no deje nunca indiferente. El oratorio «Talitha Kumi. La hija de Jairo» vino a continuación, por fin con la orquesta en el escenario, y con Trost y Martín-Royo como tenor y barítono, respectivamente. El oratorio se queda a medias, a medio camino entre elegancia, vacuo dramatismo y falta de iconicidad. Es decir, la música es pura abstracción a no ser que imite lo único que puede imitar, los sonidos, no puede describir una plaza, pero sí el sonido de un edificio derrumbándose. Así todo, tiene sus recursos cuando quiere ser descriptiva. Wolf-Ferrari no consigue transmitir los pasajes musicales de este oratorio a la escena que ambienta, a duras penas suena a oratorio, su grado de iconicidad es casi nulo, es más elegante que efectistamente dramático. Los dos cantantes cumplieron, ni más ni menos, en sus respectivos roles. Además, en la obra las partes de coro no impactan dentro del conjunto. «El León de Oro» es un coro que se crece en las dificultades y sobresale donde otros no llegan, aunque en papeles menos impactantes la diferencia con otros es menor -ahí sí se podría elegir, dependiendo de su adecuación a la obra, un coro con determinadas características vocales en función de su color, la madurez de sus voces, especialmente las graves, la carnosidad o el vibrato de su canto, etcétera-. El conjunto del oratorio no ofreció globalmente un efecto especial. Quizá resultó desigual también la primera parte por el protagonismo de las obras «a capella», casi 30 minutos, interesante pero discreto en su efecto. A favor de una programación abierta sí, y que ofrezca nuevas líneas de presentación, pero todo tiene sus riesgos. Se puede intercalar música «a capella», por ejemplo, con una obra maestra de la música como el «Kyrie» de la misa N.º 2 de Bruckner, y el efecto sería muy diferente al de Wolf-Ferrari. El diseño del programa más bien pareció obedecer a la conveniencia del director, que esta semana continuó la grabación de la integral de Wolf-Ferrari con la orquesta, que a la del ciclo los «Conciertos del Auditorio». Lo bueno es que para la orquesta ovetense esto es muy positivo fuera de nuestras fronteras, y también para el coro de Luanco que colabora en esta grabación.

La segunda parte sólo elevó el interés en parte. Por la superior música de Richard Strauss, y por la voz de José Bros. Friedrich Haider, que sí había preparado más intensamente el oratorio, no ofreció un Strauss transparente. Demasiado pegado a la partitura en una lectura conformista y de escaso interés, que no sacó todo el partido a las posibilidades de la orquesta. No ayudó mucho la aportación de María Gallego, discreta vocal y expresivamente. Strauss así no. Vocalmente estuvo contundente el tenor, en una versión muy «latina» del compositor alemán, con el característico mordiente de Bros, que puede resultar en algunos momentos algo acartonado, pero siempre eficiente y con la corpulencia que se espera de un tenor de sus características. No fue un concierto sinfónico-coral de envergadura, ni uno coral, ni tampoco una gran gala lírica, sino una mezcla de todo ello, que tuvo, en esta ocasión, desiguales resultados.

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