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Una lengua para compartir

El aula de inmersión lingüística del Instituto de Pando, con alumnos inmigrantes de seis nacionalidades, recibirá mañana el premio «Rochdale» al afán emprendedor

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Oussamma muestra una chapa con el logotipo de la cooperativa escolar. A su lado, Saraf y Khadim. Detrás, por la izquierda, Dolores Pevida y Elena Muruais.
Oussamma muestra una chapa con el logotipo de la cooperativa escolar. A su lado, Saraf y Khadim. Detrás, por la izquierda, Dolores Pevida y Elena Muruais. miki lópez

Pablo GALLEGO

Oussamma, Saraf, Víctor y Khadim viven en Oviedo, en una sociedad de la que no conocen ni el idioma y que a veces los rechaza. Para ellos trabajan, en el Instituto de Pando, profesoras como Dolores Pevida y Elena Muruais. Maestras en el arte de enseñarlos a crecer y a vivir en un nuevo país. Juntos, entre Asturias, China, Marruecos y Senegal, han creado una cooperativa escolar que mañana recibe en Madrid uno de los premios «Rochdale» a la cultura emprendedora en la escuela.

El objetivo fundamental de un aula de inmersión lingüística es la enseñanza del castellano a alumnos extranjeros que llegan al sistema educativo español. Un trabajo duro, silencioso, como el que cada día se realiza en un aula de la planta baja del Instituto de Pando. Allí llegan alumnos que no saben ni una palabra de español. Pero sí otras. En chino, en árabe o en «wolof», uno de los dialectos de Senegal. El premio que recogerán mañana en Madrid los hace visibles. Y también les da la oportunidad de dejar a un lado la palabra «intercultural»: «Está tan machacada que ya carece de sentido», afirma una de las profesoras.

Desde las ocho y media de la mañana y hasta la una menos veinte del mediodía, en el aula de Dolores y Elena se juntan brasileños, marroquíes, senegaleses, chinos, rumanos y saharauis. Entre diccionarios de casi todos los idiomas y paneles con palabras y frases en castellano, la media de alumnos en la clase es entre ocho y doce, pero en ese momento sólo hay tres. «Aquí cada uno llega cuando llega, y hay que interrogarlos rápido», asegura la profesora. Y para eso también tienen un truco. «Intentamos que todos podamos trabajar juntos», explica Dolores, «aunque unos hablan mucho y otros casi nada». Mientras, supervisa el tablón en el que sus alumnos colocan las chapas y las pulseras que vendieron en la cooperativa escolar.

Oussamma, de 13 años, llegó hace dos semanas. Saraf, con 15, es ya el veterano del grupo. Ambos son marroquíes, menudos y de baja estatura, pero con una mirada que no pierde detalle de nada de lo que ocurre a su alrededor. A su lado, el senegalés Khadim. Oficialmente también tiene 15 años. Es lo que pone su documentación, «pero hay veces que nunca sabes», reconoce su profesora. Ella es la que pone voz a sus historias. Ellos aún no tienen herramientas suficientes para hacerlo.

El aula es un lugar en el que predominan las rutinas y un trabajo escrupulosamente organizado. Pero lo que pasa en las vidas de estos jóvenes cuando no están en la escuela es algo que, irremediablemente, influye en su aprendizaje. Con padres volcados en el trabajo y madres que, en muchos casos, se ocupan de las tareas de la casa sin llegar a aprender castellano. «Para ellos, los fines de semana son terribles», afirma Dolores. «Por eso intentamos conocer el ambiente en el que viven, lo que les pasa cuando no están en el colegio nos afecta», añade.

En un grupo tan pequeño, «con cuatro horas de clase todos los días, acabas conociendo su vida». «Son ellos mismos quienes te la cuentan», señala. Como el día en que aprendían las partes de la casa. «Cuando llegamos a la bañera, todos decían que sí, que sabían lo que era y que la utilizaban», recuerda. Días después, alguno reconoció que, hasta llegar a España, no había visto una en su vida, «y que antes se bañaban en el patio de la casa, en un balde o ni siquiera eso».

Esas confesiones surgieron en la asamblea. Un círculo en que cada mañana, sin bolígrafos ni papeles, cada uno cuenta lo que quiere. Desde fuera es fácil comprobar que entre Dolores y sus alumnos la relación es distinta. Más cercana. Casi familiar, aunque sin perder de vista que ellos están allí para aprender, «y nosotras para enseñarlos».

La profesora de Oussamma, Khadim y Saraf afirma que, en su clase, el absentismo no es un problema. Sólo dicen adiós a los alumnos cuyas familias deciden retornar o a los que, superada la inmersión, se incorporan a una clase «normal». Como Víctor, un joven rumano de 16 años que resulta ser el presidente de la cooperativa escolar.

Con una mezcla así, de jóvenes de diferentes nacionalidades, lenguas, costumbres y conocimientos, Dolores reconoce que «hace falta calma por parte del profesor». «Aunque yo le explique muy bien la teoría, es difícil que la asimile, la vía de trabajo no es ésa», apunta. Después de años de dedicación a un aula a la que llegó «por petición propia», Dolores asegura que el truco para ser embajadora en casa de un idioma y de toda una sociedad está en «utilizar en el aula situaciones de lengua reales; ahí es donde aprenden», insiste. De ahí el éxito de la cooperativa escolar, que primero los llevó a la feria del paseo de los Álamos del pasado 20 de mayo y ahora los unirá en Madrid al resto de cooperativas seleccionadas.

Pero el alumno no se fija sólo en el profesor, «también aprende de sus iguales, de sus propios compañeros». Por eso el día de pesca que pasaron en Tineo fue importante, «aunque alguno se puso enfermo», bromea Dolores. No han traído muchos peces, «pero sí han aprendido un montón de palabras», asegura. También han dado un paso más a la hora de conocer las culturas de sus compañeros. Todo alrededor de algo tan básico como la comida. «Las profesoras llevamos cosas que se pudieran compartir, empanada y cerezas, y cada uno trajo su almuerzo, pero, al final, lo pusieron todo encima de la mesa», afirma satisfecha.

Dolores, que como sus compañeras convive cada día con alumnos de diferentes saberes y costumbres, reniega de una de las palabras de moda: «intercultural». «Es muy socorrida y parece que dice muchas cosas, pero cada vez está más vacía de contenido», denuncia. «Por eso, que ellos hayan compartido su comida con los demás es tan importante, eso sí es un diálogo entre culturas capaz de llenar de contenido las relaciones, porque tiene que haber algo que compartir».

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