CARMEN RUIZ-TILVE
CRONISTA OFICIAL DE OVIEDO
Santiago está al caer, y en Oviedo tiene parada y fonda, y no es cosa de repetir lo del criado y el señor, sabedores de que el señor de que se habla es el Salvador de la Catedral de Oviedo, imagen románica procedente de la Catedral anterior, en su mayoría desaparecida.
El Camino de Santiago por Oviedo está bien localizado y señalizado y atraviesa la ciudad crecida, de La Manjoya, bajo la advocación de Santiago peregrino, a Santiago de Paniceres.
La Manjoya es nuestro Monte do Gozo, desde el que los peregrinos contemplaban, allá abajo, la ciudad creciente, que al principio era un racimo de casas entreveradas con palacios y conventos y ahora es un inmenso caserío extendido que parece tragarse lo que hace unos años era todo Oviedo, aquel Oviedo que se enseñoreaba desde la torre de la Catedral, que tiene ahora competidores tan desproporcionados como el edificio de Calatrava, que puede que se vea desde el espacio, como la Muralla China.
La Manjoya tiene como nota principal su iglesia, que mantiene milagrosamente su buena factura de aire asturiano, de cal y piedra, con su campo y su camposanto, de aire aldeano. Ahora está allí, esperando a los peregrinos, por si vienen, para recibirlos con una figura del santo de esclavina y bordón y parece un milagro que todo aquello se conserve tan natural porque el entorno ha cambiado mucho, manteniendo algunas caserías entre multitud de chalés de variado signo.
Un repaso por la zona de la iglesia, siempre con Oviedo al fondo y el Naranco más allá, sirve todavía para evocar la historia de aquel lugar, ligado antaño a las aguas del primer Oviedo, como hoy sigue estando la zona unida a los nombres de santos, San Lázaro. San Roque y San Cipriano, con San Esteban atrás.
Todo suena a peregrinos, y con ellos a malatos, por los que venían a curar o los que enfermaban camino de la meta, ya cercana. Cerca está La Malatería, primer hospital de leprosos, y cerca también el nacimiento del río Gafo, de expresivo nombre de gafura o enfermedad.
Ir ahora hasta La Manjoya ya no es un paseo rural como en otro tiempo, porque precisamente el tiempo aumentó la población por allí y multiplicó los caminos, que a veces separan más que unen, con un ruido de motores que sustituye el canto de los grillos de los veranos de antaño, cuando se iba hasta aquellas verdes praderas a merendar pan y chocolate.
Con todo, la historia y la paz de la iglesia de La Manjoya bien merecen una misa.