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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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Elena FERNÁNDEZ-PELLO
Ana María Losada recuerda perfectamente su primera dosis de heroína. Era un día del bollo, en San Mateo, iba con sus dos hijos pequeños y había bebido más sidra de la cuenta. «No era capaz de levantarme y alguien me dijo: metete una raya de caballo y verás cómo se te quita la borrachera. Quedé nueva», cuenta. Aquel día marcó su vida y treinta años después no se ha librado de sus consecuencias.
Losada, que ahora tiene 57 años y vive sola, con una pensión de 342 euros mensuales, es una de las primeras pacientes de la unidad de tratamiento de toxicomanías del Hospital Central de Asturias, abierta hace veinticinco años, y hoy, tras desintoxicarse y recaer, sigue intentando vencer la adicción a la heroína con ayuda de la metadona.
Ana María se adentró en el mundo de las drogas con su marido, cuando ya tenía más de 20 años. Empezó por los «canutos» y acabó falsificando recetas para conseguir «tranquimacines». Se dio cuenta de que tenía un problema serio cuando se vio incapaz de levantarse de la cama sin meterse un «pico». Esnifó cocaína durante un año, antes de inyectársela por vena. «Y un día me dijeron, por qué no te chutas, que esnifarla es perderla. Yo pensaba que nunca me iba a enganchar», recuerda, pero se equivocaba.
Acabó trapicheando para financiar su adicción, que cada pedía más y más: hasta diez gramos diarios de heroína y otro tanto de cocaína, además de pastillas. Losada recuerda los precios: 40.000 pesetas (240 euros) el gramo de heroína y 16.000 (100 euros) el de coca.
Era vieja conocida de la Policía, pero, dice, tuvo suerte, porque nunca la detuvieron con gran cantidad de mercancía. Tenía clientes que venían a comprarle desde León, asegura. Pero a pesar de sus precauciones ingresó en prisión, estuvo allí un mes y al salir el juez la mandó a la UTT.
Ana María Losada pasó por Proyecto Hombre. «Estuve ocho años limpia y caí. La recaída fue mucho peor». No sabe decir por qué una tarde, cuando se preparaba para echar una siesta, decidió ir al bar que había frente a su casa. «Voy a por mil duros, a ver cómo es el caballo de ahora», pensó. Dicho y hecho. Bajó, fumó y, como no le hizo efecto, repitió. «Fue mi perdición», reconoce, «en un mes estaba sin dinero, sin trabajo y volví a trapichear».
Eso ocurrió en 2004. Ana María tenía un buen trabajo, coche, su propia casa. Lo perdió todo. «¿Que cómo me sentí? Como una mierda. Tuve varios intentos de suicidio», admite.
De camino quedó un hijo muerto, en un accidente de moto; el distanciamiento de sus padres, de los que dice que nunca le hicieron sentir cariño; un cáncer, por el que se dejó un riñón en la mesa de operaciones, y muchos amigos. «Muchos de los de entonces están muertos», se apena.
Su marido, del que se divorció hace años, no sucumbió a la adicción, tiene un empleo y ha sido uno de sus mayores apoyos, junto con su hijo menor y la que fue su suegra. Ahora lo intenta de nuevo. Ha empezado el tratamiento con metadona y tiene más miedo que nunca. «No sé, no estoy animada, últimamente me siento deprimida», dice, y se resiste a bajar la dosis que le receta el médico, 80 miligramos.
Ni se atreve a imaginar cómo hubiera sido su vida sin drogas. Le da vértigo y sólo acierta a decir: «Tendría trabajo, coche...», y se atreve un poco más: «Habría dinero, vacaciones...». De las drogas no ha sacado nada en limpio. No, se corrige, hay una pequeña y desoladora enseñanza: «La gente cuando te ve bien te ofrece, cuando estás mal nadie te da lo que necesitas».
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