La colombiana Débora Afanador acudía con harta frecuencia a su Centro de Salud, para consultarle al médico múltiples dolencias: bronquitis, patatús, anginas en garganta y pecho, dolor en las coyunturas, páncreas, dengue, reuma, tifo de América... ¿De qué no adolecía Débora? Y el doctor, sin tiempo que perder, recetábale genéricos y específicos de toda índole. Un día, la señora Anón llegó a su Centro de Salud del Cristo con una dolencia nueva: próstata. «¿Próstata?». «Sí, padezco de próstata», gimió ella. Más que hurgarle con el dedo, el galeno dejo el caso en otras manos; entonces descubrieron que los achaques de Débora venían de su familia en Colombia, a quienes enviaba todos los meses un paquete (de franqueo gratis, por cierto) con los medicamentos prescritos en Oviedo. Lástima que la próstata de su abuelo echara el negocio a perder.