Oviedo bonito

La proliferación de perifollos urbanos en la época de bonanza

28.03.2013 | 02:58
Oviedo bonito
Oviedo bonito

El abogado y escritor Miguel Rodríguez Muñoz inicia una serie de colaboraciones en las que plasmará su visión sobre distintos aspectos de la capital asturiana

A poco que se concentre uno en la lectura, descubrirá que desde un punto de vista gramatical Oviedo es una ciudad plagada de adjetivos y no ya por ostentar los títulos de Muy Noble, Muy Leal, Benemérita, Invicta, Heroica y Buena Ciudad de Oviedo, sino por la cantidad de perifollos que adornan sus calles y plazas, escogidos a menudo con ese gusto doméstico propio de quien instala en el recibidor de su casa un taquillón de color hueso con cantos dorados repleto de pequeños objetos y se llena de contento al observar lo mono que queda. Jardineras, fuentes, bolardos, mupis, setos, columnas, esculturas, baldosas, farolas, etcétera, harían las delicias de un lector como Don Quijote cuando imaginaba que sus hechos serían descritos por algún sabio con frases como «apenas había el rubicundo Apolo tendido sobre la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos», etcétera. Esa devoción por la exuberancia en los aderezos es compartida con muchas otras ciudades y villas por las que tal parece que transitó en época de bonanza un persuasivo comercial de mobiliario urbano haciendo negocio y dejando a su paso un reguero de floripondios.


Dentro de esa epidemia de fiebre ornamental, quizás la singularidad de Oviedo haya consistido en la plétora de farolas isabelinas y de esculturas, una maraña de retórica más sobrada de adjetivos que de sustantivos, aunque la crisis ha obligado a hacer economía de lenguaje y a amputar brazos a las primeras, que competían en extremidades superiores con la diosa Vishnu. Las esculturas muestran una clara predilección por las figuras humanas, pero no faltan tampoco, como en el portal de Belén antes de que Benedicto XVI pusiera claridad teológica en el establo, vacas y borriquillos. El conjunto pudiera parecer un nacimiento si no fuera por la vocación profana de algunas piezas que cargan las tintas en la zona del culo, quizás la parte del cuerpo con más carácter de adjetivo y desde luego la más susceptible de ser objeto de ese recurso gramatical en todas sus variedades, sea como calificativo, explicativo o, muy a menudo, superlativo. Es tal la profusión de traseros artísticos que bien cabría organizar por el Oviedín del alma, entre los circuitos ofrecidos para solaz de visitantes, una ruta del pompis.


Traigo todo esto a colación porque he leído hace unos días que hay un debate municipal y espeso -los adjetivos, ya se sabe, son prestados- acerca de si para la mejor conservación de las obras lo conveniente es aplicarles cera o betún de Judea y si el asunto debe depender de Cultura o de Protocolo. El rifirrafe tiene cierta enjundia, pues la discusión alude en el fondo al papel que las esculturas cumplen en la oración: si funcionan como sustantivos con entidad propia o como simples adjuntos de quita y pon, sometidos a criterios de oportunidad. Pese a las enconadas discrepancias gramaticales, a unos y otros les une el afán de embellecer Oviedo, y bonito lo ven quienes vienen de fuera, aunque no saben la incomodidad que esa palabra nos provoca en la lengua a los asturianos.

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