Por los caminos de Asturias

"El metal y la escoria": una novela de la emigración

La historia de los indianos a través de la literatura y la particular visión de Gonzalo Celorio

01.08.2015 | 05:09
Emigrantes asturianos marcando ganado en una hacienda argentina.

La emigración de las gentes de la cornisa cantábrica a las Américas españolas (que, con la excepción de Cuba y Puerto Rico, y en el otro extremo del mundo Filipinas, donde la emigración era escasa, ya no pertenecían a la Corona, pero en las que se continuaba hablando español), tuvieron una importancia muy grande en Asturias, no sólo en el aspecto económico, sino también en el asistencial y en el sentimental. La emigración, iniciada, aunque no de manera continuada ni numéricamente apreciable, en la primera mitad del siglo XVIII, alcanzará su mayor intensidad durante la segunda mitad del siglo XIX y primeros años del XX, con flecos debidos a las levas de las guerras de África y ya muy tardíamente por las explotaciones petroleras de Venezuela en los años cincuenta del pasado siglo.

En las provincias de la cornisa cantábrica el proyecto inicial del emigrante era permanecer algunas décadas (cuantas menos fueran, mejor) en el Nuevo Mundo, que algunos, con humorismo macabro, denominaban el otro mundo, y una vez consolidada la situación económica, regresar a la calle de origen para construir a sus expensas la fuente pública, arreglar algún camino y edificar el "chalet" a la manera de los que habían visto en las Américas, de procedencia francesa, con jardín y palmera. Su doctrina económica era tan sencilla que resultaba infalible si salía bien: comprar barato y vender caro. Los "indianos", también llamados "americanos", tenían el propósito de no echar raíces en las nuevas tierras de promisión, por lo que se dedicaban al comercio, al préstamo y a negocios de importación y exportación. Aunque en su juventud habían cuidado ganado, no tenían especial interés en ser rancheros, ya que en caso de convulsiones políticas, tan frecuentes en aquellas repúblicas, no podrían llevar, en caso de tener que salir, el rancho con ellos. El profesor Anes especifica: "A la emigración asturiana se la califica de una emigración en cadena, lo cual se hace más patente conforme va aumentando el número de emigrantes. La cadena migratoria estableció un puente entre los pueblos y lugares del Principado y las ciudades americanas. El emigrado que desde América atraía a sus parientes y vecinos explica algún importante movimiento emigrador puntual a determinados lugares del continente americano".

Este movimiento migratorio y económico de tanta duración y tanta influencia sobre la economía de las alas asturianas a las que no habían llegado el industrialismo minero y metalúrgico, era inevitable que produjera una intensa literatura, por lo general mediocre, tanto en prosa como en verso. Los escritores indianos que recreaban episodios de su experiencia era autodidactos que intentaban escribir "literariamente", lo que hacían con monótona grandilocuencia. Otro tipo de escritores que se ocuparon de pasada de la emigración, como Clarín y Palacio Valdés, lo hicieron con rencorosa malevolencia. Bien es verdad que Palacio Valdés se muestra muy comprensivo con el indiano rico Antón Quirós de "Sinfonía pastoral" y que Clarín escribió el cuento "Borona", sobre el indiano que vuelve, de un sentimentalismo agrio y sin ninguna simpatía hacia el personaje.

Los novelistas españoles del realismo eran del todo negados para la épica, y no se enteraron, o no les importó, de que la gesta de los indianos presentaba características épicas. No mejor opinión sobre los indianos es la manifestada por Valle-Inclán en "Tirano Banderas", donde describe a un indiano deleznable, el "chingado gachupín" Peredita, por lo demás asturiano, prestamista, avaro y rastrero. No obstante, Valle-Inclán tenía un inmenso sentido épico y trágico y "Tirano Banderas" es la mejor novela sobre indianos, sobre tiranos y la mejor novela americana jamás escrita, aunque escrita por un "gachupín".

La historia literaria del indiano se centra en dos episodios: la marcha del emigrante, apenas niño, de un sentimentalismo lloriqueante y empalagoso, y el regreso, descrito en términos grotescos a veces muy crueles como en "La boda del indiano", de Álvarez Marrón. Lo que hizo el indiano durante su estancia en América se soslaya en una larga elipsis, pues ya hemos indicado la incapacidad de determinados escritores para la épica. Tampoco son frecuentes las historias del indiano que se queda allá, como en "Mi compadre el gachupín", de Peláez Cueto.

Gonzalo Celorio relata en "El metal y la escoria" (Tusquets, 2015), lo que el indiano hace allá, las penalidades sufridas antes de alcanzar una posición, durmiendo en la trastienda o encima del mostrador; cómo crea una familia y ésta se dispersa o se queda en torno al tronco principal, cómo la fortuna es dilapidada como si la novela fuera ilustración del dicho, inequívocamente indiano, de "abuelo comerciante, hijo estudiante, nieto pordiosero". A través de tres generaciones asistimos a las peripecias de los Celorio que, procedentes de un valle asturiano, de Vibaño, se establecieron en México y echaron raíces. Pocas veces asistimos a la trayectoria vital del indiano, no limitada al mozo que emigra y al viejo que vuelve, escrita con ritmo y prosa de novelista verdadero. "El metal y la escoria", cuyo título procede del verso de un autor argentino, se ha escrito desde la parte mexicana que contempla a Asturias desde el otro lado del mar.

Algunos miembros de la segunda generación regresan a la patria, donde "les quemaba el dinero en las manos". La evocación de Madrid en los primeros años del siglo XX es modélica: sin duda el autor empleó para reconstruir aquel mundo documentos familiares. Corresponde a la tercera generación recomponer lo perdido y malgastado, y este nieto se llama Gonzalo Celorio, como el autor de la novela. ¿Estamos, pues, ante uno novela o una crónica? La clasificación como género literario importa poco, ya que se trata de un buen libro. Vagamente me recuerda, solo en el armazón, la novela "Billar a las nueve", de Heinrich Böll, que trata de tres generaciones de arquitectos en la Alemania de la primera mitad del siglo XX: el abuelo construye una abadía, el hijo la destruye y el niño la reedifica.

Gonzalo Celorio, nacido en México en 1948, con raíces en Vibaño, es un escritor con oficio y pulso, profesor universitario, miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua y autor de una docena de libros entre los que se cuentan como más destacados "Y retiembla en sus centros la tierra", "Amor propio" y "Tres lindas cubanas", que es la crónica familiar por la parte materna, como "El metal y la escoria" lo es por la paterna. Su prosa es eficaz, apropiada al tipo de novela que hace, en la que predomina la narración de unos hechos sobre la construcción de escenas. Es pintoresco el recorrido turístico por el norte de España, en el que imagina, en la Catedral de Oviedo, a Ana Ozores de negro y con velo tupido sobre el rostro; en la de Burgos al Cid y en un mesón de La Coruña les sirven tortilla de patatas.

El primer capítulo explica las motivaciones del indiano para embarcar. En la aldea no había trabajo ni futuro, pero la familia al menos disponía de medios para costearle el pasaje y en México había algún pariente con quien daría los primeros pasos a cambio de ser explotado hasta que pudiera independizarse. La historia de la multitud de indianos es la de muchos Emeterios, todas parecidas y todas diferentes. El indiano fue el último individualista, que marchó al otro lado, donde luchó y triunfó -nadie se acuerda de los que fracasaron- y que, como escribió Ortega, fue y volvió como en los cuentos. Aunque sus vidas, como la de Emeterio, no fueron de cuento de hadas, y, como anuncia Gonzalo Celorio desde el principio, su personaje "hizo la América", como se decía entonces, "para fortuna -y también para desgracia- de sus descendientes".

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