Los cultivos del paraíso

La fiebre del oro

Pinceladas de un poblado de bateadores alimentados con pan de escanda

15.08.2015 | 05:31
La fiebre del oro

Los dos caballos tenían que descansar. Se detuvo en el alto de la sierra. Había una ermita solitaria y allá abajo todo el mundo alrededor. Muy lejos, vio el poblado.

Comenzó a descender. El camino, pendiente y retorcido, discurría entre árboles recubiertos de musgo, y la humedad se respiraba. Era una tierra dominada por el agua y los arroyos auríferos. No, no había indios, y eso era bueno porque el recorrido era idóneo para emboscadas. De vez en cuando el periódico hablaba de algún forajido, pero en general la región era pacífica. Se había vivido una guerra, los de un lado contra los del otro -como todas-, pero hacía tanto de aquello que incluso la bandera de los perdedores ya no estaba prohibida; la gente había comprendido que todos eran los mismos.

Cada poco se veían acúmulos de troncos listos para ser transportados a los aserraderos del valle; la madera era la otra riqueza de aquel territorio en el que podías caminar varias millas sin encontrarte con nada ni nadie salvo alguna granja aislada. Había buen ganado, pero la fama de aquel lugar era el oro.

Tras un recodo apareció el pueblo. Lo atravesaba la calle principal, ligeramente descendente, que moría en el puente sobre el río en el que se obtenían las pepitas del mineral.

Las casas, tres locales en los que beber, unos colmados, y el banco; eso era todo. También habían edificado viviendas en las callejuelas traseras y al otro lado del río. Buenas casas, aunque se veía alguna en mal estado, con el letrero de "Se vende". Decían que los buenos tiempos habían pasado, pero la realidad parecía contar lo contrario. Todo era vida en el pueblo. La cerveza corría, se veían banderas en la calle, y gentes con la piel endurecida por el sol llenaban los locales y el campamento al otro lado del río. Sus ropas los delataban como lo que eran, buscadores de oro. Sombreros de ala ancha con colas de castor prendidas a ellos, insignias variopintas en los chalecos, botas de goma, miradas azules de soñador, y la inseparable batea, única herramienta que necesitaban para arrancarle al lecho del río los destellos del metal dorado. Era un oficio tanto de hombres como de mujeres, ellos con barbas bíblicas, andares cansinos y voz sonora, ellas recias, vitales, de muslos fuertes, todos posiblemente con alguna leyenda a sus espaldas.

En aquella fauna había de todo: ruidosos, herméticos, solidarios, sonrientes, braceadores, oscuros. Bebían la cerveza por hectólitros, eran buenos comedores, y caminaban de manera característica, levemente doblados hacia adelante por culpa de su espalda recargada por los años de trabajo inclinados sobre el agua, lavando una y otra vez la arena en la que dormían las escamas de oro.

El campamento, a las afueras, estaba formado por tiendas de campaña y carromatos. En cuerdas entre tienda y tienda se veían las ropas lavadas, secando al sol. Comían al aire libre, sobre el suelo o en pequeñas mesas habilitadas ante las tiendas, aunque un comerciante había organizado bajo una carpa una casa de comidas, a la que acudían así mismo los visitantes del pueblo y los lugareños si tenían algo que celebrar, todo ello regado con cañas de cerveza inabordables.

En la explanada lindera con el campamento habían levantado sus tenderetes un puñado de buhoneros. Vendían utillaje para el trabajo del oro, ropas, alimentos, quincallería, de todo. Una comisión de vecinos del pueblo se encargaba de lo relativo al gobierno del campamento y de las extracciones de oro.

Una mujer grande, joven, muy guapa, junto a otros, lo gobernaba todo con mano de hierro, a pesar de no ser fácil amarrar a aquella gente de frontera. Era agrimensora, aunque también se la veía peleando con la batea, labor que no hacía nada mal, a juzgar por el oro extraído y los premios conseguidos en las competiciones que organizaban los mineros. Tenía unos ojos inolvidables, y mucha capacidad de mando. Y la cosa funcionaba, a juzgar por el poco trabajo de los ayudantes del sheriff (éste vivía en la capital del territorio, a cuatro horas a caballo) y a la vista de la poca artillería con la que caminaban los lugareños.

Extraer las virutas de oro era arduo. Se precisaba lavar montones de arena con el agua por las rodillas con fuerza y pulso, forzando la espalda para que en el fondo de la batea apareciesen si había suerte las pequeñas limaduras del metal más adorado del mundo. Paciencia, pericia y fortaleza era lo necesario para aquel trabajo, aparte de la batea.

Uno de aquellos buhoneros vendía pan. Sobre las mesas en las que comían los mineros se veían grandes hogazas de miga sabrosa y aromática fabricada con escanda, el viejo cereal que se cultivó en Asturias con pujanza hasta principios del siglo XX y mayoritariamente, junto con el mijo y el panizo, antes de la llegada del maíz.

Este cereal poseía entre otras una gran virtud: sus fuertes glumas -las hojas que envuelven al grano- lo blindaban contra el ataque de las aves, aparte de desarrollarse sin dificultad en un clima húmedo y con pocas horas de sol. Sembrado a voleo en noviembre-diciembre no precisaba de ninguna otra labor hasta su recogida, en los días cálidos de agosto. Un molino especial eliminaba sus glumas dejando el grano limpio, y de él se obtenía harina de superior calidad a los otros trigos.

En los últimos años se había recuperado su cultivo, y no era difícil poder disfrutar de nuevo de un pan de gran sabor y que según los entendidos en esas cosas poseía virtudes medicinales para los males de la época: tensión, colesterol, depresión, y circulación al facilitar el metabolismo de las grasas. Por su riqueza en fibra ayudaba a la digestión y su riqueza en hidratos, vitaminas y minerales nutría y daba fuerza. Todo ello hacía que los comensales se sintiesen mejor.

A la entrada de aquel poblado del lejano Oeste en el que manos firmes y aventureras cortaban las grandes hogazas de pan blanco un letrero desvelaba el nombre del lugar: "Navelgas".

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