Por los caminos de Asturias

En el centenario de Emilio Pola

Evocación de un poeta modernista en español y francés, y filólogo con especial dedicación a la toponimia

12.09.2015 | 05:05
Emilio Pola (izquierda) e Ignacio Gracia Noriega, en el recién inaugurado bar Canene, a principios de los 60.

El poeta Emilio Pola Cuesta nació en Luarca el 20 de octubre de 1915, pero vivió el resto de sus días en Llanes. Ribadesella y Unquera eran sus límites geográficos y tal vez algún viaje ocasional a Oviedo y Santander, más un rápido regreso a Luarca para asistir al entierro de una parienta, del que volvió muy contento, porque la habían colocado en una tumba muy solana. Era un hombre candoroso y bueno, de un candor casi infantil, y totalmente descentrado en una sociedad tan cerrada y reaccionaria como la de su entorno, que opinaba de él, en tono de reproche compasivo, que parecía mentira que siendo tan buena persona, fuera poeta.

En aquel ambiente se entendía que un poeta era obligatoriamente bohemio, aunque él de bohemio tenía poco, porque no tenía dónde ejercer de tal, sino que fue un probo empleado municipal y, durante algún tiempo, encargado de la biblioteca pública. Como a la biblioteca entraba poca gente, allí disponía de tiempo para escribir y leer, y sobre todo para estudiar. Era un completo autodidacta que aprendió francés por sus propios medios, dominando esta lengua hasta el punto que escribió algunos poemas en ella y daba clases particulares de las que obtenía algunas perrillas para tomar algún vaso de vino en el chigre de María Chin Chin, en Casa Ángel o en el bodegón de El Riojano, o en el merendero de la Roxa, en La Pereda.

Lo más bohemio de su persona eran sus llamativas camisas, que le enviaban unos parientes de Cuba. Eduardo García de Enterría, que pasó en Llanes parte de su juventud, pues su padre era notario en la villa, le describe como "hombre autodidacta hasta un grado asombroso (había inventado una gramática nueva, que supongo que hoy coincidiría con algunos avances de la vieja ciencia) y un espléndido y sorprendente poeta". Añade que "era un hombre modesto y bueno" y que "su muerte tuvo la misma discreción que su vida; sus cuatro amigos le recordarán siempre". Espero que con motivo de su centenario, Llanes le recuerde también.

Emilio Pola venía de estirpe de poetas. Su abuelo, Demetrio Pola Varela, publicó varios volúmenes de poesía, uno de ellos, "Aurora y nieblas", precedido por una carta-prólogo de Clarín, y un tomo de prosa. Su tío, Ángel Pola Carral (1891-1966), músico además de poeta, es autor de un curioso poema lírico-dramático, "El rosal de la marquesina", una de las pocas muestras de teatro en verso de la época: podría figurar sin menoscabo al lado de "Capitán de romancero" de Constantino Cabal, y de "La noche de San Juan", de Joaquín A. Bonet. También escribió monólogos y comedias, como "Perdones de la romería", y un grandilocuente "Canto al Sella".

Emilio Pola, por su parte, fue poeta modernista en español y francés, y filólogo con especial dedicación a la toponimia: aprovechaba sus paseos por los alrededores de la villa para recoger "muestras de toponimia menor" como otros recogen muestras botánicas. Su obra más ambiciosa en el campo filológico es una monumental e inédita teoría del adverbio, cuyas papeletas guardaba en cajas de zapatos. También escribió muy buena prosa sobre asuntos preferentemente locales (folklóricos, históricos, biográficos, costumbristas, recreaciones de leyendas, etcétera), sin exceder los límites del artículo periodístico. Sus breves prólogos a dos piezas teatrales de Pepín de Pría, "Alma virxen" y "Pinín el afrancesado", son hermosas joyas por su concisión, sentido poético y sonoridad.

Era un buen poeta lírico, un modernista tardío, que a veces se desbocaba hacia rumbos más altos, como en aquel poema que empieza: "Era un caballo loco, era el mar...". Tenía sensibilidad de paisajista, e incluso en algunos poemas de puro lirismo se siente el paisaje y el aire de la tierra:

"La alondra mañanera / por ti vuelve a los valles", escribe en la "Canción de amor". Más retórico resulta en poemas de mayor pretensión, como "Torre de Llanes", "Canto al Cares", "Canto a Peña Tú", y en su intento de poema épico de gran formato, "La Asturiada", en el que pretendía relatar la llegada a las costas asturianas de unas naves de lacedemonios guiadas por el héroe Milayos: "Frágiles son las nueve naves griegas", mas no pasó de los cien primeros versos.

Tal vez haya sido éste el último intento de poesía épica de la antigua usanza, con referencias a divinidades mitológicas y con algunos versos de verdadera potencia: "Gigantesca reventaba la ola contra el risco"; "El manto turbio de Anfitrite formó coloso pliegue / que rápido corría hacia las rocas"; "Tras el rizo y el nácar"; "Al filo de las olas, cual delfines, / audaces, hasta ochenta nadadores / atléticos brillaban...". Y este poeta que aquí leyó a Homero y a Góngora, es capaz, por otra parte, de transmitir el ambiente de la fiesta en la aldea con los versos más sencillos: "tambores y gaitas despiertan / la vida aldeana. / Temblores del aire del amanecer".

Le hemos calificado como uno de los últimos modernistas. Sus poetas más estimados eran Verlaine y Rubén Darío. El modernismo caló mucho en los poetas que vivían aislados de las novedades literarias en sus bostezantes villas con casino y estación de ferrocarril. Para Pola, el modernismo era una manera prestigiosa de hacer poesía; además, tenía buen oído y no se achicaba si era conveniente utilizar un lenguaje florido, que muchas veces pasaba a la conversación con sentido irónico, y así le oíamos decir "ebúrneo", "parasceve", "etérea", "señera názula", "sílfides gráciles", "ventanas hespérides", "agobio hiemal", "rizo ebúrneo", mientras liaba con sus dedos teñidos de tabaco un pitillo de caldo de gallina; y riéndose del desconcierto de sus oyentes, se reía de sí mismo.

Aunque era un poeta sin complicaciones, en buena armonía con la vida y con el mundo, y tan amable el poeta como la persona, en sus momentos más líricos era un intimista con un anhelo de aislamiento y de retirada hacia su mundo interior ("ajeno al exterior / siento resbalar mi vida"; "dejadme unos momentos / ver el paisaje íntimo"), con un escalofrío baudeleriano ante el paso del tiempo ("Cuán poco dura / el frescor de la vida"). Mas, por lo general, su verso no es lamentación, sino canto:

"Qué placer cada día / senderar en lo nuevo, / hacer a nuestro gusto / surcos en campo fresco".

Poco o nada reconocido en vida y en la actualidad, olvidado, Pola es uno de los mejores líricos asturianos. No le acompañó la suerte o su aislamiento le impidió darse a conocer fuera de un ámbito reducidísimo. Pero su poesía y su prosa están ahí. Su centenario es un buen pretexto para recordarlas y hacerle justicia.

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