El largo adiós de la otoñada

El bosque no puede evitarlo, languidece en un alarde de soberbia mortal, pero aún queda tiempo de contemplar la magia de su espectro

10.10.2015 | 05:32
Hojas caídas en el Campo San Francisco.

Parece que fue ayer. Como mucho, si así lo prefieren, diré que la antevíspera. Sí, fue allá por el mes de abril cuando, como un misil cargado de belleza, misterio, sabiduría y felicidad, explotó por enésima vez la naturaleza. Todos los años ocurre igual. De pronto, la humedad preñada de benigna temperatura bendice y engendra el alma de la umbría, y el paisaje habitado por la nieve se hace fronda desde el corazón del bosque para retomar la vida. ¿Y ahora qué, si con la ayuda del verano se cierran las puertas de su circunstancia?

El ritmo es frenético. No hay tiempo para detenerse porque el otoño acaba de abrir las ventanas; ni espacio para la melancolía que añora la luz y los sonidos del verano. Ninguna razón nos apoya para decir que estos son instantes de desesperanza. Todo lo contrario, la muerte es una de las reglas del juego en el mes de las avellanas; de acuerdo, también es temporada de madroños, hayucos y moras. Siempre esperando que los colores del otoño se apropien de las calladas imágenes, paralicen el ciclo vital y, tras una estación de inactividad, vuelvan a palpitar alegría para que la existencia rebrote de nuevo.

Sí, los árboles saben que lo suyo no es una muerte al uso, son conscientes de que al cabo de unos meses resucitarán. Si se olvidan de respirar es para soportar mejor el invierno; desnudarse ante el mundo con la caída de hojas es un acto reflejo de vida, de supervivencia; porque enfrentarse a los elementos -nevadas, vendavales y hielos- cargados de follaje sería un suicidio anunciado. Aunque no se preocupen por ellos ya que descansarán dichosos. Para mejor demostrarlo se despiden sin tristeza, cada año echan mano a la paleta del Creador y, como si un gran festival de fuegos artificiales se tratase, con una grandiosa traca final, se embozan las lujosas galas del "día grande" y, dando prueba de una perfecta y postrera madurez, comienzan la inmolación colectiva. Mientras la luz del atardecer resbala por la ladera, la tormenta de hojas acelera el cambio entre tanto coloniza y realza el sotobosque.

Ahora llega la gran incógnita, el gran dilema: ¿será cierto el dicho que los árboles no dejan ver el bosque? ¿Qué será más conveniente para gozar de esta metamorfosis anual: penetrar en sus entrañas a través de una fronda de sensaciones sosegadas o contemplarlo desde la distancia y privarnos de sus aromas? Detengamos el paso y sentémonos a meditar ante el que brinda sus encantos sin recato; todo ante nosotros y para nosotros. ¿Cuántos colores recordamos de aquella incandescencia impresionista? Todos los imaginables, mas ninguno de los actuales porque a cada minuto son diferentes, nada digamos de año en año porque jamás se repiten y, además, se destiñen en el recuerdo.

Es que el bosque, no puede evitarlo, languidece en un alarde de soberbia mortal. Pero no teman, aún están a tiempo de contemplar la magia de su espectro, hasta mediados de noviembre proseguirá ofreciendo el mayor espectáculo del mundo a todas las personas capaces de percibir el murmullo de las hojas mudas sepultándose en el vacío de la indiferencia.

Antes de nada dejemos de ser urbanitas y no hablemos de árbol o árboles, mencionemos, no se imaginan como lo agradecen, cada especie por su nombre: abedules, hayas, carbayos, castaños, tejos, fresnos, avellanos, serbales, tilos, mostajos, rebollos, arces, alisos, chopos y algunos más que abren de par en par las entrañas del reino del Busgosu. Seguro que tenemos la otoñada a la puerta de casa, en Asturias no escasea el bosque de ribera y las alamedas; por si así no fuera voy a proporcionarles varias opciones. No diré Muniellos porque su visita está restringida, pero en el concejo de Cangas del Narcea: en Monasterio de Hermo, Genestoso o los alrededores de Parada la Vieja gozaremos de un colorido excepcional. Somiedo no se queda a la zaga: Tibleos, en donde el diablo dijo miedo, Saliencia, Villar de Vildas. Monte Grande y monte la Puerca son dos grandes ejemplos en Teverga. Vallinona, Güeria, Gorbizal entre otros muchos de Quirós. El espectacular de Valgrande en Lena. En Aller por todas las esquinas, más por las cercanías de Felechosa. Montes del Infierno y Moñacos en Piloña. Nava, Sobrescobio, El Campu, Cangas de Onís, Ponga y Beleño, asimismo, ofrecen lugares de ensueño. En todos estos concejos toparemos con manchas maduras que, a finales de octubre, mostrarán todo su esplendor.

Repito la pregunta. ¿Qué hacer, internarnos en la espesura o deleitarnos desde la lejanía? De momento vamos a optar por lo segundo. Debemos buscar un mirador en el que la panorámica resbale sobre la ladera de abajo a arriba; esto nos proporcionará una perspectiva ideal del arbolado cuando la luz del crepúsculo o la aurora, son los mejores momentos, recreen su policromía, instantes mágicos que los colores dedican a sí mismos por pura vanidad. Sirvan de ejemplo los abedules que, además de ir colonizando el terreno para que otros de crecimiento más lento y de mayor porte se instalen en él, aún tienen tiempo para dorar sus hojas, al igual que los mostajos, antes de tirarlas y dejar al aire su plateado tronco, tan a menudo cercanos al brezal, arbusto del pobre.

Los juegos que la luz impone sobre la ardiente superficie multiplican la belleza de la enramada, sobre todo si las nubes irradian reflejos misteriosos tratando de ocultar el sol con negrura de tormenta. El paisaje se pone en movimiento dentro del gran escenario, las mil y una caras del bosque representan el arco iris; las individualidades se han perdido; no existen ramas, troncos o especies, tan solo logramos contemplar una prodigiosa sombrilla multicolor entretejida por seres vivos denominados hojas, o una pradera tornasolada en la que los tórridos colores de hayas, robles, castaños y arces tienen mucho que decir. Parece imposible que existan tantos tonos de amarillo, rojo, verde, violeta, castaño?, no quisiera fantasear cuando aseguro que los matices son infinitos. Queda claro que el reino vegetal envidia el dorado de los abedules, no hay más que ver que todos a una tratan de imitarlo aunque jamás lo consiguen. El hayedo quiere imponer su irisación y dedica las horas a metamorfosear sus hojas; a veces comienza a degradarse por un caqui aceitunado, pasa por el cobrizo, sigue por anaranjado, amarillento, limonado y como mucho alcanza el gualda colmado de orgullo. Todo el proceso realizado con parsimonia y total anarquía. Al igual que los habitantes de cualquier país latino, las hojas actúan a su antojo y cada una, a la hora de variar su pigmentación, hace de su capa un sayo siendo incapaces de coincidir en el ciclo.

Ahí, en el desorden, está la gracia de tal concelebración. Si a ello añadimos castaños, robles, rebollos, avellanos, arces? que, cómo no, también quieren sumarse a la muda estacional cambiando las tonalidades, multiplicando el rojo del atardecer y las emociones que la luz trasmite, e intercalamos el verde brillante de unos cuantos acebos, a los que añadimos el esmeralda sobrio de otros tantos tejos, el conjunto será de órdago a la grande.

Ya, sin más, nos acercamos al umbral del boscaje y, con la máxima humildad y otro tanto de recogimiento, nos decidimos a libar del milagro que desprende su interior a media luz. No se respiguen si nada más entrar en él, entre la celosía de las ramas un ser volador emite unos sonidos agudos y molestos; un ave multicolor con apresurado aleteo, el chivato del bosque que advierte al resto de inquilinos nuestra molesta presencia: se trata de un arrendajo, o si lo prefieren un "glayu". Otras veces es el enérgico revoloteo de un bando de recelosas torcaces que abandonan el dormidero; un corzo que nos ladra a escasa distancia a la vez que emprende la huida al galope; el raposo visto y no visto; o los jabalíes que, como cada día que pasa son más descarados, se dejan ver con frecuencia. Menos probable, aunque entra dentro de lo posible, es tropezarse con un melandro, el gato montés o la marta.

El momento mágico que complementa su carácter oculto y misterioso, ese que a tantos nos apasiona, lo realza el reino fungi, al que intentan ocultar las hojas caídas. Por un lado unas cuantas matamoscas o falsa oronja (Amanita muscaria), ya saben, la seta de los enanitos que, cuando una mosca se posa y alimenta en su roja superficie se "coloca" y queda como muerta durante unos minutos gracias a su poder alucinógeno. Un poco más adelante, en el medio del camino, unos coprinos, a continuación cualquiera de las amanitas mortales o tóxicas: phalloides, citrina, pantherina, vaginata; colgada de un tronco destaca el hígado o lengua de buey (Fistulina hepatica); boletus, lactarius, russulas, yescas?

No les digo nada si tienen la suerte de que la niebla y el orbayu les acompañen en el interior del bosque mientras pasean en silencio. Tantas hojas a la vez entonan un impresionante murmullo al caer tras un runrún al compás de la suave brisa, ensalzando la geometría del aire, se estrellan contra el mullido suelo, siendo acompañadas por el tac, tac de las gotas que desprende la arboleda. Así, escuchando esta deliciosa partitura, convocamos a xanas y busgosos, para disfrutar de su compañía en la visita a la otoñada.

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