La jura de la Constitución de 1837 y su fervorosa acogida

17.10.2015 | 05:02
Recreación del origen de la fiesta del Desarme.

Por lo que pudiera venir en un futuro no muy lejano y por si hubiera que repetirlas, no estará de más recordar las animadas funciones con que el ayuntamiento constitucional de la benemérita ciudad de Oviedo solemnizó y festejó la promulgación y jura de la Constitución de 1837; la que, por otra parte, bien pronto feneció.

Dicen las crónicas de su tiempo que el mérito de los festejos y regocijos de un pueblo libre, que conociendo su dignidad se abandona al entusiasmo excitado por grandes acontecimientos, ni consiste en el vano aparato y suntuosidad de los espectáculos, ni una pompa estéril que deslumbra sin levantar aquellas gratas emociones producidas solo por la idea del bien y el sentimiento de una alta virtud.

Por eso Oviedo, siempre digno de su nombre, magnánimo en los peligros, modesto en los triunfos, amante de la gloria y dispuesto a celebrarla sin la fastuosidad y el brillo de costosas demostraciones, pero con la emoción más pura, mostró una prueba notable de tal verdad, en la proclamación y jura de la nueva ley fundamental de la monarquía española. Su ilustre ayuntamiento, correspondiendo a las esperanzas del público y animado por grandes recuerdos, nada omitió para que aquella ceremonia fuese la fiel expresión de su amor a las libertades patrias y al trono legítimo.

Comenzaron las celebraciones al romper el sol del día 16 de julio cuando una salva de 21 cañonazos, acompañada del alborozado repique de todas las campanas de la ciudad, con el sentimiento unánime de los ovetenses de toda clase y condición, fruto de la convicción y concordia, se dispusieron a solemnizarla. A las doce de la mañana vuelta a empezar: cohetes a tutiplén, más el tañido de campanas y una música marcial dieron principio a los festejos colectivos. A las cinco de la tarde del mismo día, las autoridades políticas, civiles, militares y eclesiásticas; la Excelentísima diputación provincial; los jefes y oficiales de la milicia nacional; los de la guarnición de la plaza y las corporaciones de todas clases, a invitación del ilustra ayuntamiento, se reunieron en el salón de sesiones, y desde allí formando un vistoso e imponente cortejo se dirigieron a la plaza de la Constitución para dar principio a la publicación de la nueva ley fundamental. El orden procesional fue el siguiente: una escolta de la milicia nacional de caballería encabezó la marcha; a continuación los alguaciles de la ciudad: tambor, clarín y maceros. Luego los oficiales de las dependencias de rentas, fábrica de armas, gobierno político, diputación provincial, milicia nacional y cuerpos de la guarnición. Detrás fueron los jefes de todos los ramos de administración pública y mandos militares; comisiones del colegio de abogados, sociedad económica, claustro de la universidad literaria y cabildo eclesiástico; y por último el ayuntamiento, entre cuyos individuos iban interpolados los de la diputación provincial, audiencia territorial, generales, intendente y comandante general; cerrando la comitiva el jefe político, que presidió el acto, a su derecha el alcalde y a la izquierda el regidor decano. En el centro de la comitiva y a corta distancia del presidente, dos niños, elegantemente vestidos a la antigua usanza española, llevaron en una bandeja de plata el libro de la ley ricamente encuadernado. Cerraron la marcha los componentes de la gran guardia, compuesta por los sargentos y cabos de la guarnición con las bandas de música y tambores, y tres compañías y piquetes de Pontevedra, San Fernando y Nacionales, que cubrieron los costados de la comitiva. Ocupados los asientos, el jefe político entregó al alcalde el libro de la constitución, quien, a su vez, se lo entregó al secretario que -tras haber pronunciado el primer procurador síndico las siguientes palabras en voz alta: "Españoles, silencio; se va a publicar la Constitución política de la monarquía", -dio comienzo a su lectura.

Hay escenas que no pueden describirse y esta fue una de ellas. En el mismo sitio donde los heroicos defensores de Oviedo habían realzado con el sacrificio de su existencia, su amor a la libertad y a la gloria, cuando todavía el recuerdo de sus virtudes afectaba tiernamente la amistad que les consagraba una lágrima de reconocimiento, a la vista de su triunfo, los ciudadanos de Oviedo en un recogimiento respetuoso, recibieron de sus mandatarios el pacto sagrado entre la nación y el trono de Isabel, como una prenda de paz y de unión, y una garantía inviolable de los derechos políticos por los que lucharon y vencieron en los memorables días 4 y 19 de octubre de 1836.

Finalizado el acto, los miembros del ayuntamiento, seguidos del mismo cortejo, entre un enorme gentío y escoltados por las tropas de la guarnición y milicia nacional, se dirigieron por las calles Magdalena, Matadero (actual Marqués de Gastañaga) y Carpio, por la que retornaron de nuevo a la plaza para proseguir por Cimadevilla, San Antonio, Canóniga alta, plazuela del Obispo, Traslacerca (Jovellanos), Picota (Ramón y Cajal), plazuela de Cueto (plazuela de Riego), Pozos, Jesús y casas consistoriales. Durante este trayecto se repitió la lectura en esquina del Matadero, Cimadevilla, arco de la Noceda (situado en el comienzo de Azcárraga) y también a la entrada de la calle de la Picota. Al finalizar el recorrido cientos de voladores iluminaron el cielo y atronaron los oídos ovetenses.

No finalizaron aquí las celebraciones en este primer día, ya que, de seguido, autoridades e invitados se trasladaron al coliseo, al denominado teatro o corral de Comedias del Fontán -esperemos que su estructura se encontrase en mejor estado que el criticado por Clarín en La Regenta: "daba entrada gratis a todos los vientos de la rosa náutica. Si soplaba el norte y nevaba, solían deslizarse algunos copos por la claraboya de la lucerna".- para degustar un magnífico refresco servido con esplendidez y delicadeza. Eligieron dicho local porque sus proporciones le hacían susceptible de un gracioso ornato. Preciosas colgaduras de damasco carmesí cubrían sus lienzos, ocultando los palcos y los claros; el pavimento del proscenio se igualó con el del foro, la iluminación correspondía a varias arañas de cristal, y grandes espejos repartidos sabiamente contribuyeron al realce final. Grandes mesas corridas a lo largo del teatro, cubiertas de jarrones de porcelana llenos de flores, al lado de dulces de todas clases, de helados y licores, fueron ocupadas por más de 200 personas. Mientras, un inmenso gentío recorría las calles gozando de variados y agradables espectáculos en una serena noche. Las bandas del provincial de Pontevedra y de la milicia nacional, colocadas una en la plaza de la Constitución y otra en la espaciosa plazuela de la diputación provincia ejecutaron con brillantez muchas y célebres piezas musicales y diversos himnos patrióticos, cesando por intervalos para dar lugar al estruendo de los fuegos artificiales.

Las reuniones de la Diputación, desde 1813 se llevaron a cabo alternando la sala capitular de la Catedral y la sala del regente de la Audiencia, ya en 1836 pasó a ocupar un ala de la antigua biblioteca del monasterio de San Vicente. El siguiente día se celebró con renovado entusiasmo. Ayuntamiento, corporaciones y autoridades se trasladaron a la Santa iglesia Catedral, donde, después de un solemne Te Deum, prestaron juramento de fidelidad a la nueva Constitución.

Este acto sagrado, en que la santidad de la religión dio mayor aprecio a los nobles sentimientos de patriotismo, recordó al pueblo ovetense aquellos días de gloria en que su nombre, grande como sus hechos, atrajo la admiración y las bendiciones de la posteridad porque, allí mismo, prosternado al pie de los altares, bajo las bóvedas góticas, juró el año de 1808 la muerte o la independencia, dando a la Europa humillada un alto ejemplo de virtud, y la señal de guerra contra el genio extraordinario que la encadenara a su carro de triunfo. Por ello clamaron, "haga hoy Asturias por la libertad nacional lo que hizo entonces por la salud de la Europa entera, y el juramento solemne que acaba de realizar sea el recuerdo más grande de su gloria".

Con las mismas regresaron al ayuntamiento, en donde, en el salón de sesiones, les obsequiaron con un estupendo piscolabis. La cordialidad animó esta agradable reunión, y los brindis y las improvisaciones poéticas le dieron un realce que solo apreciará el que se sienta poseído de tales sentimientos patrióticos. Esa misma tarde el gremio de sastres, siempre distinguido en Oviedo por la jovialidad de su humor, por las funciones públicas en que ha tomado parte, y por las circunstancias singulares de su fundación, al son de una música marcial pasearon por las calles una carroza de triunfo en que iban colocadas la España y la augusta Reina Gobernadora con su excelsa hija, la inocente Isabel, representadas por otras tantas jóvenes. Para que de nada faltase al evento, el ilustre ayuntamiento organizó un baile público en el teatro del Fontán, preciosamente adornado para la ocasión; empezó a las doce de la noche y concluyó a las cinco de la mañana del siguiente día. En él destacaron las gracias del bello sexo y la elegancia de sus vestidos.

Los bailes populares se trasladaron a la noche del 18 y tuvieron lugar en el espacioso salón del ameno campo de San Francisco, a la luz de las lumbradas y los faroles de reverbero que allí se colocaron oportunamente, dieron agradable fin a estas funciones con un espectáculo que será siempre el testimonio más auténtico de la sensatez y cultura del pueblo de Oviedo. Todo por un texto constitucional que pasó a mejor vida en 1845.

Claro que, por aquellas fechas, no todo eran parabienes para los ovetenses en cuanto a educación y reglas de urbanidad. En junio de 1837, se fijó un edicto en el matadero, imponiendo la multa de cien reales a cualquier persona que osase verter expresiones malsonantes. Asimismo, el 18 de agosto de mismo año se acordó publicar un bando prohibiendo el tránsito de los cerdos por las calles y plazas de la ciudad, cuyo abuso, decía, se advierte de un tiempo a esta parte a pesar de los que anteriormente se habían publicado.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine