Un vermú cargado de nervios

Portillo estuvo el domingo en una sidrería de González Besada de la que era habitual "arreglado, pero con poca paciencia"

11.11.2015 | 09:34
El furgón con el detenido a su llegada ayer al Juzgado.

El pasado domingo, Jorge Portillo, acusado de matar a su pareja a golpes en el piso que compartían en General Zuvillaga, se acercó a una conocida sidrería de la calle González Besada de la que ambos eran habituales como si no hubiera pasado nada. Sobre las dos y media, ya con su pareja fallecida desde el jueves, se situó en la barra, cerca de la puerta, entre la columna y la máquina tragaperras.

"Como siempre llegó muy arreglado y con su sonrisa típica habitual, pero, como luego vimos, con mucha menos paciencia, lo que nos extrañó mucho". Así lo recuerda la propietaria de El Dorado, Begoña Menéndez Vincelle. "Estaba muy tranquilo y, como me extrañó no verle con su mujer, estuve a punto de preguntarle por ella, pero el local estaba lleno de clientes y andaba muy apurada. Al final se marchó sin tomar nada, lo que me pareció raro en él. Recuerdo que vestía una chaqueta de traje oscura. Siempre vestía muy bien", precisó. A la víctima la recuerda como una persona "muy agradable, correcta siempre en el trato, pero que contrastaba con el carácter más sociable de Jorge Portillo, porque ella era más seria, de menos palabras, pero eso sí, siempre muy educada".

Pero lo cierto es que tanto a la propietaria del restaurante como a las camareras el cliente no sólo no les daba "buena espina", ya que su mirada, "muy extraña", las ponía nerviosas o como mínimo les causaba "inquietud".

Sus sospechas se confirmaron cuando a una de ellas se le rompió una copa y una gota de vino salpicó uno de los zapatos de Portillo. "Se enfadó mucho porque dijo que eran carísimos. Quedé muy preocupada. Al día siguiente, cuando llegó, lo primero que hizo fue pedir disculpas y se mostró sorprendentemente arrepentido", explicó Menéndez, que insistió en que siempre le pareció una persona muy rara, "pese a que aparentemente era un cliente tranquilo y muy hablador, pero con una conversación demasiado repetitiva".

Estaba obsesionado con una de las camareras, a la que siempre le decía lo mucho que tenían en común. "Tanta insistencia y su sonrisa tan extraña llegaron a preocuparme", comentó ayer. El tiempo parece que le dio la razón. "Esa persona me dio siempre repelús".

Esta camarera, que prefiere permanecer en el anonimato, los recuerda como una pareja que llegaba al establecimiento a tomar algo o a comer varias veces a la semana, siempre el menú del día, "como hacen muchos de nuestros clientes. No damos crédito a todo esto".

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