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Los cultivos del paraíso

El café que llegó de América

Asturias alberga desde hace años las empresas más importantes de España de transformación cafetera, dejando aparte las grandes multinaciones

28.11.2015 | 05:02
Granos de café sobre un saco.

Conviene saber algo sobre el café. Los países cultivadores solo producen la cereza de la que se extraen las semillas. Ese grano crudo es transformado en latitudes muy lejanas a las de su origen.

En el Principado importantes empresas cafeteras lo elaboran y comercializan en los mercados nacionales e internacionales, siendo uno de los puntales de nuestro sector agroalimentario. En realidad es aquí donde se crea el café. No es casual que Asturias albergue las empresas cafeteras más importantes de España.

Un buen día, aquella camarera llevaba un mandilín negro a juego con la falda. La cafetería tenía sillones confortables y mesas desiguales, iluminadas con luz localizada; un local grato, con buen diseño, en el centro de Oviedo. Dejó la taza sobre mi mesa, sonrió y se fue.

Di un sorbo. Era un buen café. Y recordé una historia.

Nicaragua, 1920. La finca ocupaba una ladera. Arriba, dominándolo todo, se encontraba la casa principal, con grandes habitaciones y una galería que discurría por dos de sus lados desde la que se podían observar las alineaciones inacabables de cafetos, con el Pacífico allá abajo como punto de fuga.

Don Fernando, que así se llamaba el propietario, dirigía todo con mano de hierro. Tenía una certeza: la supremacía de los europeos de origen solamente se mantendría mientras los indígenas entendiesen que era el blanco quien ostentaba el poder. Un hombre duro, innegociable, más de hierro que de carne que no temblaba ante una decisión por extrema que fuese. Su biografía estaba llena.

Solo había un nubarrón en su vida, y era el no haberle dado Dios hijos varones, tan necesarios según él para dirigir la propiedad cuando por edad o enfermedad tuviese que apartarse. Tenía una hija, hermosa, inteligente y viva. Pero Emiliana, que ya tenía veinte años, no aceptaba pretendientes impuestos.

"Solo me uniré al hombre que quiera", respondía con la misma decisión que su padre dando órdenes a los peones. "Eso son tonterías, a los hombres hay que quererlos después, cuando demuestren que valen, no antes", respondía el padre con fuerza, orgulloso en el fondo del carácter, tan parecido al suyo, de Emiliana.

Doña Adriana, su mujer, le había comentado en varias ocasiones que la niña tenía la fuerza y capacidad necesarias para gobernar la plantación, y que no hacía falta buscarle ningún hombre. "El amor llega, Fernando, no lo organices como si comprases una finca", comentaba la esposa.

"Aquí hace falta un hombre hábil, capaz de gobernar a esta tropa. Si los peones ven que quien manda es una mujer saldrán de noche de las chabolas en las que duermen y os degollarán en vuestra propia cama", aducía.

Emiliana nunca supo como empezó, pero se descubrió viendo que Luisito, el hijo del capataz se había vuelto un hombre. Hacía tiempo que ayudaba al padre en sus trabajos, con el visto bueno de Don Fernando, que conocía su valía. Ya no era aquel niño indio con el que ella jugaba, sino un varón de miembros fuertes, sonrisa limpia y mirada decidida, con la piel envolviendo un cuerpo sano y musculado. Inteligente, trabajador, dulce y fiel. Un descubrimiento sin prólogo; de la nada al deseo de sentirse entre sus brazos.

Aquella tarde Emiliana estaba sentada en la galería intentando revisar las cuentas de una entrega e hizo que lo llamaran.

"Luis, no me cuadra el número de sacos que se enviaron a Granada. Acércate al galpón y cuenta los que quedan", le dijo. Unos minutos después ella siguió sus pasos. Lo besó tras los sacos, de frente, sin mediar palabra, con la misma decisión que usaba su padre para todo.

"¿Hace mucho que tenías ganas de mis besos?", le preguntó Emiliana. "Desde niño", confesó él. No pasó mucho tiempo. Un mediodía mientras almorzaban sobre la mesa con mantel de lino Emiliana consideró que había llegado el momento: "Luis y yo estamos enamorados. Me voy a casar con él".

"No", respondió el padre con tranquilidad. "No soy uno de tus peones, llevo tu sangre, y he heredado tu firmeza. He salido a ti. No te pido la autorización", le espetó. Don Fernando miró un instante hacia los rifles que adornaban la pared: "no, no te vas a casar con un indio. O lo arreglas tu o yo me encargo", aseguró con firmeza.

Emiliana conocía bien a su padre. Aquella misma tarde se reunió con Luis y expuso el plan en directo, sin meandros.

"Luis, tienes que marcharte. En caso contrario mi padre te hará matar. Y yo no te quiero perder. Escúchame: Tu y yo vamos a estar juntos siempre. Pero hay que hacer las cosas bien. Vamos a estar separados físicamente un tiempo, pero fundidos en el cerebro y en el corazón. No tendré tus abrazos y tus besos en mi cuerpo, aunque sí en mi mente. Pero no te quiero lejos, necesito verte, y que me veas, y que sepas que estoy llena de deseo por ti. Y notar al mirarte que tu lo estás por mi. Eso es ser una pareja, y no lo que le sucede a la mayoría, juntos pero resecos, muertos. Y para poder estar cerca de mi no solo te vas a marchar, sino que vas a buscar esposa, y sembrar un hijo en su interior. Es la única manera para que mi padre se convenza de que nuestra historia se ha acabado. Quiero que esta noche entres en mi dormitorio -dejaré la ventana sin pestillo-, que duermas en la que desde hoy será tu cama aunque no estés, y que por la mañana te hayas ido de la finca. Nos veremos en el mercado del pueblo cada sábado. No cruzaremos ni una palabra, no nos hará falta. Desde ahora mismo tu y yo somos marido y mujer. Quiero amarte casada, no viuda", le ordenó.

Así se hizo. Luis se emparejó. La mujer murió en el parto, dejando una niña, de nombre María Emiliana. Unos días después de la muerte de su esposa le llegó a Luis una nota. Decía: "María es hija tuya, y por tanto también mía". En la mirada cruzada de cada sábado en el mercado se lo decían todo. Así quince años, hasta la tarde en la que una apoplejía fulminó a un Don Fernando angustiado por el futuro de la plantación.

Un mes después, en la capilla de la finca, Emiliana y Luis se casaron. A la derecha de la capilla está el cementerio familiar. Ramón, actual propietario de la plantación e hijo de María Emiliana me enseñó una tumba blanca en la que solo se lee:

LUIS 1973

EMILIANA 1981

MARÍA EMILIANA 2001

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