Los cultivos del paraíso

El kiwi que creció en Suiza

El clima de Asturias resulta ideal para plantar la actinidia, originaria de China, que destaca por su alta productividad

16.01.2016 | 05:09
Kiwis en una fuente.

La escorribanda de los grises aquella vez había sido de categoría. Además yo era más dado al amor que a la guerra, aunque con idéntico resultado tanto en ligar como en cambiar el Régimen.

En Francia sí lo habían sabido hacer en mayo del 68, decía todo el mundo, con aquello de la playa debajo de los adoquines y tal, pero el Teatro Odeón estaba en París, y no en León como la Escuela de Agrícolas, y allí no teníamos a ningún Eric el Rojo ni cosa parecida. Europa era otra cosa.

Había que contrastarlo. Convencí a mis padres para que aquel verano me dejasen visitar a unos familiares que vivían cerca de Lyón.

Tras un golpe de mano a mi madre, mi abuela y mi hermana, -mi padre se negó en seco a aflojar diciendo que bastante haría con reparar el Seat 124 a mi vuelta, si quedaba algo de él-, arranqué para Francia. Fue cruzar la frontera y descubrir que en las áreas de servicio deseaban buen viaje, y que en las gasolineras daban las gracias al pagar. No solamente había libertad, igualdad, y fraternidad, sino educación. Otro mundo. Una vez en Lyon vi que Suiza no estaba lejos, y merecía la pena conocer la tierra de la neutralidad, en la que no había ejército, ni grises con sus lecheras corriendo detrás de los estudiantes púberes hasta Trobajo del Camino. Aquel pequeño viaje tenía que ser un baño total de europeísmo, cargar baterías para volver al aire oprimido de León.

Serían las diez de la mañana de un día luminoso cuando llegué al control aduanero de Perly. Todo ayudaba al optimismo. Por eso no entendí que aquel aduanero suizo me indicase con cara de pastor alemán que apartase el coche en un lateral del puesto fronterizo y me ladrase "¡passeport!". Pidió también la documentación del coche. Me graznó que para que quería entrar yo en Suiza, que cual era mi profesión y cuanto dinero llevaba. Puso cara de susto cuando les enseñe el dineral que había conseguido en la colecta familiar.

Me dijo que sin dinero no estaba permitida la entrada al país. Le dije que era estudiante, que era la cantidad que me habían dado en casa para unos días de viaje, que solo intentaba conocer Ginebra y que pensaba volver a Francia en dos o tres días. Debió de verme tal cara de desvalimiento que tras sellar el pasaporte y devolverme los papeles de mala gana me gritó "Allez, allez!". Algo fallaba en la dulce Suiza. Quizá su mujer lo engañaba, pensé. Mientras entraba en Ginebra buscando un lugar en el que aparcar me acordé de los grises de León. De acuerdo, corrían detrás de ti un poco los días de huelga, pero el resto del tiempo eran gente normal.

Casi caí de espaldas cuando leí la tarifa del aparcamiento. Una noche de garaje en Suiza me daba para un fin de semana de fiesta en el Húmedo. Busqué un hotel barato. No lo había. El que pillé era malo pero con precios del Conde Luna. Salí a buscar un sitio para comer. Los precios eran imposibles. Encontré un garito con menú del día al alcance de mis posibilidades. El camarero, bajo y moreno, me caló nada más sentarme y decir "Bonjour".

Era de Mondoñedo, le conté lo que me había pasado en la frontera, y que me extrañaba que eso sucediese en un país europeo y democrático. Tras servirme un "platín" de mejillones de la Señorita Pepis, que en eso consistía el menú, más el postre, me dio un curso acelerado sobre Suiza.

Allí no sabían vivir, siempre estaban enfadados, España era jauja al lado de aquello, en el fondo una dictadura mayor que la de Franco. Todo estaba controlado por la policía. La ley era tremenda, había que pedir autorización hasta para cambiar de piso, no había pobres porque los echaban, y todos los ladrones del mundo tenían bien seguro su dinero allí. "Pero por lo menos son pacifistas, no tienen ejército" -respondí yo. "No lo necesitan" -cortó rápido el gallego- "el ejército son ellos, todos hacen instrucción y tiene cada uno en su casa la ametralladora, están más militarizados que Hitler".

Pero cuando se me cortó la digestión de los mejillones de juguete fue cuando me trajo el postre. En medio de un plato se movían dos ratones, incluido el rabo. Pregunté qué diablos era aquello. "Lo llaman actinidia, es de Nueva Zelanda y es el fruto de moda, no te quejes, chaval". Era la primera vez que veía kiwis -que en la escuela llamaban yang-tao- en persona.

La Actinidia deliciosa, conocida como Kiwi, originaria de China, es una planta con gran capacidad de desarrollo, sin especiales exigencias salvo mantener un correcto nivel de humedad, plantarla en un lugar resguardado del viento, poda abundante, y tener al menos un ejemplar de cada sexo, dado que es una especie dioica, con plantas macho y plantas hembra.

Aunque pueden obtenerse por semilla y por estaca, lo más práctico es adquirirla en un vivero, lo que garantiza el éxito, y ahorramos dos años de espera para obtener fruto. El clima de Asturias es el idóneo. Si el suelo de su huerta fuese arcilloso vacíe una poza, introduzca en ella dos paladas de estiércol o compost y llene con tierra de buena calidad. Dentro de ella coloque el cepellón. A su lado clave unos buenos postes unidos por dos o tres líneas de alambre de cuatro mm de grosor. La poda es similar a la de la vid, un eje principal y los brazos que salen de él avanzando por los alambres, dejando de los brotes algunas yemas, lo cual se debe de ir haciendo tanto en verde como por el invierno. A partir del sexto año una planta puede producir más de 40 kilogramos de fruto. En su casa se aburrirán de comer kiwis, y las dosis de vitamina C de sus familiares saltarán por los aires.

Pelé los kiwis. Me recordaron a la fresa. Le pregunté al gallego que precio tenían en el mercado. Me respondió que un franco suizo cada uno, sobre cien pesetas. En el Húmedo el vaso de vino con tapa valía diez.

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