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Cuando el oso campaba a sus anchas

Hubo un tiempo en el que los plantígrados abundaban en la región y en muchas zonas de España, hasta el punto de que eran codiciadas piezas de caza, con gran aprovechamiento

23.01.2016 | 04:54
Un oso pardo. josé maría fernández díaz-formenti

"De los osos sea comido

como Favila el nombrado?"

El Quijote, 2.ª parte, XXXIV

¿Cómo habrá finalizado la historia de la garra de oso instalada en una de las puertas de la iglesia de San Juan Bautista, siglo XIII, del pequeño pueblo abulense de Navacepeda de Tormes? Pues en plan de broma lleva luciendo en este templo, según certificó el carbono 14, más de 400 años. Cuenta la leyenda, una de esas que siempre son preciosas, que fue un exvoto donado al templo por un segador que, con la ayuda de Dios o algún santo, había logrado dar muerte a la fiera con la guadaña.

A esta misma garra hace alusión Ernest Hemingway en su obra "Por quién doblan las campanas". Ya en una carta escrita, en 1931, a John Dos Passos con motivo de su visita a la sierra de Gredos. Le comenta que en ella hay cabras salvajes, lobos y una garra de oso clavada en la puerta de una iglesia. Cuando me entere del desenlace- les cuento en qué acabó la polémica que se montó al donar un vecino del pueblo unas nuevas puertas. Unos, a favor del cambio, otros, en defensa de las antiguas y de la famosa garra?

Todo esto quiere decir que por aquellas tierras campaban los osos a su antojo. Topónimos citados por Alfonso XI: Raigoso, Fuente de la Osa, y Polvoroso parecen indicarlo. Gonzalo Argote de Molina en el "Discurso sobre la montería" de 1582, narra como siendo príncipe Felipe II el monarca mató un oso "de un arcabuzazo" en las proximidades de El Monte de El Pardo. La datación de la mano de oso de Navacepeda se aproxima a esas fechas, por lo que es probable que el ejemplar al que perteneció pudiera haber sido uno de los últimos osos del Sistema Central.

Me gustaba más lo del segador. Mitos, tradiciones, gestas, canciones y anécdotas en torno al oso y su caza se sucedieron a través de los siglos en nuestra vieja piel de toro. La verdad es que tampoco es necesario salir de Asturias para encontrar sabrosas leyendas puesto que aquí los plantígrados abundaban, y mucho, hasta mediados del XIX. No hay más que contemplar la relación de animales dañinos que fueron muertos en nuestra provincia entre junio de 1843 y abril de 1844, y las cantidades satisfechas a los alimañeros: 21 osos grandes a 100 reales cada uno; 18 de cría a 40; y 17 osas grandes a 100. Eso sin contar los abatidos por nobles e hidalgos que, como es lógico, no pedían compensación, lo hacían por afición venatoria y casi siempre acompañados por grandes cazadores del mundo rural que se las sabían todas. Aquí, en tierras de don Pelayo, como somos más grandones, contamos con la leyenda más antigua que se conoce. A la que cada año, en el pueblecito de Llueves (Cangas de Onís), al pie del monte Olicio, los republicanos rinden un homenaje al célebre y celebrado oso regicida. "Favila hijo de él (de Pelayo) reinó dos años y a causa de su ligereza (imprudencia) fue muerto por un oso".

En 1695, relata Luis Alfonso de Carvallo: "Saliendo de caza don Fabila por una gran sierra, o monte, que se levanta junto a la iglesia de Santa Cruz, llamado Olicio, y levantando los monteros un oso ferocísimo, fuéronle siguiendo, hasta que fatigada la fiera se arrimó a una peña, haciendo cara a los que la iban siguiendo. Era don Fabila hombre muy robusto, membrudo y de gran corazón, y por señalarse en esta ocasión, mandó a los Monteros, que le dejasen a él solo alancear al oso; y arremetiendo el temerario Rey a herirle, el fiero animal le acometió con tan súbita presteza, y violencia, que primero le hizo pedazos, que pudiese ser favorecido por los suyos. Hasta hoy tienen los naturales de aquella tierra señalado el lugar donde así fue muerto don Fabila, con una Cruz en una ladera de aquel monte. Fue enterrado delante de la Iglesia de Santa Cruz, que él mismo había fundado, juntamente con la Reina su mujer". Otros aseguran que no fue muerto por un oso, sino por un marido o amante celoso, llamado Ursus, a causa de la superlativa lascivia del rey. Quédense con la que más les guste. A mí, desde luego, me encanta la narración heroica, sobremanera cuando en la historia interviene su mujer que, entre sollozos, presagia su fin a zarpazos suplicándole que no parta de caza. Otro cronista, Ambrosio de Morales, relata que, en 1572, aprovechando su estancia en Covadonga, se acercó a la iglesia de Santa Eulalia de Abamia y, ante su sorpresa, se encontró "al derredor de la iglesia más de doscientas lanzas hincadas". Como no encontraba explicación a tal exhibición de armas preguntó por ello. Cuál sería su sorpresa cuando le explicaron que las portaban para defenderse de los osos, "de los que había hartos".

Dicen que los cazadores son jactanciosos y exagerados; pues, alrededor de ellos y su relación con el oso se fue creando una legendaria aureola, tan guapa como falsa. Quizás en casos extremos tuviesen que recurrir al cuchillo como remedio para acabar con el animal y salvar el pellejo; de ahí, a abrazarse con este corpulento animal para utilizar el puñal como arma exclusiva, existe un abismo. A un oso se le estrecha si es de peluche. A los de verdad ni pensarlo. A dentelladas y zarpazos acaban pronto con la vida del más fornido y valiente paisano; por si esto fuera poco sus heridas son tan malas de cicatrizar que acaban gangrenándose. Muchos fueron los que salieron malheridos o perecieron en la hazaña que, de tanto repetirla, dio pie al siguiente retrato:

"El asturiano cerdoso / forcejudo y mal formado / es un mixto de hombre y oso".

Los alimañeros perseguían al oso y cobraban por cada piel entregada. También aprovechaban la carne asando sus patas enteras; haciendo chuletas; o saladas como los jamones y en embutido mezclando su carne con la de cerdo. Asimismo derretían sus grasas y sacaban el unto que, aseguraban, era excelente remedio contra el reumatismo. Por no hablar del notable valor culinario de sus manos, de gusto delicado, parte más apreciada por reyes, nobles y fijosdalgos.

Murdín, cazador de Reguera del Cabo, en Cangas del Narcea, apercibido de un tremendo oso que destrozaba colmenas y devoraba el ganado por las cercanías de Ladredo, Siero y Villarmental, y que había enarciado en Vallina Acha, salió a por él en compañía de su hijo, de seis años, al que amenazó con pegarle un tiro si no entraba a llamar al oso a la cueva. Mientras, el aguardaría a la entrada con su escopeta de chispa para abatirlo a tenazón. A gatas, muerto de miedo, penetro el niño en la cavidad y gritó: "¡Oso, sal si quies; á mí non m' eches la culpa, non me faigas na que me lo mandou l'mio pá!" Buena suerte tuvo que la contó ya que el bicho no estaba en la cueva.

El Guardián, de Villar de Vildas (Somiedo), contaba que en un prado de Villar de los Indianos (Cibea), un vecino tenía unas cerezas "mouranas" (negras), riquísimas, en sazón. Xuacón de Santiago y su amigo Carrouvo se pusieron de acuerdo para ir a ellas por la noche y pillar una buena fartura. Xuacón bien pensó que llegaba tarde. Al saltar el cierre de la finca divisó, en lo alto del árbol señalado, un bulto doblando y rompiendo ramas para alcanzar los frutos. Convencido que era su compañero de fechoría se acercó y dijo: "Chachu, déxame unas poucas". No había finalizado la frase cuando un descomunal oso -al menos eso le pareció, el miedo es libre- se tiro abajo desde la cerezal a la vez que lanzaba un horrísono rugido desapareciendo, como alma que lleva el diablo, en la negrura de la noche. "¡Vaya guardamonte que me salió al paso la primera vez que fui a robar!" Exclamó colmado de pavor.

En una ocasión se fue a Madrid el famoso Xuanón de Cabañaquinta a visitar a un ministro al que siempre acompañaba de cacería. El conserje, viendo su aspecto de aldeano, lo trato de mala manera y se burló de él. Tras la visita el ministro le acompañó hasta la puerta tratándole con deferencia. De piedra quedó el mal educado ordenanza al verlo, y pálido se puso cuando Xuanón le dijo con voz de trueno: "Oso quisiera vete yo un minuto".

Entre la piel y la recompensa por la muerte del oso los alimañeros sacaban una pasta gansa, un jornal de categoría. Así que no es extraño el siguiente lance de un padre que, tras haber disparado a cerrojazo a otro plantígrado lo dejo malherido y sufrió, como es de rigor, un furibundo ataque. Corrió su hijo a ayudarle, cuchillo en mano, y comenzó a darle puñaladas donde buenamente podía; tantas y tan rápido que el progenitor, a punto de perecer de un zarpazo, le gritó: ¡"No i des tantes, Perico; no i des tantes, que vas a afuracai el peyeyu!"

De Quirós era el cazador que, escuchó grandes rugidos; convencido que el animal ni le había visto ni siquiera olfateado, se acercó con la esperanza de tumbarlo patas arriba. Cuál sería su sorpresa cuando atisbó que el úrsido se estaba enfrentando a un enorme jabalí. Dudó unos segundos en elegir el blanco. Al final, pensando que en casa escaseaban jamones y chorizos, disparó al cochino que, al sentirse herido de muerte, pensando que el culpable era el oso, le dio tal embestida que le rajo la barriga. En uno de esos empellones sus navajas alcanzaron el corazón de la infeliz fiera. El quirosano, sin pretenderlo, había cobrado dos piezas que, sin duda, le solucionaron el sustento invernal otro día más.

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