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Las valientes que salvaron Piñera

En 1970, las mujeres de la localidad lograron frenar la construcción de una planta de aglomerado asfáltico que habría destruido la privilegiada naturaleza de la zona

23.01.2016 | 04:54
Arriba, Piñera, en su estado actual. Sobre estas líneas, varias de las mujeres que abanderaron la lucha pacífica.

En el verano del año 1970 la parroquia de San Juan de Priorio, se vio alterada por la inminente ubicación de una planta de aglomerado asfáltico en caliente de Dragados y Construcciones en la antigua explotación de Cárcaba, en Piñera. El proyecto inició su gestación a finales del invierno de aquel año. Antes de comenzar la instalación había que salvar los obstáculos. La empresa en pleno verano intentó desplegar sus infraestructuras, pero se encontró con la oposición del pueblo, y sobre todo, de las valientes mujeres de Piñera.

La construcción de una planta de estas características para el privilegiado entorno del valle del río Nalón suponía contaminación. Las vecinas describieron a los reporteros cuáles serían las consecuencias de la actividad industrial: "no queremos que vengan a quemarnos nuestras pobres cosechas, que lleguen a agostarnos nuestros pulmones; que terminen con nuestra pobreza". "Escasea el agua en el pueblo y hemos de utilizar el agua de la lluvia que recogemos de los tejados en bidones y aljibes; qué será de nosotros cuando los tejados queden cubiertos de residuos de alquitrán y polvo", argumentaban.

Las crónicas mencionaron la importancia de los vientos del nordeste en la zona, pero en este valle domina la circulación del oeste y lo que verdaderamente hace daño son las emanaciones de la Química, mucho más que las cenizas de la térmica, ya que está situada al sur. Raramente nos afectan estos vientos. Las secuelas de una actividad industrial de este tipo eran obvias y no había más solución que oponerse.

Aquellas mujeres estaban dispuestas a ceder si esta industria se alejaba uno o dos kilómetros de las casas. La propuesta se intentó vender bajo el supuesto de que duraría dieciocho meses y el pueblo se beneficiaría del asfaltado de catorce caminos. Poco después se supo que no era cierto.

La empresa y las instituciones siguieron adelante, pero las mujeres, que sintieron la solidaridad de sus vecinas de Priorio, Las Caldas y Casielles, así como de parroquias limítrofes, tomaron las riendas y se opusieron enérgicamente a la decisión de los políticos. Mujeres valientes y educadas. Así lo recogen los periodistas de la época: "hemos de reconocer la exquisita corrección de estas buenas gentes. Ni una palabra ofensiva, ni un grito estridente". Aquellas mujeres, muchas de ellas viven, (Dorita, Conchina, Julia, Rosario, Beatriz, Feliciana y Carmina), colocaron un poste de la luz y con los niños hacían una barrera para impedir el paso a los camiones con los materiales. Brazos levantados y una pintada en una tabla: "En nombre de Dios pedimos justicia". Esas fueron sus armas. Allí estuvieron día y noche hasta que la pesadilla dejó de serlo. Los hombres, (Pepe, Pedro y Fernando), recorrieron los despachos. El protagonismo de las mujeres emergía y la prensa recogía actuaciones de este tipo en Bilbao, Galicia y Gijón. El 20 de julio de 1970, en Las Segadas las mujeres organizaron una protesta para oponerse al cierre del paso a nivel ferroviario. Debemos sentirnos orgullosos de estas mujeres y de las que ya no están como Fausta, Concha, Gelita, Elena Naves, Enriqueta, Carmen Belarmo, Concha Tino, Vicentina, Nora el Valle y Amor. Fueron el ejemplo de la unión vecinal de la que ahora y desde hace tres décadas anda bastante escasa la parroquia.

La pacífica protesta se compaginó con la petición de firmas. Se creó una comisión vecinal que se dirigió al Ayuntamiento de Oviedo en la que participaron los hombres. Fueron recibidos por el concejal de la zona rural, que reconoció que el pueblo tenía razón, pero escurrió el bulto. Los encaminó a la comisión provincial de Servicios Técnicos. Fueron recibidos por otro funcionario que les mostró el dictamen favorable del Ayuntamiento. El pesimismo y la desesperación hicieron mella en el vecindario.

De modo discreto, Navia-Osorio adquirió terrenos en El Reborio para impedir que la planta pudiese situarse allí. Al final las mujeres consiguieron lo que era de justicia. Lo reflejó la prensa regional. Los perjuicios para el medio eran evidentes. Se ponía en jaque la vida de una zona privilegiada. Destacó el reportaje "Las Caldas, un pueblo a la busca de un nuevo porvenir" de Evaristo Arce en el que alertaba del peligro. Orlando también escribió en defensa de Las Caldas. La lectura de estas crónicas me llena de satisfacción porque hace casi medio siglo se ponía en valor nuestro patrimonio. Y porque mi compromiso con el desarrollo sostenible, la preservación, la rehabilitación y recuperación de mi parroquia y su entorno lo llevo desde hace treinta años y coincide con las crónicas de 1970. Hay que potenciar este entorno preservándolo de actividades nocivas y desarrollar sus abundantes recursos que fomentarán la fijación de población.

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