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Recorrido por las fuentes de Oviedo (I)

Una ciudad vertebrada por el agua

La presencia romana dejó en la capital testimonios de antiguas conducciones, como la de la Rúa, que aliviaban la sed de sus habitantes y cubrían las necesidades de líquido elemento l En enclaves como La Fontica sólo podían usarse jarros chicos

12.03.2016 | 04:49
Arriba, restos de la fuente de la Rúa. Sobre estas líneas, a la izquierda, las excavaciones que dieron lugar a su descubrimiento. A la derecha, la fuente de Foncalada

La fundación de una ciudad, de un monasterio o de cualquier otro tipo de agrupación de seres humanos, siempre ha estado asociada a la existencia de agua potable. En Oviedo no podía ser menos. La presencia romana en nuestra ciudad está demostrada. Quizás fuesen villas o cualquier otro tipo de construcción y utilidades alrededor de unas importantes vías de comunicación que han dejado huella en las Murias de Paraxuga (actual Facultad de Medicina), en Constante (lugar en que en el siglo IX Ramiro I construiría Santa María del Naranco), o en Fitoria y Villamejín.

Con el descubrimiento de la fuente de la Rúa se ha confirmado esa presencia romana en el interior del Oviedo amurallado. Si bien, este es un campo en el que doctores tiene la iglesia, quiero decir que arqueólogos e historiadores pronunciarán la última palabra.

No sabemos si Máximo y Fromestano, cuando decidieron instalarse en la colina de Ovetao, al desbrozar su entorno, se encontraron con huellas de antiguos asentamientos y las echaron a un lado, o por el contrario, el paso de los siglos las había ocultado. Lo que sí podemos tener la certeza es que en ella brotaba agua en abundancia: para ellos, sus servidores y las familias acompañantes.

Sin duda, en la fecha en la que Fruela I fundó Oviedo en compañía de su enamorada Munia, y erigió la iglesia de San Salvador y los doce Apóstoles, el líquido elemento seguía siendo suficiente para la exigua corte. En cambio, ya en tiempos de Alfonso II el Casto aumentó el número de habitantes y la situación obligó al buen rey a construir un acueducto entre el manantial de La Granda (San Esteban de las Cruces) y, según algunos señalan, los alrededores del actual entronque de las calles Campomanes, Magdalena y Arzobispo Guisasola, para proseguir hacia el entorno palaciego.

Probablemente coincida con el que el diccionario de Madoz (1858) describe de la siguiente manera: "Construidos hace muchos años, los caños de que se componen dichos encañados son de barro poco cocido, y tan mal unidos entre sí, que se filtra el agua y se pierde en gran cantidad, y por hallarse colocados sobre terreno barroso, arenisco y flojo, se adultera en tal disposición, que apenas se puede hacer uso de ella en tiempo de grandes lluvias".

De esta misma época, afirma Rogelio Jove y Bravo que: "de las condiciones en que estaba Oviedo, podemos decir que contaba con aguas excelentes y abundantes, traídas de Naranco por acueductos mandados construir por Alfonso II". En tan pocas líneas no podemos remontarnos a la noche de los tiempos, pero sí hay lugar para recordar las grandes luchas que, a través de los siglos, el Consistorio mantuvo con los vecinos y sus antihigiénicas costumbres. Así, en 1499, el regimiento manda prendar al sastre Juan Rodríguez, de Lampajúa, porque gente de su casa lavó tripas en la fuente de Cimadevilla.

"En 1522, mandaron pregonar que ninguno rompa las fuentes y alberque de día ni de noche, bajo pena de cincuenta azotes". En 1530, por el mismo delito, la pena se transformó en sesenta maravedís y diez días en la cárcel. En 1534, por lavar tripas u otras suciedades en Foncalada, castigaban con seis días de prisión y premio de un real para el acusador. Como en 1576 "los caños de el agua que biene a la plaza y fuente de Zima de Villa están rotos y se ba el agua por muchas partes", una ordenanza acuerda con Juan de la Inzera el mantenimiento de la misma. En 1601 "la ciudad manda que ninguna persona lave ropa ni otras cosas en las fuentes de la ciudad". En 1748 acuerdan dar un bando por el que los que tuviesen caballerías las llevasen a abrevar al caño del Campo.

En los Autos de Buen Gobierno y Policía de 1791 se ordena: "Que no se puedan llebar a caballerías algunas a beber a otros caños o fuentes que a las de la Puerta de la Noceda, Campo de San Francisco, plazuela de los Pozos, o calle de la Picota, Puerta Nueva y calle de el Rosal. Que en ninguno de los cuvos o alvercas de los caños, o fuentes se pueda lavar ropa alguna de cualquiera género que sea, baxo de la misma pena de cuatro reales, y solamente se pueda labar en la pilas o labaderos que reciben el agua de dichos cubos o alvercas, y se hallan construido para dicho fin".

En 1814, se modifica: "En ninguna de las tazas de las fuentes o caños de esta ciudad se lavará ropa alguna de cualesquiera género que sea, y solamente se podrá executar en los lavaderos de la Puerta Nueva, Regla, Foncalada, las Dueñas, Rosal, la Galera y la Noceda; pena de ocho reales la primera vez, y pérdida de la ropa que estuviese lavando por la segunda. Ya, en 1833, como algunos hacían tabla rasa de la higiene, las prohibiciones se amplían a la friega de herradas, a lavar pescados o verduras, a limpiar los albañiles las brochas u otra clase de objetos, ni arrojar inmundicias que enturbien o alteren las aguas.

Siete décadas más tarde, no se lo pierdan, las cosas seguían, más o menos, igual. En las Ordenanzas Municipales de la Ciudad de Oviedo y su término, publicadas en 1882, y en el capítulo II, los artículos dedicados a las aguas públicas insisten en los males anteriores y disponen que en las fuentes públicas o sus alrededores no se estacionen las personas ni se detengan más tiempo que el necesario para proveerse de agua, haciéndolo siempre por riguroso turno de llegada.

La cuestión comenzaba a tornarse seria cuando a los que infringieran las normas se les llegaba a castigar con multa de entre una y dos pesetas, según la gravedad de la falta.

Vamos, al cambio, como si en la actualidad te prindase la Grúa el coche. Para agilizar la espera siempre tenía preferencia el que se detenía solamente a beber. Por ello los que estaban llenando ferradas y otras vasijas de uso doméstico y para beber debían de cederle el turno. Para otros menesteres ajenos a los señalados, por ejemplo distraer o desviar el precioso elemento para riego, se prohibía utilizar el caudal de las fuentes.

Curioso era el artículo 363, cuando decía que en consideración a que la abundancia de aguas, permite surtirse en el momento a los vecinos de cuanta quieran, y a que la de la Fontica no es aprovechable sino para beber, queda prohibido recoger el agua de esta fuente en ferradas y otros recipientes de igual o mayor tamaño, permitiéndose solo en jarros chicos de uso ordinario.

Asimismo, en todas las fuentes seguía prohibido lavar ropas, trapos, legumbres, tripas o cualquier otro objeto; fregar herradas, calderas y demás vasijas, con unas importantes salvedades: ferradas y cangilones podían fregarse en las fuentes de Fontán, Prado, Fumaxil, Regla, Fozaneldi y Teja; pero respecto a las calderas y demás útiles de cocina, solo se autorizaba en el Río de San Pedro, Puerta de Santullano, Pumarín, Fuente de la Peña y demás sitios de esta clase en las afueras de la ciudad.

Casi siempre fuente y abrevadero eran una sola pieza, de hecho, para prevenir accidentes, los animales debían ser guiados por personas mayores de catorce años, no llevar más de tres caballerías a la vez y conducirlas siempre al paso.

Ya metidos en harina, quiero decir en agua, no está de más hacer una referencia a los baños públicos, que en la penúltima década del XIX, mantenían una reglamentación especial. Para evitar desgracias, los niños de ambos sexos, menores de doce años, no podían bañarse si no era a la vista y cuidado de persona mayor que les vigilase de cerca.

En dicho recinto tampoco permitían entrar a bañarse a personas embriagadas ni a dementes, a no ser, respecto a estos últimos, por prescripción facultativa y, en ese caso, a la vista y cuidado de pariente o persona responsable. No mencionaban las penas pero sí advertían severas medidas para todos aquellos que faltasen de cualquier forma a lo que exige la decencia, la honestidad y la moral pública.

Tolivar Faes, en "Nombres y cosas de las calles de Oviedo", menciona las siguientes fuentes: Águila, Angelín, Arrojinas, Balesquida, Baptisterio, Boo, Campo, Capitana, Caracol, Cimadevilla, Claustra de San Salvador, Cueto, Dueñas, Fitoria, Foncalada, Fontán, Fontanines, Fontica, Fozaneldi, Fuentona, Fumaxil, Galera, Hierros, Luminosa, Manzaneda, Mariblanca, Neptuno, Noceda, Pando, Paraíso, Patos, Plaza Mayor, Portal, Prado de San Francisco, Proveedora, Puerta Nueva, Puerta Rodil, Ranas, Rayo, Regla, Sansón, Santa Clara, Teatinos, Teja, Ules y Xatinos.

De algunas de ellas, y de las condiciones en las que se encontraban a finales del siglo XIX, daremos noticia más amplia el próximo sábado.

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