Honores regueranos en un cajón del Águila Negra

Recuperan en unas oficinas de la vieja fábrica documentos de 1930 de una fiesta para honrar a dos benefactores del municipio

02.04.2016 | 04:21
1. Un cortejo de coches, ante el Ayuntamiento, en Santullano, en noviembre de 1930. 2. Los homenajeados, con varias regueranas. 3. Un grupo acude a despedir a los homenajeados a El Musel. 4. Carolina Maraboto y Cesáreo González.

Un día, hace de esto algún tiempo, recibí una llamada de Olegario, un empresario de Colloto, donde dirige la Ferretería Garihogar, con una decena de puestos de trabajo, a pesar de la crisis, quería hacerme un regalo que le parecía interesante para añadir un capítulo a la Historia de Las Regueras, "Diálogos en la Carcabina", que fue su primera escuela. Entonces lo llamábamos Garín, un niño inquieto y avispado, que participaba también de monaguillo, en las liturgias de la iglesia parroquial.

Olegario me contó cómo había llegado a sus manos la información de manera inesperada, y que había decidido confiármela a mí, ya que se trataba de "mis parientes honoríficos de Las Regueras".

El hallazgo está vinculado con la triste desaparición de cerveza El Águila Negra, entre cuyos bienes estaba un piso situado en la calle Asturias, que había sido adquirido ya cuando la fundación de la fábrica para residencia de un directivo alemán, experto en la industria de la cerveza. Cuando estaba a punto de ser enajenado, quisieron hacer una revisión por si quedaba alguna cosa que pudiera tener interés. Allí, entre multitud de papeles, encontraron estos simpáticos documentos gráficos de nuestro concejo y se los entregaron a Olegario, "porque saben que soy natural de Las Regueras", me decía él con orgullo.

Lo comenté con mi amigo Juan Goti. Lo primero que hicimos fue acudir al Ayuntamiento para obtener el permiso de acceso a los archivos municipales. De momento no fue posible, a causa de las obras de reforma en el edificio Consistorial. Se trata del reportaje gráfico de la fiesta que tuvo lugar en la plaza del Ayuntamiento de Santullano, en un día de noviembre de 1930, para honrar a Cesáreo González y a Carolina Maraboto que, por ser grandes benefactores del concejo, eran honrados con los máximos honores que podía otorgar el Ayuntamiento constitucional de Las Regueras.

En la parroquia de Balsera, está el barrio de Rañeces, en las estribaciones del río Nora, muy cerca de sus famosos meandros. Cuando llegué en los años cincuenta, era el barrio más denso y populoso de la parroquia. Tenía su propia carretera, su fuente-lavadero, las casas todas bien agrupadas y cuidadas, con una hermosa escuela y un par de bares. Una de aquellas antiguas casas era conocida como la casa del Mayorazgo, de donde un día salió el joven Cesáreo, el tercero de cinco hermanos, camino de las Américas. Primero estuvo en Cuba, pero pronto se trasladó a Méjico donde se le ofrecían más oportunidades de trabajo.

En Tampico logró hacerse camino por su tesón, ingenio y honradez, y fue creando un ambiente tal que le permitió escoger como esposa a Carolina Maraboto, hija de uno de los dirigentes de la ciudad. Como no tenían descendencia, en una de las largas visitas que hacían a Rañeces, tomaron como hija en adopción a Josefina, hija de su hermano Corsino.

La obra benefactora del indiano de Rañeces me era bien conocida ya desde mi llegada a la parroquia. Al pasar por la curva de la carretera de acceso al pueblo, me paraba a leer los textos, grabados en piedra, de don Cesáreo González y veía que los vecinos aún lo recordaban con gratitud, porque les había hecho la carretera, la fuente con el lavadero y el edificio de la escuela, dejando al pueblo muy por encima de todos los barrios del concejo, pero ignoraba que hubiera sido galardonado por el Ayuntamiento, nombrándolo "hijo predilecto".

De quien no sabíamos nada era de su esposa doña Carolina Maraboto, que había sido proclamada hija adoptiva a la vez que su esposo. Ella aparece siempre a su lado en todos los testimonios gráficos que conservamos.

La personalidad de Carolina, queda testimoniada en las escuetas palabras del titulo de su nombramiento. "Por cuanto atendiendo a la caridad cristiana, altruismo y virtudes cívicas que concurren en doña Carolina Maraboto González, digna esposa de don Cesáreo Fernández y G. Rico, el Pleno de la mencionada Corporación municipal, a petición de la generalidad del vecindario...".

Así es como Carolina, venida de las lejanas tierras de Méjico, se afincó en Las Regueras, siendo ella la primera hija adoptiva, que conozcamos, quedando como mi "hermana mayor" en el "cursus honorum" de este mi pueblo de Las Regueras. Más como la Providencia, que llamamos casualidad, va por caminos diferentes, empecé a buscar las coincidencias que tenemos estos dos seres tan separados por el espacio y el tiempo. Carolina "nace" como hija de Las Regueras en el año 1930. En ese mismo año, en Villoria de Laviana, situada en la cuenca del Nalón, río que baña también a Las Regueras, empecé a andar el camino que me llevaría, 70 años más tarde a "nacer".

Pero hay otro detalle que descubrí a última hora y que casi parece arte de magia: en el acta del nombramiento fechada en 1930, aparece bien legible, la firma del alcalde Miguel Tamargo. Era en tiempo de la monarquía con Alfonso XIII; después vendría la República, luego la Guerra Civil y la Dictadura, y por fin, volvería la democracia.

Setenta años habían pasado y veinticinco desde que yo hubiera dejado mis parroquias, cuando recibí el honor de ser hijo adoptivo de Las Regueras, en un pergamino con la firma del alcalde Miguel Tamargo. ¿Qué pasó?

En Las Regueras de los 60, las casas seguían todavía sin numeración: sólo se las identificaba por un mote más o menos ancestral, que solía perpetuar algún rasgo sobresaliente de su historia familiar. (Que pena que ya no sea Celso de la Carcabina, sino del 9 de Escamplero). Seguro que cada casa sabía su propia historia, y alguna querría cambiar el apodo, pero, gustara o no, se aceptaba sin discusión.

Uno de los caseríos de Lazana lleva el mote de "ca Donmanuel". El cabeza de familia era Manín. Yo pensé en él, al principio, para ser responsable de la Traída de aguas en Lazana, y aceptó con entusiasmo. Cuando muchos años más tarde coincidimos en un chigre, me acerqué a saludarlos y comentó con los amigos: "Non valemos pa na, pero a esti hombre había que hacey una estatua". Y le respondí: "No, Manín, que luego tan los páxaros tol día cagándoi-i na cabeza". Nos reímos todos.

Bueno, pues ahora descubro que este Manín es hijo de Miguel Tamargo que fue alcalde de Las Regueras y es también el padre de Miguel Tamargo, nuestro alcalde que presidió este concejo hasta la segunda década de este siglo XXI. ¿Verdad que el mundo es un pañuelo?

Pero aún hay más: el bisabuelo de Miguel también fue alcalde, allá por los tiempos de Isabel II. Se llamaba Manuel. Con él se creó el mote de la casa de Lazana, allá por el siglo XIX. De muy joven ya se había ido a Cuba, y a su regreso, contrajo matrimonio con una aristócrata del Palacio de La Doriga, que tenía numerosas posesiones. Así fue como vio ocupado todo su tiempo en la administración de las rentas y en la atención a los arrendatarios y era el señor don Manuel.

Pero el que sí merece un homenaje, aunque ya sea póstumo, es nuestro Manín de ca Donmanuel, que fue nieto, fue hijo y fue padre de alcaldes en los tres últimos siglos. El fue el único de la saga que no llegó a serlo, porque, sólo en su tiempo, el alcalde no fue elegido por los votos del pueblo.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine