Lne.es »
Arte en el Campo San Francisco (I)

Piedra labrada en el bosque

Entre árboles robustos el parque encierra esculturas enraizadas en el tiempo l Obras como el monumento a José Tartiere se sufragaron por suscripción popular

02.04.2016 | 04:21
A la izquierda, "Encarna con Chiquilín", de Sebastián Miranda. A la derecha, monumento a Tartiere.

¿El huevo o la gallina? Tenemos serias dudas de quién existió primero. Sin embargo, ¡qué tontería!, no tenemos ninguna incertidumbre en cuanto a los inicios del Campo San Francisco. Yo creo que los monjes benedictinos Fromestano y su sobrino Máximo, desbrozaron un terreno cultivado hacía algún tiempo por los romanos y otros antiguos pobladores de nuestra colina sagrada. Por supuesto que con los deliciosos perfiles protectores de las sierras del Naranco y Aramo entre pecho y espalda y a la vera de un impresionante bosque.

Apreciar aquellos robustos robles y castaños entremezclados con hermosos ejemplares de abedules, sauces y demás vegetación de ribera y asociarlos con el futuro de la ciudad que acababan de fundar fue todo uno. ¡Así, como adelantados ecologistas del siglo VIII, dieron ejemplo a las generaciones venideras para que, a ejemplo y semejanza, continuaran conservándolo por los siglos de los siglos! Santa enseñanza, si bien, tras el paso de muchas centurias, este lugar se convirtió, aunque severamente menguado de superficie, en lo que hoy conocemos como el pulmón de Oviedo y los de casa, familiarmente, denominamos "El Campo". Es decir, nuestro entrañable Campo San Francisco. No en vano, ya en el siglo XVI, se aseguraba que: "Es la principal e mejor salida que esta ciudad tiene e donde la gente más concurre".

Quizás el mismo San Francisco, en su viaje de peregrinación a la tumba del Apóstol Santiago, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en un vetusto carbayo, haya escrito una parte de "Las Florecillas" o predicado a los pajarillos que revoloteaban a su alrededor. Porque por aquellas calendas el bosque estaba extramuros; todavía en el plano de don Francisco de la Concha Miera, dibujado en 1777 por don Francisco Reiter, se puede apreciar que en el Oviedo del otro lado de la muralla, por su parte occidental, pocos más edificios había que los de Universidad, Colegio de Santa Catalina de Alejandría, capilla de la Cofradía de San Sebastián y convento de San Francisco con su gran huerta, extendiéndose la arboleda hasta el mismo Hospicio; institución que entró en funcionamiento a finales de 1754. Por el otro lado, en la actual Escandalera, se encontraban la capilla de La Magdalena y las huertas del convento de Santa Clara y, asimismo, hacia el sur se extendía por todo el lugar que se conoce como Llamaquique. En el plano de Oviedo de 1853, realizado por el catedrático Joaquín Mª Fernández, ya figuraba, además del Salón del Bombé, el gran espacio rectangular ocupado por lo que, desde el año 1846, se transformó en el Jardín Botánico, que más o menos se encontraba alrededor de donde hoy se alza la fuente del Angelín. El resto poco había variado.

Proseguimos ascendiendo en el tiempo para llegar a 1885 y, en el plano dibujado por Manuel González Vidal, podemos observar que ya figura construido el hospital-manicomio en Llamaquique, la Fábrica de Chocolate "La Perla Americana", en Santa Susana y, seguido, la Quinta de Roel. En su cercanía, en El Fresno, el nuevo depósito de agua.

La calle del Campo de la Lana se prolongaba a través del parque para convertirse en la carretera de Trubia. La recién estrenada calle de Uría comenzaba a urbanizarse y la de Toreno, aún sin denominación, ya deja ver su trazo. Entre esta última y el Real Hospicio tan solo menciona la Quinta de Villazón.

Siglos más adelante los estudiantes sopistas, a la sombra del totémico "Carbayón", mataban el hambre con la sopa franciscana. Pues, seguro recuerdan ustedes que por las calles de Platería, Rúa, Comercio y Rosario ascendían hasta el paseo del Espolón, en donde lucían teja y manteo, don Fermín de Pas, don Fortunato Camoirán, don Cayetano Ripamilán y otros canónigos. Todos ellos fueron predecesores de un observador impertinente, Woody Allen, que, desde la calle Milicias y aunque a menudo el imbécil de turno le sustrae los impertinentes, jamás quita el ojo a todo lo que acontece en el recinto campestre. Por su risueño entrecejo pululan sin cesar barquilleros, castañeras, madres, niños, jubilados, oficinistas, amarteladas parejitas, turistas, comerciantes, mozas de buen ver sobre altos tacones, corredores de fondo, canes de todas las razas y hasta "Manolín el Gitano". Nada ni nadie se resiste a su penetrante mirada, ni siquiera el ya familiar y malhumorado ánsar del Nilo.

Qué curioso se vuelve, cómo pone la oreja nuestro famoso director de cine cuando escucha a los mayores comentar que El Campo ya no es lo que era. Todo porque los niños, con los móviles en ristre, han desechado la agradable e imprescindible vida social de los juegos en equipo, de la conversación a cuatro bandas, de las primeras palabras de amor en los oídos de?; de la queda y el pío campo; de cuchillo, tijera, ojo de buey y de pica la mula; mas los partidos de fútbol en el Paseo de los Curas o en la desaparecida pista de cemento de La Herradura -ocupada por un horrible e insoportable edificio que nada pinta en este entorno ¡A ver para cuándo el concejal de Parques y jardines certifica su desaparición!

En la parte oriental del Paseo de los Álamos, al pie del Escorialín, nos topamos con la "Encarna con Chiquilín", una de las obras del ovetense Sebastian Miranda (1885-1975) que adornan Oviedo. La escultura en bronce, copia moderna, de mayor tamaño que la original, muestra a una gitana con serena faz, amamantando a su hijo. Preciosa y apropiada ubicación con la torre de la Catedral asomando al fondo.

Al lado de la anterior, sufragada por suscripción popular e inaugurada en 1933 resalta la obra de dos grandes escultores ovetenses, Víctor Hevia y Manuel Álvarez Laviada, en honor del gran prócer de la empresa José Tartiere, que muestra al protagonista en posición sedente.

Unos metros más allá, a la puerta del Paseo de Francia, se encuentra dos obras de Hevia que simbolizan al amor y al dolor, sufragadas por el Marqués de la Rodriga. Al fondo del paseo está el busto en bronce del General Sabino Fernández Campo, merecedor de él, de Víctor Ochoa, que a pesar de captar su personalidad, ni está en el lugar conveniente ni tiene el tamaño apropiado. En la próxima entrega reanudaremos el recorrido para visitar, una por una, las esculturas restantes.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine