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La emoción desborda la despedida de Eloy

Cientos de compañeros, familiares y amigos lloran en Pola de Siero al bombero fallecido en el incendio de Uría

10.04.2016 | 17:12
Luis Palacio Valle, con el casco de su padre, fallecido en el incendio de Uría, recibe el pésame de un bombero de Oviedo, ayer en Pola de Siero. A la derecha, su hermano mayor, David. miki lópez
La emoción desborda la despedida de Eloy
La emoción desborda la despedida de Eloy
La emoción desborda la despedida de Eloy

Luis no se apartó ni un minuto del casco de su padre, Eloy Palacio Alonso, el bombero fallecido durante la extinción del virulento incendio de un edificio de la calle Uría el jueves. Sus compañeros del parque se lo entregaron en el tanatorio minutos antes del entierro, ayer al mediodía, en Pola de Siero. El pequeño, de 11 años, lo cargó en brazos hasta la iglesia y después, sentado en un banco, lo abrazó contra el pecho mientras seguía la misa.

El entierro del bombero muerto fue una ceremonia de gestos, más que de palabras. Gestos como el del pequeño Luis aferrado el casco y también el de su madre, Marta Valle, que no quiso abandonar el templo sin abrazar, uno a uno, a los compañeros de turno de su marido, que escoltaron el féretro. Gestos como el del superviviente de la tragedia, Juan Carlos Fernández "Cuni", que apenas camina por la lesión en una pierna, pero fue al funeral sin muletas ni más apoyo que los hombros de dos compañeros. Y también fueron un gesto para dar salida a la emoción contenida los tres aplausos espontáneos que se sucedieron, incluso dentro de la iglesia.

Cientos de personas, muchos de ellos profesionales de cuerpos de seguridad y emergencia llegados de varias ciudades, despidieron en la iglesia de San Pedro a "un luchador que se desvivía por los demás", como lo definió el párroco Sergio Martínez.

Un cortejo de bomberos llegados de diferentes parques de todo el país escoltaron el féretro de Eloy Palacio por las calles de Pola de Siero hasta la iglesia. Agentes de la Policía Local de Oviedo, de uniforme, hicieron un pasillo a la entrada para abrir paso. Llevaba un rato lloviendo a chuzos en un sábado que ya era gris antes de amanecer. La viuda, Marta Valle, y sus dos hijos, Luis y David, llegaron con el resto de familiares.

Una de las personas que se acercó en ese momento a dar el pésame fue el jefe del cuerpo de bomberos de Oviedo, José Manuel Torres, que aguantó todo el funeral emocionado pero contenido, mirando al suelo, hasta que al final no pudo más y rompió a llorar. Como la mayoría de los que estuvieron ayer en Pola de Siero para dar el último adiós a Eloy Palacio.

El primer aplauso, a la una de la tarde, rompió el silencio cuando seis compañeros del turno del fallecido cargaron el ataúd para introducirlo en la iglesia. Dentro esperaba el párroco, que empezó la misa reivindicando la entrega de los bomberos "que ofrecen su vida por un trabajo y se arriesgan para tener una sociedad más justa y mejor", aunque a veces, apostilló "no lo valoramos lo suficiente". Eduardo Martínez leyó también unas palabras escritas por el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz, para el funeral: "Sucesos como este hacen que todo pase a un segundo plano.

La muerte nos quita la palabra vida de los labios y solo nos queda dejar que hable el corazón. Eloy no tuvo en cuenta horarios ni descanso, cuando se le requirió para su último acto de entrega. Son personas que arriesgan su vida para salvar las de otros. Descanse en paz". Tras leer el mensaje del Arzobispo, el sacerdote pidió a la familia, amigos y compañeros de Eloy que se quedasen "con todo lo bueno que dejó" y terminó pidiendo "que nos espere en el cielo, donde seguramente seguirá haciendo alguna cosa por los demás".

El segundo aplauso espontáneo surgió cuando Marta Valle se levantó del banco que ocupaba con sus dos hijos para acariciar el féretro de su esposo y abrazar, uno por uno, a los bomberos que lo estaban escoltando, rotos también por el dolor.

Fuera aguardaba el coche fúnebre para pasar la última página del libro del bombero Eloy Palacio. Había mucha gente en la iglesia y tardó al menos quince minutos en desalojarse. Uno de los últimos en salir fue "Cuni", arropado por sus compañeros. Los asistentes, que a esa hora ya formaban corros a la puerta del templo, se percataron rápidamente de quién era aquel chaval que llevaban en volandas. "No era para ti, nenín", le dijo una señora llorando. Y sonó el último aplauso.

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