Claroscuros en el Campoamor

"El mercader de Venecia" se mete al público en el bolsillo con su maestría para aunar llanto y risas en la misma escena

16.04.2016 | 06:18

Como si de un cuadro de Joseph Wright se tratase, el escenario del teatro Campoamor se convirtió ayer por la noche en un juego de luces y sombras, colores cálidos y fríos, personajes luminosos y oscuros, en definitiva, en un pulso entre el derroche de amor y de venganza. "El mercader de Venecia", el texto de William Shakespeare que puso en escena la compañía Noviembreteatro, se alzó con el éxito en la inauguración de la temporada de teatro de la ciudad gracias a esa técnica del claroscuro llevada a su mejor versión. Hasta tres veces tuvieron que salir a saludar sus diez actores para corresponder a los sentidos aplausos del público, que salió encantado gracias a ese baile de emociones por el que se dejaron llevar durante casi dos horas.

La comedia, aderezada con máscaras venecianas y trajes coloridos, realizados por la prodigiosa aguja de Lorenzo Caprile, arrancó las primeras carcajadas en el público gracias a las locuras de un casi burlesco Bassanio, interpretado por Toni Agustín; y sus contrapuntos, con el enamorado y pizpireta Graciano, interpretado por Fernando Sendino; y un melancólico y bondadoso, aunque algo frío en escena, Antonio, realizado por Francisco Rojas. Los pasos casi de danza y el ambiente festivo de los negocios fructíferos y el triunfo del amor, dieron paso al lado oscuro, personificado en el rudo, insensible, codicioso y vengativo judío Shylock, interpretado brillantemente por el veterano actor Arturo Querejeta. Pero, a pesar de la carga dramática de las escenas protagonizadas por Shylock, Eduardo Vasco, el director, consigue en esta producción convertir esos episodios en lección más que en golpe, en el poder del bien sobre el mal. Hasta en las escenas más intensas, como la famosa firma del contrato en el que Shylock le pide una libra de su carne a Antonio si lo incumple, Vasco sabe cambiar inmediatamente el registro para que el espectador se quede con buen sabor de boca.

Escenas que se desarrollan a la vez, diálogos paralelos, mujeres que derrochan delicadeza en la piel de una mujer y personalidad y carisma en la de un hombre, como Porcia, interpretada por Isabel Rodes. Y un trabajo de iluminación y color que se convirtió en la guía de la mirada y la sensibilidad del espectador. Un texto de primer nivel revestido con la mejor comedia del arte.

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