17 de septiembre de 2016
17.09.2016

La peña motorista

Sobre la afición por las motos en la ciudad durante los años cincuenta

17.09.2016 | 01:15

La peña motorista estuvo durante muchos años en la calle Independencia. Lo que no recuerdo exactamente era a que casa pertenecía, si de Independencia o de Uría, esta última entrando por un portal próximo al comercio La Dalia, pegado a la carnicería Colunga. Pero es igual, la cosa es que tenían un gran cartel anunciador, cubierto con cristal, y una escalera con pocos peldaños que provocaban su entrada a las dependencias.
Recuerdo que uno de sus ejecutivos se apellidaba Llamas y era conocido de mi padre. Tal circunstancia era lo que producía que cuando había carreras de motos en aquella época, Llamas se lo decía a mi padre y él me llevaba a ver tal deportividad, si es que se puede llamar así incluso en aquellos años 50 del pasado siglo.

Las carreras no sé por dónde se producían, porque nosotros nos situábamos en la calle Santa Susana y las motos venían por la avenida de Galicia. Nuestra ubicación para verlas mejor era en un paredón pegado al inmueble de lo que fue la confitería y cafetería Alameda, y de esa forma veíamos dar la vuelta en la Gran Vía y después el tramo recto por Santa Susana.

El sitio debía de ser estratégico, porque enfrente de donde estábamos se instalaba una gran tribuna, reservaba a personalidades y autoridades.
La tribuna en cuestión era de madera y en ella se ponían sillas para un mejor acomodo. Ya no cabían más sillas e incluso había gente de pie para ver mejor.

Aquellas motocicletas eran enormes, como sus motoristas, de marcas lógicamente extranjeras, como Norton, Kawasaki, BSA, con ruido infernal y un ancho de rueda impresionante. Vibraba el suelo cuando pasaban y los aplausos del público parecían aumentar su velocidad.

Pero en una de esas carreras, y cuando la tribuna estaba quizá más llena de gente, cedió su base y la gente se vino abajo. Cayeron sin piedad unos encima de los otros y otras, claro. Mi padre no quiso que mirase aquel espectáculo y, pasados los primeros sustos, nos fuimos.

No sé si la carrera llegó a suspenderse, porque ni me entere ni me acuerdo, solo que al llegar a casa mi padre le decía en voz baja a mi madre: "¡Qué vergüenza!, había señoras que no llevaban bragas".

No hemos vuelto más a ver carrera alguna de motocicletas.

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