17 de septiembre de 2016
17.09.2016

Mi primera visita

Un inolvidable encuentro con el tenor Giacomo Lauri-Volpi

17.09.2016 | 01:15

Después de una correspondencia con Giacomo Lauri-Volpi, nos decidimos a visitarle en su domicilio de Burjasot. Tocamos la campana y nos abre la puerta de hierro un hombre robusto, un gallardo anciano de mucho cabello blanco y el típico aspecto de un italiano del Lazio. Este palacete lo compraron en 1924. Hay mucho silencio y nos damos cuenta que hay un clima de vacío y soledad. Quien nos acompaña es Lauri-Volpi, el tenor italiano que durante cuarenta años ha entusiasmado al público de los mejores teatros del mundo, interpretando con voz mágica las óperas de Verdi, Rossini, Donizetti, Mascagni, Puccini, Bellini y otros famosos compositores.

Además de aquella especie de magia que tenía su voz, poseía un carisma espiritual, llamado María Ros, su esposa, esposa y gran amor de su vida; un amor vivido con profundidad de sentimiento y con sentido religioso de la vida. María Ros había muerto en este "buen retiro" el 14 de septiembre de 1970, y su marido había quedado aquí para vigilar su memoria y mantener coloquios con ella. "Mi María está enterrada en Rodela y yo soy el guardián de su sepulcro, pero yo no me duermo".

Podríamos decir muchas cosas de este matrimonio. Las resumiré en pocas líneas. Lo primero es que en aquel momento, con 80 años, el tenor cantaba todavía con voz fresca, vibrante. Él nos decía que era "un auténtico milagro", y para él la prueba más bella de la existencia de Dios.

Después de un "Guillermo Tell" cantado en el Metropolitan, tras haberlo interpretado en la Scala, Opera de Roma, San Carlos de Nápoles, Colón de Buenos Aires, los rigores del invierno le dejaron ronco y después mudo. "Estaba desesperado y María a mi lado me daba confianza, y un día me volvió la voz y nos abrazamos, y le pidió al Dios bendito que me concediese la gracia de conservarla hasta mis últimos días. Tengo 80 años y la voz está aquí, clara, fuerte, segura, como a los treinta años. A todos parece un milagro, es que es un milagro. No me atribuyo ningún mérito. Soy el depositario de un don".

Atribuía el milagro a la colaboración de María Ros. Me enseñó que la espontaneidad no se improvisa, el falsete no es media voz. María Ros, maestra de arte también, fue consejera de Fiyi Pons y Franco Corella. Ella está siempre en el corazón de su marido, que vive solo, cerca de la residencia de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, orden fundada por la madre Teresa Jornet, canonizada por el Papa Pablo VI. El tenor italiano cantaba para ellos el día de Navidad con aquella voz aquilate, que era como una tromba de plata.

Nosotros nos encontramos al tenor italiano en la mayor soledad. Nos decía: "Sin la voz, que es mi consuelo, yo no podría vivir". Así nos recibió el tenor romano. Era un ser desconsolado de recuerdo de su María.

Pudimos comprobar que su alegría aparente, como persona inteligente, de gran cultura, residía en la acción; lector incansable y escritor diario, estaba preparando un libro, "Parlando a María". Cristiano sereno y serio, de apasionada vocación intelectual, rodeado de libros y sumergido con el recuerdo permanente y amoroso de su María. "Para mí el secreto de la felicidad viene dado en los versículos de San Mateo: ´Pedid y se os dará. Buscad y hallareis. Llamad y se os abrirá´".

Nosotros lo escuchamos con una mezcla de emoción y afecto. Lo consideramos un fuera de serie por la nobleza de sus sentimientos.

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