17 de abril de 2018
17.04.2018

Carlos Prieto, maestro del chelo y la palabra

El músico deleita a los asistentes a la presentación de su nuevo libro con una charla plena de anécdotas y un concierto

17.04.2018 | 03:33
Carlos Prieto, ayer, durante su concierto en la Universidad.

Parece imposible, pero Carlos Prieto, uno de los más virtuosos violonchelistas del mundo, es tan ágil con la pluma y la palabra como al arco. Ayer retornó a su Oviedo del alma, a la ciudad de sus padres, para presentar su libro "Mis recorridos musicales alrededor del mundo. La música en México y notas autobiográficas". y convirtió la cita en una velada deliciosa, plena de anécdotas y ocurrencias, culminada con un concierto a la altura de su fama.

Había expectación en la capilla del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo ante la presencia de Prieto. Descendiente de asturianos emigrados en México, el músico ha retornado a la región en diversas ocasiones, para ofrecer conciertos siempre en el rango de lo memorable. En su presentación, el musicólogo Cosme Marina situó con precisión al chelista, miembro de una estirpe de músicos que se han legado, de generación a generación, no sólo su talento, también una formación: el "Cuarteto Prieto". Un grupo primoroso que ya va por su cuarta generación, siempre instalados en la excelencia.

Marina glosó el volumen de Prieto, el título más reciente de una obra escrita que ya ha dado numerosas alegrías a melómanos y lectores en general. Un libro que conjuga el ensayo histórico sobre la música mexicana con el género biográfico y la literatura de viajes, todo ello en perfecta armonía. Pero fue cuando el músico tomó la palabra que todas las vivencias de ese volumen cobraron vida en la capilla universitaria, animadas por el ingenio del músico.

Con la misma agilidad con la que interpreta a su admirado Shostakóvich, Carlos Prieto encadenó vivencias y anécdotas ante un auditorio rendido. Reveló que su formación en el chelo fue "obligada", y que comenzó cuando sólo tenía cuatro años: "Un tío mío se había trasladado a París y el cuarteto carecía de chelista. Así que mi madre me compró un chelito, del tamaño de un violín, y así empecé". Nunca se quejó por tener que asumir una "obligación" que amó desde el primer día.

Con 16 años, terminados sus estudios musicales y con una gran capacidad para las matemáticas, se encontró ante una encrucijada. La salida fue prodigiosa: logró entrar en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, en sus siglas en inglés), donde estudió dos carreras, y una vez allí se hizo con una plaza titular en su orquesta. En Boston, Prieto descubrió a Shostakóvich, y comenzó a estudiar ruso: "Hacía todos los cursos que salían, incluso uno de ruso científico, que nunca me sirvió de nada".

De vuelta a México, trabajando como ingeniero, su dominio del ruso propició que, al enfermar un intérprete, fuese reclamado por la embajada soviética para acompañar a Anastás Mikoyán, en la época "número dos" del régimen soviético, durante una visita al país. Mikoyán le ofreció estudiar en Moscú y, tras una espera de dos años, le dieron una beca para estudiar música.

Viviendo en la Unión Soviética, Prieto fue testigo del retorno de Ígor Stravinski al país, a quien el mexicano conocía desde niño, pues era amigo de sus padres. También vio un memorable "Boris Godunov" en el Bolshói, que tuvo más espectáculo en el palco que sobre el escenario: allí estaba Nikita Jrushchov, emitiendo sonoras carcajadas en medio de la función, pese a que eran los compases iniciales de la "Crisis de los misiles". Al llegar a casa, Prieto encontró un telegrama en clave de su padre: "Tu tío está enfermo en París, vete a verlo urgentemente". Pero, tras escuchar las carcajadas de Jrushchov, Prieto desechó la posibilidad y contestó: "Mi tío muy mejorado. Aquí me quedo".

Anécdota tras anécdota, Carlos Prieto fue conquistando al público. El colofón fue el relato de cómo, para poder embarcar a su violonchelo en la cabina de los aviones, él y su mujer optaron por ponerle nombre: Chelo Prieto. Eso les permitía sacarle billete y ahorrar tiempo en los aeropuertos.

Un día, en el aeropuerto neoyorquino de Laguardia, una auxiliar les preguntó dónde estaba esa "Miss Chelo Prieto" que figuraba en el billete. "En ese estuche", contestaron. La auxiliar, que ya había tratado con más músicos, sonrió. "¿Y qué edad tiene la señora?", preguntó. "Justo este verano celebraremos los 296 años", respondió Prieto. "Entonces", terció la auxiliar, "vamos a hacerle el descuento para la tercera edad".

La anécdota fue respondida con una sonora carcajada con guarnición de aplausos. Pero las risas mudaron en gestos de admiración cuando, acto seguido, el músico sacó a "Miss Chelo Prieto" de su estuche y comenzó con ella un asombroso baile al ritmo de Bach. Y la buena señora, próximos ya sus 298 años, demostró que sigue en forma.

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