J. A. FLÓREZ LOZANO
«Dime tú lo que quiero
que no lo sé.
Despoja a mis pasiones
de su velo
Descríbeme mi mar,
Mar de lo eterno».
Miguel de Unamuno
Según las personas mayores, el temor más grave y la peor de las enfermedades es la soledad. Sin duda nada teme el hombre más que enfrentarse a sí mismo y a sus preguntas más profundas. La soledad es la consecuencia del desarraigo familiar y social de la gente mayor. Sólo queda camuflada en los hogares y en los centros de jubilados, pero sin duda es uno de los factores más temidos para el colectivo de nuestros mayores, pues acentúa la sensación de abandono. Algunas personas que viven solas pasean por lugares concretos en los que saben que encontrarán a otras de su mismo grupo de edad con la esperanza de poder establecer algún tipo de relación.
La soledad se muestra en los primeros planos de los rostros, se lee en las arrugas, se enciende y fulgura en los ojos vagos, de ancha pupila y córnea húmeda. Sin embargo, el recelo y las prevenciones con que actúan frecuentemente les impiden entrar en contacto con los demás. Pero vivir solo no implica «sentirse solo», incluso la soledad puede ser sinónimo de «plenitud, también en la vejez más solitaria y avanzada». Ningún anciano quiere reconocerlo con el contertulio habitual, debe aparentar espontaneidad y no evidenciar que está directamente buscada. El tema de los hijos es el preferido para el coloquio. Para dominar la soledad patológica, o hay que olvidar un principio esencial. Y es que «amarse a sí mismo» es necesario para poder amar a los demás.
Precisamente la soledad en el anciano se va a manifestar en este abandono de «sí mismo» hasta límites insospechados, como ocurre en el síndrome de Diógenes. Con el paso de los años y la pérdida de los seres más queridos surge el sentimiento de abandono que se acompaña inexorablemente de desamparo o indefensión. La persona apesadumbrada, despojada de su dignidad y desprendida de su biografía empieza a formularse preguntas profundas para las que no hay respuesta. Así puede descubrir que ha malbaratado su vida acumulando dinero y que ha perdido infinidad de ocasiones de alegrar las existencias ajenas. Lo único que le queda es sobrevivir contemplando el mundo con una mirada sarcástica; el mundo del consumismo que triunfa sobre el amor. Una encuesta de nuestro grupo sobre las características de los ancianos muy aislados muestra que el 80 por ciento no tienen ningún hijo cerca y el 37 por ciento de ellos prácticamente no tienen contacto con los familiares, bien por falta de ellos o, más a menudo, porque los conflictos les han separado.
Tal vez, el sentimiento de no contar con nadie da lugar al nacimiento de otro: el de no ser amado por nadie, ya que si estás solo, sin lazos que te unan a nadie, terminas por creer que nadie te quiere. Ese sentimiento, más o menos confuso, existe en muchos mayores que se sienten despreciados y porque se consideran inútiles en una sociedad en la que domina la cultura de la juventud, la estética, el éxito, el prestigio y el poder. Un contexto sociocultural donde la productividad es el principal criterio de estima y donde los ancianos son menos valorados que en el pasado. Situación particularmente cruel, ya que en este momento necesitan, más que nunca, ser valorados y apreciados y su narcisismo está recibiendo duros golpes debido a las propias pérdidas y al proceso de envejecimiento. Con la edad la vulnerabilidad psicológica se amplificará por la falta de amor y aumentará el riesgo de caer lentamente en la enfermedad de la soledad. La angustia del anciano puede estar presente como consecuencia de toda la dinámica de pérdidas, separaciones y desarraigos reales e, incluso, imaginarios. Esta angustia de soledad es algo así como la «experiencia de vacío en el tiempo». ¿Qué hago yo aquí? Se preguntan muchas personas mayores. ¡Ya no soy nada!
Un 10 por ciento de los mayores se sienten a menudo solos y sus principales temores se refieren a la pérdida de un ser querido, a no poder valerse por sí mismos o presentar enfermedad y dolor. Una de cada cuatro personas vive sola, hambrienta de cariño y de amor en la ciénaga de la soledad. La imagen de la separación y del desarraigo está continuamente presente en la mente de la persona mayor que sufre esa soledad dolorosa. Octavio Paz decía a este respecto: «El sentimiento de soledad es nostalgia de un cuerpo del que fuimos arrancados, es nostalgia del espacio». También, con cierta frecuencia, la sociedad reaccional, es decir, la que él mismo va favoreciendo en sus noches glaciales; la soledad fruto de una actitud beligerante; la persona no quiere saber nada del mundo que le rodea, no entiende ni aspira a entender; se encierra en sí misma. Pero, afortunadamente, la soledad no siempre es vivida negativamente. Muchas veces se la escoge por el sentimiento de plenitud que proporciona. La soledad tiene dos caras: una cara es la de la felicidad, la otra la del sufrimiento. Hay que insistir en la soledad que se asocia a la plenitud: la hemos encontrado muchas veces en nuestras investigaciones. Estos ancianos, por ejemplo, incluso nos han llegado a decir que emplean estos momentos de soledad para reflexionar, meditar, rezar, alimentar su vida interior. La plenitud parece ser la característica de estos viudos y viudas que envejecen bien, rodeados de afecto y de simpatía, ¡lo cual no quiere decir que su vida haya sido fácil y sin problemas!; al contrario de los que surgen en el «envejecer mal, el sufrimiento en la amargura». ¿En qué consiste envejecer bien, si no en conocerse a sí mismo, aceptarse y aprender a ser uno mismo? La soledad-plenitud es un testimonio de salud psíquica, un fenómeno natural, mientras que la soledad depresiva (patológica), representa una reacción de sufrimiento. Es, pues, en uno mismo en quien se deberán encontrar las fuerzas para aprender a estar solo sin sentirse demasiado solo.
Una persona mayor me ha dicho: «Las personas deben saber que no podemos contar siempre con los demás. Hay que ir hacia la gente, porque normalmente la gente no viene hacia ti». Como mínimo hay que esforzarse: ¡el quedarse lloriqueando no va a solucionar nada! Hay que aprender a hacerle frente, como nos ha dicho otro anciano: «La soledad, en el fondo, se aprende. Hay que repetirse que se está solo, que esto es así, y que hay que hacerle frente». Ciertamente la soledad forma parte de la condición humana y sería ilusorio pretender no encontrarla nunca y a resguardo de la tristeza que comporta. Pero debe ser abordada para saber cómo prevenirla antes de que sea demasiado tarde y enfrentarse a ella si se toma insoportable para dominarla y trascenderla. La soledad patológica es la antesala de la depresión, la demencia y la muerte. Por ello, la sociedad tiene que sensibilizarse ante este problema trágico de los mayores, generando y desarrollando programas terapéuticos de prevención y control de la soledad y la depresión que deberán detectarla, neutralizarla y, sobre todo, prevenirla. Conviene finalmente recordar que la soledad no es compatible con la felicidad. El Premio Nobel de Literatura José Saramago escribía con mucha sabiduría «la alegría sola no es nada». ¡Ayudemos a buscar la felicidad, que es tanto como luchar contra la soledad!
J. A. Flórez Lozano es catedrático de Ciencias de la Conducta del departamento de Medicina, Universidad de Oviedo.